
Amé en aquella mirada lo que había de sospecha. Y el miedo de las cosas tenía en aquel espejo la ilusión de disentir del futuro. Contacto: jrubaz@hotmail.com
Los cuatro puntos cardinales son tres: el Norte y el Sur.
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jueves, 17 de septiembre de 2015
lunes, 23 de abril de 2012
La pianista
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| Fotografía: Ellen Van Deelen |
Erika K. corrige el Bach, hace enmiendas en torno a él. Su alumno deja caer la mirada fija sobre sus manos agarrotadas. La profesora mira a través de él, pero al otro lado no encuentra más que un muro en el que cuelga la mascarilla mortuoria de Schumann. Un instante fugaz siente el deseo de coger la cabeza del alumno por el cabello y lanzarlo con fuerza contra el interior del vientre del piano, hasta que las sangrientas entrañas repletas de cuerdas salpiquen con estruendo por encima de la cubierta. El Bösendorfer no dará ni un sólo sonido más. El deseo cruza veloz por la cabeza de la profesora y desaparece sin causar daño
El alumno promete que mejorará aunque le cueste mucho tiempo
Erika espera que así sea y pide el Beethoven. El alumno aspira impúdicamente a conseguir elogios, aun cuando no es tan vanidoso como el señor Klemmer, cuyas bisagras chirrían sin parar de tanto empeño
En los escaparates del cine Metro sigue intacta la carne rosada en todas sus formas, versiones y precios. Se muestra exuberante y se desborda porque Erika K. no puede hacer guardia. El precio de las butacas no es fijo, delante es más barato que atrás, aun cuando delante se está más cerca y quizá se vea mejor el interior del cuerpo
Una de las mujeres se introduce las larguísimas uñas pintadas de un color rojo sangriento, la otra, en cambio, se introduce un objeto agudo, es una fusta. Se hace una marca en la carne y demuestra al espectador quién es el amo y quién no; también el espectador se siente como un amo. Erika siente la penetración. La sitúa enfáticamente en su lugar de espectadora. El rostro de una de las mujeres se llega a desfigurar de placer; el hombre sólo puede ver en su expresión cuánto placer le provoca y cuánto placer se pierde. El rostro de otra mujer en la pantalla se desfigura por el dolor; acaba de ser golpeada, aunque sólo suavemente. La mujer no puede manifestar de forma material el placer que siente, de ahí que el hombre deba atenerse del todo a sus indicaciones específicas. Él registra el placer que se manifiesta en su rostro. La mujer se contrae para no ser un objetivo fácil. Tiene los ojos cerrados y la cabeza echada hacia atrás, sobre la nuca. Cuando no cierra los ojos, por momentos puede volcarlos hacia atrás. Mira al hombre sólo de vez en cuando; de ahí que los esfuerzos masculinos sean tanto más arduos, dado que no puede superar su rendimiento en función de la expresión del rostro y, de este modo, ir acumulando puntos. De tanto placer, la mujer no ve al hombre. Los árboles le impiden ver el bosque. Sólo mira al interior de sí misma. El hombre, este perito mecánico, trabaja en el coche averiado, en la maquinaria femenina. En general, en las películas pornográficas se trabaja mucho más que en las películas sobre el mundo laboral
Erika tiene experiencia en observar a personas que se esfuerzan con tesón en alcanzar algún objetivo. En este sentido, las grandes diferencias entre la música y el placer resultan más bien irrelevantes
La naturaleza no es algo que Erika busque con afán; jamás va de paseo al bosque, donde otros artistas se dedican a renovar casas de campo
Jamás hace excursiones a la montaña. Jamás se zambulle en un lago
Jamás se tiende en la playa. Jamás practica el esquí. El hombre acumula orgasmos con avidez hasta dejarse caer lleno de sudor en el mismo lugar de donde había partido. Por hoy ha elevado considerablemente el estado de su cuenta. Hace ya bastante tiempo que Erika vio esta película, dos veces, en un cine de los suburbios, donde nadie la conoce (salvo la mujer de la taquilla, quien la saluda como a una distinguida señora). No la vería más veces porque prefiere platos más fuertes en lo referente a la pornografía. Estos bellos ejemplares del género humano en el cine del centro de la ciudad actúan sin ningún tipo de dolor y sin la posibilidad de sentir dolor. Todo es plástico. En