Los cuatro puntos cardinales son tres: el Norte y el Sur.

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miércoles, 4 de noviembre de 2015

Te amo Ida. Vas y vienes, vienes y vas pero siempre estás yéndote para quedarte






Cambios

Puede cambiar la vida
sus ramas, como un árbol
cambia las suyas desde
el verde hasta el otoño.


Puede, pilar oscuro,
suplicio oscuro puede
recubrirse de frutos
como un mes de verano.


Ah puede también caer,
caer no sé hasta dónde,
como cae el poema,
o el amor en la noche,


hasta no sé qué fondo
duro y ciego y terrible,
tocando el agua madre
el manantial del miedo.




Cuando Ida Vitale (Montevideo, 1924) habla de sus lecturas nunca olvida a la escritora sueca Selma Lagerlöf (la primera mujer que obtuvo el premio Nobel en 1909), responsable de que a los nueve años descubriera el placer de la lectura. «Fue por un cuento que me dio a leer una profesora, 'El maravilloso viaje de Nils Holgersson'. Cuando pienso en esos años las lecturas eran muy emocionantes. Todo era un descubrimiento. Años después lo volví a leer y me di cuenta de que muchos momentos del libro, muchos personajes, eran simbólicos. Como ese águila que, de tanto estar enjaulada, cuando por fin se le abre la puerta para que pueda volar es incapaz, porque se ha acostumbrado al cautiverio. Pensé que en cierta forma era la historia de las mujeres cuando empezaron a conseguir su independencia». Después vendrían Poe, Dostoievsky o Tolstoi, y los 'Episodios Nacionales' de Galdós que leyó al completo por consejo de otro de sus maestros José Bergamín.
Ida Vitale, con una larga y reconocida trayectoria poética en su equipaje, está en España participando en el programa Poeta en Residencia que organiza la Residencia de Estudiantes. Y ayer pasó por Valladolid para participar en la apertura de las II Jornadas de la Fundación de la Lengua, en las que, bajo el sugerente título de 'Lo que me ofreció el mundo y lo que intenté hacer con ello', explicó que en la vida y en la literatura nada surge de la nada, de cómo se parte de una admiración y de cómo es ese proceso en el que un escritor tiene que superar la edad susceptible a las influencias y elegir». 
La autora de 'Palabra dada' o 'Parvo reino' hace honor a su apellido y no muestra, ni en su aspecto ni en su conversación, huellas de los ajetreados días que le han precedido: talleres de poesía, encuentros con escritores, conferencias... Tampoco, como es tan habitual, da muestras de impaciencia por una entrevista que se alarga hasta el límite de la siguiente conferencia. Y es que detrás de cada libro, hay una historia y parece que prefiere hablar de las obras ajenas que de las suyas propias. 
-En sus libros destaca una voz intensa ajena a la grandilocuencia que se hace patente en obras como 'Reducción del infinito'. 
 
-Quizá sea una tendencia natural. Lo que más me gusta en la música, por ejemplo, es lo que tiene menos notas. No me gustan tanto las sinfonías, con todas las salvedades, claro está. Siempre preferiré un concierto de cámara. Será porque la brevedad obliga a cuidar esos pocos elementos. Siempre preferiré la música barroca a la romántica. 
-Se considera una escritora esforzada, que corrige mucho, o deja que las cosas fluyan. 
 
-No soy de las que se obligan. No me impongo un poema diario. Claro que ahora estoy escribiendo una novela y eso implica otra continuidad. Incluso desde el punto de vista físico: el hecho de sentarse a la máquina y estar delante unas horas. Yo que siempre he escrito lentamente, primero con la máquina y ahora con la computadora. La poesía es distinta. A veces uno le tiene más amor a algo que salió solo. Ese es el misterio de la poesía. Por qué uno escribe poesía. Por qué se parte de algo que parece dictado o escrito por otra persona. 
-En poesía es frecuente que el aliento se apague. ¿Se considera afortunada porque en su caso eso no haya ocurrido? Los críticos hablan de cómo ha mantenido la intensidad. 
 
