Los cuatro puntos cardinales son tres: el Norte y el Sur.

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miércoles, 4 de febrero de 2015

თბილისი


Fotografías: Radu Carp



En el dorso del cielo
No es casual
lo que ocurre por azar:
un fragmento de nada se protege
del no ser, se entrecruza
de signos, impulsos,
síes y noes, atrasos y adelantos,
trazos de geometría celeste,
coordenadas veloces en el tiempo
y algo ocurre.
Lazos para nosotros pálidos,
son obvios para lo que no vemos,
y nosotros la ventana abierta
desde donde la tela blanca vuela
cubierta de diseños.
Pero uno llama azar
a su imaginación insuficiente.

Error calculado
Palabras de mar profundo
a cada instante suben a morir
por cientos, contaminados peces.
Entre ellas no se auxilian,
temen el riesgo, mueren.
No saben lo que saben.
Quien las ama y acoge
¿las libra del silencio
que las pone entre olvido
y magia encarcelada?
¿Juega con más peligro?
Un soplo vaga por la tarde.
Sigue la leve leva:
que tu entusiasmo
no se rinda al retenido canto.

"Treból y carmesí,
siempre y por siempre"
1969,  Tommy James and the Shondells interpretan "Crimson and clover" escrita por Tommy James y Peter Lucia, versiones muchas... para mi, la mejor la de la maravillosa y prodigiosa Janis. Una canción que va para medio siglo más allá de un simple siempre....


Fortuna
Por años, disfrutar del error
y de su enmienda,
haber podido hablar, caminar libre,
no existir mutilada,
no entrar o sí en iglesias,
leer, oír la música querida,
ser en la noche un ser como en el día.
No ser casada en un negocio,
medida en cabras,
sufrir gobierno de parientes
o legal lapidación.
No desfilar ya nunca
y no admitir palabras
que pongan en la sangre
limaduras de hierro.
Descubrir por ti misma
otro ser no previsto
en el puente de la mirada.
Ser humano y mujer, ni más ni menos.






Si ciegas
Si cielo, si azul, si ciegas,
bajo un sol de soles,
silencio.
Distantes nubes coloquiales fingen
el arabesco imprevisible
que la vida impone en tu vida.
No anticipes más sueños, mira
distante, ese pájaro alto, convexo,
que busca otro límite, sombra.










Trueque
Las diez: pariente pobre
del aguerrido mediodía.
Entre las plantas brilla
un ojo de vidrio o breve
pájaro veneciano.
Súbito nace lo diminuto
o invisible, mínimas flores,
brotes de hojas y aún
el ácaro horrendo.
Esto aquí.
Quizás ahora un cuerpo
culmine, mina de muerte,
en el errátil universo.
Sin órbita,
nuestra imaginación
trueca lo áureo por letras,
letras por polvo,
volar por lastre sordo,
explosión por silencio sin canto.




Última noche de algún año
Después del día limpio,
en la esperada noche subió,
nítida en su único signo,
la cohetería de júbilo uniforme.
El pequeño destello rozó apenas
las silenciosas alfombras de la noche
antes de morir,
como apartado, también él,
de la distante fiesta.
¿Aspiraba a estar solo,
tan seguro de sí?
¿Toda esperanza es mórbida?









martes, 16 de diciembre de 2014

Hija de una nube

Ulla Wolk





Jose, era una niña pecosa, muy pecosa... cara afilada y cejas frondosas, nariz griega y pómulos rosados, de mármolcarne ámbar, de tirabuzones trigales, espigados y abundantes, casi rococós que escondían su pequeña frente, no medía más de metro y medio. Sus ojazos azabaches iluminaban a todo áquel que osaba sostenerle la mirada. Largas pestañas y media cuchara de ojeras como hendiduras que no hacían sino que incrementar la fuerza de su mirada.

Su boca era pequeña, sin apenas frontera entre la comisura y el esbozo. Y sus labios miméticamente pausados, chascarilleaban y musitaban, rojos como una manzana envenenada de fulgor, pequeñas palabras y grandes ideas. Apenas hablaba, no decía mucho. Creía, sentía que para decir nada, todo se macera mejor en esa pecera del imaginario. En el camino de los hechos. En el trecho del silencio. Era pequeña, pero su corazón enorme. Era una retaca, pero sus garabatos, sus trazos adivinaban que lo habitual, la costumbre son hechuras que a ella no le atraían nada. Todo lo que clamaba de su gris, esa roja manzana lo mordía tierna, ácidamente. Masticaba con un arte inusitado para su corta edad.

