Los cuatro puntos cardinales son tres: el Norte y el Sur.

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martes, 7 de octubre de 2014

Noche y niebla



Manuel Mascarós








Del fondo de sus coturnos, ausencia. 

Apariencia de reina en harapos, nueve calles nuevas y sesenta esquinas dobladas como el pañuelo que nunca sonó. Los cubos de basura con sabor a fresa prensada y piel muerta de hombres que creen ser el sueño de orquídas de acero, de forja de chillidos colgados de una pared de miel.

Se clava muriéndose. Se cuelga bebiéndose. Se tumba en vida. Se fue, se ha ido, no está y el poder del recuerdo, de la puta presencia no tiene caché. 

Cada cerradura que nace de su venta, la compra de su angustia... en un puñado de años creció la demonia de su recuerdo y sus lágrimas comiéndose los gusanos que le dan de comer.

En la máscara de áquel silencio, atemporalidad.

Sobre la cepa del dolor, briznas de fé, leche negra.

Leche del amanecer, la bebemos en el crepúsculo, leche al anachecer. Negra, poderosa, trágica. La bebemos sin pedir.

Nos da la lengua y nos quita la sed.

Habitando en la alcoba sumisa, las gorgonas de sus falacias desprenden el líquido viscoso, blanquecino que recorren sus muslos de piedras abiertas a la cristalera del sinsentido y aunque se toque en silencio le habla a él. Y aunque se corra convulsa se acerca a sus blasfemias. Y aunque duerma a conciencia, la consciencia la desvela.

La perra se suelta el collar, el perro es leal. Ladran y se beben. El poder juzga la justicia de la ausencia y se acercan aunque no quieran.

Del fondo de su alma, la coja fé... la coge fiel. La toma, la envuelve y la lanza.

Y el poder, ese absurdo poder del aire se escapa en cada guiño, en cada vahido, en cada alarido.

Leche del amanecer que se regala sin pedir, que se da sin querer.

Las manos son como las veces, se pasan y las caricias se pasean.

Los muslos son como los años, se encanan y se restan del legado.

Su postura es inconformista, tranquila, pautada y silente.

Y ellas, la postura... ella.... son el trágico poder de haber llegado a las ruinas del muro, allí dónde el polvo disimula el rictus de haber tocado la gloria y alcanzado el final. Dónde cayeron los planes, las esquinas, los poderes ocultas y la luna madre.

Sucede.

Siempre ocurre de igual modo, el trajín escuece y camufla la senda, los detalles, la perspectiva, el espacio, el azuluz, la bilis y el algodón de nubes en forma de sierra y cucharas huecas.

Ahora, .... duerme allá donde los sueños se despiertan sin pestañear.

Susurra, susurra, susurra, susurra, no deja de abandonar al murmullo del aire que nadie atrapa y todos quisieran tocar, para sí.

Y ella cuando la negra leche no la confunde sino la encuentra vomita en silencio, sola, acurrucada... mientras le crecen los cabellos inconformistas, los años poderosos se rinden y la quietud se posa bajo sus uñas mordidas de entre sus pechos, ya cansados.

Ahora cuando el poder, ya aburre, consume.... la tragedia no es encontrarle sentido a la vida. Quizás... y sólo quizás.... la tragedia es recordar lo último que supo ver y sentir en sus adentros, de manera natural, de modo que brotó compartiendo un mechón de cabellos sin color, pero con toda la piel de la verdad.

Seguirá sucediendo.

Uno cierra los ojos, y lo ve absolutamente todo. 

No se necesita más que una pizca de silencio interior.

Y la paz te perdona para que creas que la leche es negra.

Se deja saciar.

Nos da la lengua y nos quita la sed.







jueves, 30 de agosto de 2012

Retazos XIV




Y ves que los renglones se estrechan,
las letras se amontonan
y comprendes el hueco imposible,
el espacio que nunca compartimos
y este bello recurso de contarte la vida
poblando de historia y de sueños
las hojas tibias del dolor
que tanto me recuerdan tus muslos o tu espalda.