sí mismo el dolor no es más que una consecuencia del deseo de placer, de destrucción, de aniquilamiento y, en su forma más sublime, una forma de placer. Erika sobrepasaría gustosa el límite de una muerte violenta. En los suburbios follan con torpeza y es más probable que se hagan daño unos a otros, que haya todo un decorado teatral en torno al dolor. Estos lastimosos y maltrechos actores de pornografía de tercera categoría trabajan con mucho más empeño, además, agradecen más la posibilidad de participar en una verdadera película. Han sufrido daños, su piel presenta manchas, espinillas, cicatrices, arrugas, celulitis, rollos de grasa. El cabello mal teñido
Sudor. Pies sucios. En las películas con más pretensiones estéticas, en cines de más categoría, se ve casi únicamente la superficie del hombre y de la mujer. Ambos ejemplares están cubiertos de una piel sintética que garantiza la ausencia de suciedad, es resistente a los ácidos, a los golpes, a la temperatura. Además, en la pornografía barata la codicia con la que el hombre penetra en el cuerpo de la mujer es más evidente
La mujer no habla y, cuando lo hace, ¡más!, ¡más! Con ello se agota el diálogo, pero no el hombre, que se esmera, está ansioso, se concentra y tiene un orgasmo tras otro
Aquí, en la pornografía suave, todo se reduce a lo exterior. Esto no es suficiente para Erika, esta mujer de gustos refinados, porque ella quiere escudriñar hasta en sus raíces a estos individuos que se agarran uno al otro, qué hay detrás de todo esto, qué obnubila de tal forma los sentidos para que todos quieran hacerlo o al menos verlo. Un vistazo al interior del vientre no da más que una explicación insatisfactoria y deja muchas interrogantes. Es imposible abrirles el vientre a estas gentes para extraerles hasta el último detalle de sus entrañas. En las películas de mala muerte se ven más profundidades en lo que se refiere a la mujer. En cuanto al hombre, no es posible penetrar tan adentro. Pero nadie llega a verlo todo hasta en sus últimas consecuencias; incluso si se le abriera el vientre a la mujer, no se verían más que los intestinos y los órganos de su cuerpo. El hombre activo manifiesta incluso físicamente un crecimiento hacia fuera. Al final ofrece el resultado esperado, o no lo ofrece, pero, si lo hace, puede ser examinado públicamente y su autor se siente satisfecho del valioso producto de su cuerpo
El hombre debe tener la sensación de que la mujer le oculta algo decisivo en cuanto al desorden de sus órganos, piensa Erika
Precisamente lo que oculta, estos últimos resquicios, incita a Erika a buscar constantemente lo nuevo, lo más profundo, lo prohibido. Ella anda siempre detrás de una perspectiva nueva e insospechada. Su cuerpo jamás ha delatado sus misterios, ni siquiera en la posición con las piernas abiertas frente al espejo de afeitar, ¡ni a su propietaria! Del mismo modo, los cuerpos en la pantalla lo contienen todo: tanto para el hombre que quiere echar un vistazo a la oferta en el mercado de las mujeres, aquello que él aún no conoce, como también para Erika, la observadora hermética
Hoy el alumno de Erika es humillado y, de este modo, castigado
Erika cruza las piernas con desenfado y hace un comentario cargado de sarcasmo sobre la interpretación a medio guisar de Beethoven. Más no hace falta, el alumno está a punto de llorar
Esta vez ni siquiera le parece oportuno interpretar ella el pasaje a que se refiere. Por hoy no sacará nada más de su profesora de piano. Si no se da cuenta por sí mismo de sus errores, ella no le puede ayudar
.../...Elfriede Jelinek
domingo, 8 de abril de 2012
Cromos de cine III
El amor no es cruel. La crueldad es el amor.
La pianista.
Sólo hay una cosa más triste que se te muera un hijo. Que quieras que se muera.
Mar Adentro
Entiérrame, donde nunca nadie me pueda encontrar.
Cartas desde Iwo Jima
La pianista.
Sus pollas se ponen fláccidas cuando se enfrentan obviamente a mujeres poderosas....; ¿ y qué es lo que hacen al respecto ? Las llaman brujas. Las queman.Las torturan. Hasta que todas las mujeres tienen miedo. Miedo de sí mismas, miedo de los hombres. ¿Y todo porqué ? Por miedo a perder la erección.
Las brujas de Eastwick.
Las brujas de Eastwick.
Sólo hay una cosa más triste que se te muera un hijo. Que quieras que se muera.