Mentón redondo, y un pequeño botón de guisa por hoyuelo, lóbulos suaves casi imperceptibles imantados a sus sienes. Su rostro era un túnel perfumado de fotogramas vintage, retros de aquella cáustica y neumática salubridad que amordaza lo que sus adentros hervían, creaban y dibujan ante la gran pizarra de su pequeña escuela, sobre un lienzo en su fría habitación o bajo la nube de la inventiva y el bosque del batiburrillo que aquella fuente de la fantasía manaba.

Tenía poco más de doce años. Llevaba la raya al lado derecho y un remolino furioso colmaba la áurea de su sombra, cuna de su infante andar, sólo serenaba ese amasijo de cabellos rebeldes una pizca mesada de colonia suave, afrutada de esencia a mandarina, o almizcle... se calmaba la furia de su cocorota inaudita, impulsiva e inteligente. Surcaban sus pequeños y rechonchos dedos el ritmo cadencioso y languido de su tupida melena. Y así mientras se peinaba sin cepillo, sus manos recordaban a su cabecita, que mientras el riego hierve y transita, el camino del augurio, siembra.




Jose, siempre llevaba vestidos, diademas, peplos, rebecas orondas, recargadas y holgadas. Nunca quiso embutirse en un pantalón. Le agradaban los bordados, los bolillos, los tonos verdiazulados, grises y ocres, el macramé, el amarillo pálido y el marrón barro. Torcía su nariz buscando la compañía del alcanfor y cualquier brizna, pelo, mácula rauda la estampaba  lejos de su presencia. Podría creerse que era una niña repipi o marisabidilla, no, Jose era inmaculada en apariencia y estricta en sus ceremonias. No jugaba mucho con los espejos y sí con los reflejos. Parecía que quería quedarse sola, pero sólo deseaba encontrarse. Necesitaba, encontrarse.

Reía mucho, muchísimo, pero sin estridencias. Reía con los ojos, con el cuerpo, con las orejas y las manos. Reía desde los hombros y hasta los pies. Por el vientre y el rubor. Reía tanto, sin carcajada, que iluminaba... e irritaba.

A veces, incluso, enfurruñada o triste, desganada o medio dormida, su risa invisible tocada por una vara de buscar agua, asestaba incredulidad y desconcierto a sus amigos, a su familia, a sus compañeros de clase o profesores. Pero Jose, tan auténtica y extraña, tan callada pero risueña, tan descolocada por las apariencias de quienes deseaban que jugará al dominó, siempre excusaba sus noes o síes con argumentos tan sólidos que incluso los adultos apenas podían disfrutar del esgrima.

Aquella tarde, acabando la clase, Don Arturo profesor senil pero curtido en mil batallas escolares e infantiles, requeteculto y ágil, muy ágil de mente tras casi cincuenta años de docencia acababa la clase de Castellano ( aunque en realidad, a él le gustaba llamarla "Clase deslenguada") con ya una exasperante y horripilante parsimonia. Divagaba, divagaba por ese tiovivo de las palabras humo.... y finalmente casi a punto de rozar la meta del fin del suplicicio se dirigió a la pizarra y de espaldas a Jose y sus compinches de aula escribió:

"Escribe algo que me irrite pero que me saque una sonrisa, escribe algo que sin decir, dé que pensar."

Los chavales se miraron, unos alzaban cejas... otros apoyaban los codos en el pupitre y escondían la cabeza, algunos resoplaban, otros ni pestañeaban...

Jose se mordía las uñas ya más que cortas de sus rechonchos deditos. Y sus ojazos iluminados se reían. Su boca se comía unas palabras imperceptibles, un susurrillo empolvó sus mofletes de una luz roja brillante y el zarzal de su cabecilla cabiló...

Don Arturo recogía los cachivaches y dando la lección por finalizada se aprestaba a acabar la clase. Era la última del día.

Jose, bajo la solícita frase de Don Arturo, escribió:

"Me la quisiste dar con queso, pero yo soy intolerante a la lactosa".

Don Arturo, bajó sus gafas, apuntó su cansada vista a la pizarra y empezó a leer. Tras un par de segundos de contemplación, en silencio, recogió su abrigo, sus cosas y mientras salía de clase al pasillo, empezó a balbucear no se sabe bien el qué. Después una risa seca, tosca, y después un río de carcajadas. Que se iban difuminando tras sus pasos....

Jose, cogió su maquineta, sacó punta al lápiz y lo chuperreteó como si de una piruleta se tratara.

Se tocó los mofletes. Tenía calor.

