Los cuatro puntos cardinales son tres: el Norte y el Sur.

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domingo, 31 de mayo de 2015

El primer huevo duro



'A Helping Hand' John Crosley





Los hay, que son más responsables que sus propios padres.

Los hay, que compaginan estudios y algún trabajillo para alcanzar su primera ilusión.

Los hay, que incluso ejercen de niñeramamádespistadaponiendolímites, mientras la matrona se hace las uñas.

Los hay, que saben perfectamente hasta donde llegan y no estiran los billetes hasta romperlos.

Los hay, que saben escuchar. Casi un milagro cotidiano.

Los hay, que saben para que sirve un destornillador sin cubitos.

Los hay, que del deporte levantan un puente que sobrevuela todo lo que la inmensa mayoría hipnotizadamente digiere y degluta por omisión... o sumisión.

Los hay, y estos son íncreibles, que son quienes ponen paz entre papá y mamá.

Los hay, que hincan los codos para sacarse por orgullo lo que su pálpito no alcanza.

Los hay, que dejen a una anciana sentarse en el bus y a un anciano con la mirada gentil.

Los hay, que ayudan a los desválidos sin pena ni en busca de gloria.

Los hay, que cooperan por amor al arte. Y de ese arte, parten la pana.

Los hay, que no pretenden llevar el mismo cocodrilo, ni la misma huella que todo suelo besa.

Los hay, que se refugian en el diálogo. Y sus armas son construcciones y trincheras paladinas.

Los hay, y no los hay, de acuerdo.

Sin los primeros... los segundos, quizás, no sabrían valorar que el esfuerzo de unos pocos redunda en que todos acaban por cruzarse, encontrarse, enredadarse y saberse esa piedrecita que siempre avisa que el cristal se va a romper.

Todos, los escuchamos alguna vez.

Y todos fuimos ellos.

El primer huevo duro siempre es primero un huevo pasado por agua.





lunes, 15 de septiembre de 2014

Que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu mano derecha

Fotografía: John Crosley





Cruzó aquel rail sin agujas.

Era un trayecto eterno.

No habían piedras que sujetaran los tornillos de acero. Ni maderos de vetas vivas, ni travesaños redoblados y redomados, ni siquiera acero ardiente, licuado que al dilatarse sujetara la inercia.

No había nada.

Nadie.

Sólo una vía desnuda. A la intemperie de la diestra.

Acunaba al Norte.

Mecía al Sur.

Peinaba esa noche que se postraba rotunda. Esa noche de lágrimas vivas. Ese escorpión que moraba en el zarzal de su angustia.

Había decidido dar ese terrible paso.

Primero su pierna izquierda, después encaramándose... el vientre descorazonado, a posteriori la barbilla, la derecha quedaba atrás colgada del hilo de vida y su espalda enmudecía al sudor del empuje. Ya no tenía miedo. Había perdido el respeto al futuro. Nada le ataba, nadie le lazaba.

Había comprendido, asimilado, ubicado en su cojo corazón lo que su mente, su cotidiana vida durante meses le había negado. Ahora nada perecía, y nadie parecía.

Estaba solo.

Por primera vez en su vida se había sentido así. Sin mañana. Y sentado en el claustro de aquella vieja estación, deambulando por donde las sombras se carcajean y los pequeños sonidos, quebrados, arrojadizos chirrían hablaba para consigo mismo. Pretendía escuchar lo que no se inventa para despertar al sentido, a la razón.

El diálogo era manco.

La palabra sorda.

El raciocinio, una estrella perpetua.

El mador gélido.

Los harapos, ubres de charcos de cristales.

Amamantándose de aquel último suspiro, se despedía de el Norte, de el Sur, de su pequeña esteoeste.

La pureza le había carcomido la fé.

Y sabía que desapareciendo en aquel tren, nadie le recordaría. Nadie lo echaría en falta. No tenían sentido las manecilla, el próximo despertar, esa misma noche. Cada gota de vida que manchaba las esperanzas derramaba coletazos como los de la última piedra que construye un deseo de aire.

Dejó la pequeña llave al sueño de su segunda madre.

Una llave maestra para nexo de generaciones que en vidas distintas correteaban con el mismo sanguinolento y rojizo plasma.

Sus cuatro cosas, su único legado para el recuerdo se troncharían burlescas.

Sus harapos y su bozal para la dehesa de los sin nombre.

Alcanzó lo alto del muro.

La vía le susurraba, la estación era un cielo de paz. Sin perfume. Aséptica. Los railes, las piedras, el acero se convirtieron en olas de algodón y en nubes de profundo sueños. Sugestivas y vanidosas dueñas del negro párnaso.

Por fin, decidió alzar la derecha.

Se elevaba por encima de la nada y el todo le invocaba.

Ya mañana no sería peor.

Ni al alba imploraría profundo sueño.

Acababa de despedirse de todo lo que tuvo y de la nada que fue destruyéndole.

Y esta siniestra noche de manos blancas y sábanas arenosas le esputaba en el rostro, para recordarle que las promesas se mienten cuando por encima de uno mismo no hay más que nadie.

Era el coraje por acabar con todo para coexistir.

O la miseria de proseguir para acabarse de consumir en veloz olvido.

Mientras tuviera claro que ese vuelo saltaba a la inmensidad del recuerdo, su mano izquierda sin temblar ni zozobrar, si no firme y fraternal se despedía de la derecha, huérfana y débil; angustiada y lesa.

Se rozaron, se besaron las palmas.

Se tocaron por primera vez sin reprocharse ni siquiera cual de ellas acabaría por de dejar de sentir a su alma gemela, y recordaron cada uno de aquellos buenos momentos en la montaña del Sinaí.

Cerraron los dedos, sin apretar... sosteniendo.

Cerraron sus ojos, mirando de bruces a la oscuridad más luminosa.

Cerraron las palmas y el último vestigio, el más sincero chasquido las unió por siempre.

Ya nunca más sabrían que hacia la una y la otra.

Ya nunca jamás la luna le recordaría que hay una pequeña luz de esperanza en la oscuridad más salvaje e inhumana.

Y de repente, sin pensarlo, sin dudarlo, la izquierda, la derecha, el lazo y el mundo se acabaron allá donde la paz no espera sonrisas, si no una vida tranquila.

Ya nada, ni nadie le esperaría.

Ya era hora de dormir a una vida entera.







´´´´