Mar Adentro
Puedes llorar sobre mi hombro. De todas formas no pensaba bañarme.
Damas del teatro, 1937
Damas del teatro, 1937
Cartas desde Iwo Jima
********La mujer cuando se agacha,
se le abre el entendimiento.
Y el hombre cuando la mira,
se le para el pensamiento.
De tí me gusta una cosa
sin que me cueste trabajo:
de la barriga pa'rriba,
de la cintura pa'bajo ***********
Buena Vista Social Club.
se le abre el entendimiento.
Y el hombre cuando la mira,
se le para el pensamiento.
De tí me gusta una cosa
sin que me cueste trabajo:
de la barriga pa'rriba,
de la cintura pa'bajo ***********
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jueves, 5 de abril de 2012
La pianista
Elfriede Jelinek (escritora austriaca, nacida en 1946, Premio Nobel de literatura): visita a un peep-show. "La pianista"
Todo está acomodado perfectamente en este pequeño local donde las mujeres se estiran y retozan. Ellas se alternan. Rotan de acuerdo con el principio del tedio en la serie del peep-show, para que el cliente fiel y los visitantes regulares puedan ver una buena variedad de carne a intervalos previamente establecidos. De lo contrario, no vuelven. Mal que bien, ellos vienen con su precioso dinero y lo introducen moneda a moneda por la insaciable ranura. Porque cada vez que el asunto se pone atractivo deben introducir otra moneda. Una mano introduce la moneda, la otra bombea la virilidad sin beneficio alguno.
La cerda caliente detrás de la ventanilla, o sea, del otro lado de la barrera, querría a su vez que el buey del otro lado del cristal se arrancara el pito de tanto masturbarse. De esta forma cada uno saca beneficio del otro y el ambiente es muy relajado. Ningún servicio sin su contrapartida. Ellos pagan y reciben algo a cambio.
Una de pelo negro se ofrece al público en una posición espectacular que permite mirar a su interior. Gira sobre una especie de torno de alfarero. Pero ¿quién gira el torno? Primero junta los muslos, no se ve nada, pero la saliva del deseo fluye a la boca. Entonces abre lentamente las piernas y pasa frente a cada una de las ventanillas.
A su alrededor la masa se soba y amasa y, a su vez, es cuidadosamente mezclada sin pausa por un gran pastelero invisible. Diez pequeñas bombas trabajan a toda marcha. Algunos ya comienzan a ordeñarse en secreto para que el disparo final llegue antes y les cueste menos. Los nabos se liberan de su valiosa carga en medio de contracciones y sacudidas. No tardan en volver a cargarse y nuevamente hay que aquietar su ansiedad. Se debe contar con cuarenta o cincuenta monedas si se tienen problemas de carga y descarga. Sobre todo si, por mirar, se descuida el trabajo en el propio rodillo. De ahí que constantemente aparezcan nuevas mujeres y ofrezcan distracción.
Los imbéciles se dedican a mirar y no hacen nada. El objeto de su placer visual se pasa la mano entre los muslos y, haciendo una pequeña O con la boca, da muestras de estar disfrutando. Excitada de que haya tantos mirando, cierra los ojos y los abre hacia arriba con la cabeza girada. Estira los brazos y se soba los pezones para que se yergan. Se sienta en posición cómoda y abre generosamente las piernas; ahora se puede mirar desde abajo al interior de la mujer. Juguetea con el vello púbico. Ella muestra con el rostro lo delicioso que es estar a solas contigo. Pero lamentablemente la gran demanda no lo permite. De este modo les toca a todos, no sólo a uno.
A derecha e izquierda gimen y lloriquean de placer. Un escupitajo de semen da contra el tabique de madera. Las paredes se pueden limpiar fácilmente porque su superficie es lisa.
Sólo les queda una mano libre, con frecuencia ni eso. Tienen que introducir las monedas.
Una damita-dra gón teñida de rojo ofrece su trasero ligeramente entrado en carnes. Masajistas de mala muerte se revientan los dedos desde hace años en su celulitis. Pero ella ofrece más a los hombres a cambio de su dinero. Las cabinas de la derecha ya han visto a la mujer de frente, ahora les toca a las cabinas de la izquierda disfrutar de esa perspectiva. Algunos prefieren examinar a la mujer por delante, otros por detrás; la pelirroja mueve una musculatura que por lo general utiliza cuando camina o cuando está sentada. En este instante se sirve de ella para ganar dinero. Se soba con la mano derecha, en la que lleva garras de un rojo furioso. Juguetea rascándose la teta izquierda. Se tira suavemente del pezón con las agudas uñas artificiales como si fuera un elástico que puede separar del cuerpo, y acto seguido lo suelta. El pezón se comporta como un cuerpo extraño a ella. Por experiencia, la pelirroja sabe que en ese momento el candidato ha alcanzado nueve puntos. El que no puede ahora, no podrá jamás.