-Debe de ser una cosa casi misteriosa de la naturaleza. Cuantos escritores importantes y fundamentales tienen logros tempranos pero luego o porque se mueren o simplemente no escriben más. Como el caso extraño de Rulfo, con esas dos obras extraordinarias ('Pedro Páramo' y 'El llano en llamas'), y luego durante toda la vida se hacían bromas porque todo el mundo le preguntaba por qué no escribía otra novela y él pare quitárselos de encima hablaba de una que estaba escribiendo pero de la que jamás se supo nada. Y lo que escribió era perfecto. 
Y la conversación deriva hacia la dificultad de mantener los logros cuando estos llegan pronto. Y cita el caso de Alessandro Baricco, el autor de 'Seda'. Porque no todos pueden ser García Márquez: «Él tiene una novela corta espléndida, 'El coronel no tiene quien le escriba', que me parece la mejor. Y a la que no se le puede quitar nada porque nada sobra. Pero él sí ha mantenido el nivel». 
Lo que no se ve 
 
Vitale, que también ha ejercido la crítica literaria y el ensayo, era profesora de Literatura en su país natal cuando en 1973 la dictadura militar la obligó al exilio. Se estableció en México entre 1974 y 1984 para trasladarse después a Austin (Texas) donde vive desde 1989. Reconoce que el exilio influyó inevitablemente en su obra. 
«Sí. Tiene que estar ahí, y eso que yo no hago lo que se llama poesía de la experiencia, aunque de alguna forma toda la poesía es de la experiencia. Cómo si no. El exilio fue una catástrofe, pero luego pude darme cuenta de que fue un favor que le debo a la vida. Porque después del desarraigo, de lo que supone arrancarte de los amigos, de tu entorno, tienes la oportunidad de encontrar otra gente, con otros rasgos... Sobre todo porque Uruguay se había convertido en un sitio muy cerrado. Ya no era el país que había recogido a los exiliados españoles... Así que haber podido disfrutar de ese ensanchamiento ayuda a la poesía... Aunque también es cierto que en la poesía uno escribe de los déficits, de aquello de lo que carece, de ese árbol que veía en su país y ahora echa de menos, o de ese pájaro que ya no ve... Ah! La luz de Montevideo que es tan peculiar...».
Angélica Tanarro






miércoles, 20 de mayo de 2015

Melibea


Ícaro


Ícaro


Melibea no vive en el fulgor, ni es intocable.

Si se cae, se rompe.

Si se roza, enmudece.

Si se lesa, sangra.

Si se recrudece, el monstruo del frío ardiente derrite sus alas de couché, y frágil, tan frágil que un suspiro la arropa hasta las entrañas de Calixto.
 
Melibea no mora en el zarzal.

La prenda, la dote, la integridad, el camino, el cortafuegos, el charco y las llaves maestras están dentro y de puntillas... saltimbanquea a pesar de los peligros, las fauces y la danza gutural de los sinsentidos.

Todo corazón.

Y mientras se relamen las ganas, el plato arrebaña la esencia sacra mientras los vasos hostigan los cuatro juegos de cucharas labiadas al pairo.
 
Calixto oscurece y Melibea dió con la clave:

Difumina. Difumina. Difumina.

A contraluz.

Antes de arribar el solsticio de verano, alguien se inquiere:

¿Para quién edifiqué torres? ¿Para quién adquirí honras? ¿Para quién planté árboles? ¿Para quién fabriqué navíos?.

Melibea cose nubes...

Calixto siembra el huerto...

El bien y el mal, la prosperidad y la adversidad, la gloria y la pena, todo pierde con el tiempo la fuerza de su acelerado principio...

...






Ícaro

Ícaro

sábado, 18 de abril de 2015

La fugitiva

Edmondo Senatore




Sosteniéndose con pinzas.

Sus hombros caídos. Su espalda cheposa, cansada. Encorvada al acantilado de la pecera del baño. Dónde se lava las manos, frota, rasca, hurga y el jabón espumea cual boca febril... el agua zigzaguea en círculos que acaban por corretear donde sólo las gotas quieren llegar o ella permite sembrar... la vista nublada, perdida en su propio jugo de caracol, juegos de madrugada. Escupitea haciendo puntería sobre la única que ya demora su huida.

Sus piernas, hormiguean. Redobla las rodillas. Las manos, telarañas. La fugitiva, muda. Olvidada. Perdida en su propia caverna.

Todo bien mojado. Incluso los poros que del mador construyen pantanos de sudor... de ese frío que estremece y tirita cual tango agónico al fornicio del alba. Danubia no se deja encontrar.

Un simple tul alrededor de su cintura. Le gusta dormir semidesnuda.

Desnuda y sola, se riza.

Vestida y acompañada, se distrae.

Y cuando se levanta, el tul cubre su ombligo pequeño pero profundo en forma de trébol capado para crepar el vínculo del desasosiego.