Javier Egea 
Fotografía: Handri Fitrido




Se desnudó.
Dejó atrás sus vestiduras
de presidio y voló
más allá de su propia sombra.
Trepó desde el silencio
hasta el alféizar de mi noche.
Y allí se posó: cantando
palabras repletas de avidez
y juventud, impúdicos
vocablos embriagados
por el néctar de mil y una
locuras; herejías provenientes
de quién sabe qué cielo.
Fue así como llegó
hasta mí el trino de sus alas,
el verde batir de sus ojos,
sus plumas engastadas
en la piel de una sonrisa.
Incasable, se derrama
sobre las palmas abiertas
de las hojas, con la voracidad
del llanto
de un delirio recién nacido.
Se entretiene jugando
a contar cada pliegue de las olas
y se empeña en traducir esas
conversaciones que en secreto
mantiene el viento con los recodos
más remotos de la tarde.
Anidaste en la rama de mis horas.
Picoteas la ternura
como quien comete un crimen
atroz y pasional. Y aunque
tu canto se escriba desolador
como los páramos de Comala,
de la tierra en la que siembras
universos,
cicatrices
y demás criaturas,
brota el árbol de las frutas
más deliciosamente prohibidas.
Vuela, ave libre...
Sé que no hay jaula
en la que quepan tus sueños.
No olvides que un día
anidaste en la rama de mis horas.
No dudes de que, entre
la fronda de mis incertidumbres,
hallarán siempre cobijo tus palabras
y tus silencios.


Héctor Vargas Ruiz



ELECTRA: ¡Yo lo espero sin cesar, desventurada, no casada y sin hijos! Y ando siempre errante, anegada en lágrimas y sufriendo penas sin fin de mis males. Y él no se acuerda ni de mis beneficios ni de las cosas ciertas de las que le he advertido. ¿Qué mensajero me ha enviado, en efecto, que no me haya engañado? ¡Desea siempre volver, y deseándolo, no vuelve jamás!

Sófocles





Fotografía: Vo Anh Kiet







Las pompas de jabón que este chiquillo
se entretiene en soltar por la pajita
son, traslúcidamente, toda una filosofía.

Claras, inútiles y pasajeras como la Naturaleza,
amigas de los ojos como las cosas,
son lo que son
con una precisión redondita y aérea,
y nadie, ni aun el niño que las suelta,
pretende que sean más que lo que parecen ser.

Algunas apenas se ven en el aire lúcido.
Son como la brisa, que apenas roza las flores al pasar
y de la que tan sólo sabemos que pasa
porque algo se aligera en nosotros
y todo lo acepta más nítidamente.


Fernando Pessoa





viernes, 20 de abril de 2012

Las mujeres de antes



Fotografía: Ugur Kocabas





En los Paseos junto al mar
en las sillas de mimbre de los bares
reclinadas en suaves chaises-longues de terciopelo
fumando cigarrillos atrevidos y exóticos
vestidas de colores muy decentes
o en lugares cerrados y más íntimos
mirándose al espejo
retocando sus labios y empolvándose
las mujeres de antes parecían irreales
eran como otra cosa algo distinto
pero cuando nos daban caramelos
o las fotografiaban de perfil
todos todos sabíamos que aquello se acababa
que no podía ser
que la hermosa película no iba a continuar siempre
y que la extraña joya que al parecer tenían
escondida en los pliegues del escote
o quizás entre las piernas
iba a volverse pronto mercancía barata
que ellas eran como nosotros
con sus deseos y melancolías
con sus trabajos y su desengaño.

Y entonces ¿para qué fingirse diosas
si ni ellas lo querían
y para qué tanto suspiro absurdo
tanta mano bellísima frotando en solitario
tanto dedo en saliva
si de la fiesta aquella sólo iban a quedar
algunos viejos cuadros y montones de cajas de sombreros
llenas de fotos ocres junto a discos partidos?


José Agustín Goytisolo