Isabelle Huppert
Todo está acomodado perfectamente en este pequeño local donde las mujeres se estiran y retozan. Ellas se alternan. Rotan de acuerdo con el principio del tedio en la serie del peep-show, para que el cliente fiel y los visitantes regulares puedan ver una buena variedad de carne a intervalos previamente establecidos. De lo contrario, no vuelven. Mal que bien, ellos vienen con su precioso dinero y lo introducen moneda a moneda por la insaciable ranura. Porque cada vez que el asunto se pone atractivo deben introducir otra moneda. Una mano introduce la moneda, la otra bombea la virilidad sin beneficio alguno.
La cerda caliente detrás de la ventanilla, o sea, del otro lado de la barrera, querría a su vez que el buey del otro lado del cristal se arrancara el pito de tanto masturbarse. De esta forma cada uno saca beneficio del otro y el ambiente es muy relajado. Ningún servicio sin su contrapartida. Ellos pagan y reciben algo a cambio.
Una de pelo negro se ofrece al público en una posición espectacular que permite mirar a su interior. Gira sobre una especie de torno de alfarero. Pero ¿quién gira el torno? Primero junta los muslos, no se ve nada, pero la saliva del deseo fluye a la boca. Entonces abre lentamente las piernas y pasa frente a cada una de las ventanillas.
A su alrededor la masa se soba y amasa y, a su vez, es cuidadosamente mezclada sin pausa por un gran pastelero invisible. Diez pequeñas bombas trabajan a toda marcha. Algunos ya comienzan a ordeñarse en secreto para que el disparo final llegue antes y les cueste menos. Los nabos se liberan de su valiosa carga en medio de contracciones y sacudidas. No tardan en volver a cargarse y nuevamente hay que aquietar su ansiedad. Se debe contar con cuarenta o cincuenta monedas si se tienen problemas de carga y descarga. Sobre todo si, por mirar, se descuida el trabajo en el propio rodillo. De ahí que constantemente aparezcan nuevas mujeres y ofrezcan distracción.
Los imbéciles se dedican a mirar y no hacen nada. El objeto de su placer visual se pasa la mano entre los muslos y, haciendo una pequeña O con la boca, da muestras de estar disfrutando. Excitada de que haya tantos mirando, cierra los ojos y los abre hacia arriba con la cabeza girada. Estira los brazos y se soba los pezones para que se yergan. Se sienta en posición cómoda y abre generosamente las piernas; ahora se puede mirar desde abajo al interior de la mujer. Juguetea con el vello púbico. Ella muestra con el rostro lo delicioso que es estar a solas contigo. Pero lamentablemente la gran demanda no lo permite. De este modo les toca a todos, no sólo a uno.
A derecha e izquierda gimen y lloriquean de placer. Un escupitajo de semen da contra el tabique de madera. Las paredes se pueden limpiar fácilmente porque su superficie es lisa.
Sólo les queda una mano libre, con frecuencia ni eso. Tienen que introducir las monedas.
Una damita-dra gón teñida de rojo ofrece su trasero ligeramente entrado en carnes. Masajistas de mala muerte se revientan los dedos desde hace años en su celulitis. Pero ella ofrece más a los hombres a cambio de su dinero. Las cabinas de la derecha ya han visto a la mujer de frente, ahora les toca a las cabinas de la izquierda disfrutar de esa perspectiva. Algunos prefieren examinar a la mujer por delante, otros por detrás; la pelirroja mueve una musculatura que por lo general utiliza cuando camina o cuando está sentada. En este instante se sirve de ella para ganar dinero. Se soba con la mano derecha, en la que lleva garras de un rojo furioso. Juguetea rascándose la teta izquierda. Se tira suavemente del pezón con las agudas uñas artificiales como si fuera un elástico que puede separar del cuerpo, y acto seguido lo suelta. El pezón se comporta como un cuerpo extraño a ella. Por experiencia, la pelirroja sabe que en ese momento el candidato ha alcanzado nueve puntos. El que no puede ahora, no podrá jamás.
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