Y mientras sus compañeros ya habían salido de clase, se quedó en pie. Inmóvil. Mirando tras la ventana de clase, a aquel gran bosque de castaños frente a la escuela. Sus copas frondosas, sus sombras acordeón, su imperturbabilidad y como el viento las caminaba. Como nadie les hacia cosquillas. Sólo ellas a si mismas.

Creyó ver ninguna nube.

Y aparentemente no había ninguna... cielo raso.

Pero empezó a llover.

Y entonces sonrío desde sus ojos, se sopló el flequillo.

Todo lo que tenía que decir se quedó en aquella mirada.

Todo lo que debía callar la lluvia se lo iba a llevar.



















miércoles, 3 de octubre de 2012

El viento del tiempo, tiempo de viento azuluz




Creación Janusz Maria Brzeski




"Te miras en el espejo retrovisor,
te oyes respirar,
escuchas tu voz,
una voz que habla,
hace calor, 
estás vivo.
 
Y estar vivo en las
postrimerías de este siglo,
un hombre de clase media
en una capital de Occidente,
es estar a la deriva.
 
Te demoras,
todos siempre se demoran,
propulsados por el remordimiento.
 
Dicen:
'Cómo pasó el tiempo'.

Quieren decir: 
'No sé qué le pasó al tiempo".



 Elliot Weinberger





miércoles, 9 de mayo de 2012

Conticinio

San Francisco (1967), Slick & Joplin. Fotografía: Jim Marshall



....Cuando alguien se siente brillantemente desgraciado, entonces sí vale la pena llorar con acompañamiento de temblores, convulsiones, y sobretodo con público. Pero, cuando además de desgraciado, uno se siente ópaco, cuando no queda sitio para la rebeldía, el sacrificio o la heroicidad, entonces hay que llorar sin ruido, porque nadie puede ayudar y porque uno tiene conciencia de que eso pasa y al final se retoma el equilibrio, la normalidad.


Breve extracto, "La tregua".
Mario Benedetti






viernes, 20 de abril de 2012

Promesa






Fotografía: Martin Gatti




No te preocupes
Querido niño ávido
Tendrás tu perro azul
Te lo prometo
Siempre que lo fabriquen.
Además
Te prometo un puro tiempo
para lanzar anillos de por vida
En la cercana sombra de los parques.


Stella Díaz Varín



martes, 10 de abril de 2012

No me digas como naciste

Diré cómo nacisteis, placeres prohibidos,
Como nace un deseo sobre torres de espanto,
Amenazadores barrotes, hiel descolorida,
Noche petrificada a fuerza de puños,
Ante todos, incluso el más rebelde,
Apto solamente en la vida sin muros.

Corazas infranqueables, lanzas o puñales,
Todo es bueno si deforma un cuerpo;
Tu deseo es beber esas hojas lascivas
O dormir en esa agua acariciadora.
No importa;
Ya declaran tu espíritu impuro.

No importa la pureza, los dones que un destino
Levantó hacia las aves con manos imperecederas;
No importa la juventud, sueño más que hombre,
La sonrisa tan noble, playa de seda bajo la tempestad
De un régimen caído.

Placeres prohibidos, planetas terrenales,
Miembros de mármol con sabor de estío,
Jugo de esponjas abandonadas por el mar,
Flores de hierro, resonantes como el pecho de un hombre.

Soledades altivas, coronas derribadas,
Libertades memorables, manto de juventudes;
Quien insulta esos frutos, tinieblas en la lengua,
Es vil como un rey, como sombra de rey
Arrastrándose a los pies de la tierra
Para conseguir un trozo de vida.

No sabía los límites impuestos,
Límites de metal o papel,
Ya que el azar le hizo abrir los ojos bajo una luz tan alta,
Adonde no llegan realidades vacías,
Leyes hediondas, códigos, ratas de paisajes derruidos.

Extender entonces una mano
Es hallar una montaña que prohíbe,
Un bosque impenetrable que niega,
Un mar que traga adolescentes rebeldes.

Pero si la ira, el ultraje, el oprobio y la muerte,
Ávidos dientes sin carne todavía,
Amenazan abriendo sus torrentes,
De otro lado vosotros, placeres prohibidos,
Bronce de orgullo, blasfemia que nada precipita,
Tendéis en una mano el misterio.
Sabor que ninguna amargura corrompe,
Cielos, cielos relampagueantes que aniquilan.

Abajo, estatuas anónimas,
Sombras de sombras, miseria, preceptos de niebla;
Una chispa de aquellos placeres
Brilla en la hora vengativa.
Su fulgor puede destruir vuestro mundo.



Diré cómo nacisteis. Luis Cernuda.