Danubia, se peina las cejas, las estiliza como si quisiera alargar el párpado de su visión panorámica. Pero siempre hay un fin de sinfines. Un muro invisible pero palpable.

Los dedos hoy están flojos. Cansinos. Resabiados. Con surcos carnales ante tamaña humedad.

Un hilo percutor.








Galvanizando acordes profusos... arpegios rítmicos. Su bosque de lenguas, en do mayor. In crescendo. La rama rota, quebrada.

Danubia, creía que ante el espejo de porcelana mellada renace el síncope y la adrenalina efervescente, imperial le cosquilleaba el vientre. Creía que esa mañana volvería a encontrar la huidiza, la fugitiva... Y ante el espejo, las sombras juegan malas pasadas. Despistan. Enturbian, realzan lo creído y desmontan lo concebido.

Ojeras hondas, como cuevas en la gruta de un acantilado. Negras, roídas por el espanto de fornicar agua salvaje ante la piedra de su nuez.

Un cascabel a lo lejos. En el cuarto oscuro. Dónde los baúles proclives al alcanfor y las arrugas moldean vestigios. Donde doblados los sueños y las formas pierden sentido. Allí juega Craso con una cucharilla de plata sucia. Se entremezclan tintineos y serpenteos. Arrastras el felino le trae la cucharilla al baño.

La sombra ahora engorda la duda.

Danubia, se corta las puntas.

Empieza por ellas y acaba en las raíces. Capada de volumen y castrada de mimbres... para moldear y ondular su huida mejor urdida.

Craso, juega con los copos de sus cabellos que desde el precipicio de su testa, como gotas densas nievan la oscuridad. Mullido, bailotea sobre ese cojín de cabellos.

La escena es funambulista de miedos. Equilibrista sobre un cruce que tenía que llegar por propia inercia.

Una burlesca mueca de sinsentidos.

Un ropaje vago. Alrededor de la cámara lenta de sus movimientos. El desliz de un trasquilón...

Craso, felino, se encarama junto a ella. A su izquierda observa como Danubia, se queda sin puntas, sin raíces. Sin lágrimas, ni luces.

No la reconoce.

Ni siquiera por ese olor matutino característico...  ese perfume simpar. La fugitiva, esplendorosa.

La pituitaria despistada, confundida.

Suena el despertador.

Siempre suena antes que esa melodía de Etta.

I just want to make love to you.

Craso, ronronea. No hay mimos, ni roces. Ni susurros, ni canturreos.

Y Danubia le mira los bigotes. No quiere verle los ojos...

La sonrisa con agujetas.

Las pestañas encoladas.

La última gota con la primera lágrima...

La fugitiva, huida de su preciosa boca. Los labios sellados.

Y no aparece ni el más primitivo de los lamentos, de los quejidos.

Nada.

Danubia intenta que la fugitiva vuelva a su cielo, a sus cuerdas.... pero no recuerda como se dice silencio.

No quiere, ni puede volver a aprender.

No tiene fuerza para entender que su huida es la voz en su corazón.

Craso, se tumba sobre la jarapa. Rasga las varillas.

Y ella apaga la minucia...

At last. 

Danubia deja caer el tul. Y la fugitiva comienza a vestirse desde sus adentros.

Quizás mañana antes que llegué a sonar el despertador silbará el ritmo de su melodía favorita o se inventará la letra de otra vieja canción...

El espejo volverá a darle los buenos días.

Y Danubia volverá a encontrarse ante la puerta de la fugitiva y el reflejo de lo inolvidable.

Plum nuts.













lunes, 26 de mayo de 2014

Gustavo Santaolalla. La jaula en nuestra mente.

Jim Downs







"Ya no recuerdo.

Si me estaba construyendo un ataúd de ayeres o una pecera de mañanas.

Con remos a otras vidas.

Y popa de pompas...

....pero siempre, siempre....aparece un iris, que varea y tercia lo que las ondas esconden.

Sotovocce, existen susurros incontestables.

Y ahora, cuando la guinda caduca la vida me regala un féretro de porcelana resquebrajada.

Sabes que donde vivo no existen farmacias de guardia, ni veterinarios del corazón.

Demasiado peso para seis manos. 

La conciencia es una obsesa mórbida. Una cuchilla infesta y caliente. Saja mientras zurce.


Una hermosa cicatriz para decirme que ya no recuerdo.

Y a mi pecho ya no le preocupa otra más. Al alma, sí.

La herida es bella."