Los cuatro puntos cardinales son tres: el Norte y el Sur.

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martes, 16 de diciembre de 2014

Hija de una nube

Ulla Wolk





Jose, era una niña pecosa, muy pecosa... cara afilada y cejas frondosas, nariz griega y pómulos rosados, de mármolcarne ámbar, de tirabuzones trigales, espigados y abundantes, casi rococós que escondían su pequeña frente, no medía más de metro y medio. Sus ojazos azabaches iluminaban a todo áquel que osaba sostenerle la mirada. Largas pestañas y media cuchara de ojeras como hendiduras que no hacían sino que incrementar la fuerza de su mirada.

Su boca era pequeña, sin apenas frontera entre la comisura y el esbozo. Y sus labios miméticamente pausados, chascarilleaban y musitaban, rojos como una manzana envenenada de fulgor, pequeñas palabras y grandes ideas. Apenas hablaba, no decía mucho. Creía, sentía que para decir nada, todo se macera mejor en esa pecera del imaginario. En el camino de los hechos. En el trecho del silencio. Era pequeña, pero su corazón enorme. Era una retaca, pero sus garabatos, sus trazos adivinaban que lo habitual, la costumbre son hechuras que a ella no le atraían nada. Todo lo que clamaba de su gris, esa roja manzana lo mordía tierna, ácidamente. Masticaba con un arte inusitado para su corta edad.

Mentón redondo, y un pequeño botón de guisa por hoyuelo, lóbulos suaves casi imperceptibles imantados a sus sienes. Su rostro era un túnel perfumado de fotogramas vintage, retros de aquella cáustica y neumática salubridad que amordaza lo que sus adentros hervían, creaban y dibujan ante la gran pizarra de su pequeña escuela, sobre un lienzo en su fría habitación o bajo la nube de la inventiva y el bosque del batiburrillo que aquella fuente de la fantasía manaba.

Tenía poco más de doce años. Llevaba la raya al lado derecho y un remolino furioso colmaba la áurea de su sombra, cuna de su infante andar, sólo serenaba ese amasijo de cabellos rebeldes una pizca mesada de colonia suave, afrutada de esencia a mandarina, o almizcle... se calmaba la furia de su cocorota inaudita, impulsiva e inteligente. Surcaban sus pequeños y rechonchos dedos el ritmo cadencioso y languido de su tupida melena. Y así mientras se peinaba sin cepillo, sus manos recordaban a su cabecita, que mientras el riego hierve y transita, el camino del augurio, siembra.




Jose, siempre llevaba vestidos, diademas, peplos, rebecas orondas, recargadas y holgadas. Nunca quiso embutirse en un pantalón. Le agradaban los bordados, los bolillos, los tonos verdiazulados, grises y ocres, el macramé, el amarillo pálido y el marrón barro. Torcía su nariz buscando la compañía del alcanfor y cualquier brizna, pelo, mácula rauda la estampaba  lejos de su presencia. Podría creerse que era una niña repipi o marisabidilla, no, Jose era inmaculada en apariencia y estricta en sus ceremonias. No jugaba mucho con los espejos y sí con los reflejos. Parecía que quería quedarse sola, pero sólo deseaba encontrarse. Necesitaba, encontrarse.

Reía mucho, muchísimo, pero sin estridencias. Reía con los ojos, con el cuerpo, con las orejas y las manos. Reía desde los hombros y hasta los pies. Por el vientre y el rubor. Reía tanto, sin carcajada, que iluminaba... e irritaba.

A veces, incluso, enfurruñada o triste, desganada o medio dormida, su risa invisible tocada por una vara de buscar agua, asestaba incredulidad y desconcierto a sus amigos, a su familia, a sus compañeros de clase o profesores. Pero Jose, tan auténtica y extraña, tan callada pero risueña, tan descolocada por las apariencias de quienes deseaban que jugará al dominó, siempre excusaba sus noes o síes con argumentos tan sólidos que incluso los adultos apenas podían disfrutar del esgrima.

Aquella tarde, acabando la clase, Don Arturo profesor senil pero curtido en mil batallas escolares e infantiles, requeteculto y ágil, muy ágil de mente tras casi cincuenta años de docencia acababa la clase de Castellano ( aunque en realidad, a él le gustaba llamarla "Clase deslenguada") con ya una exasperante y horripilante parsimonia. Divagaba, divagaba por ese tiovivo de las palabras humo.... y finalmente casi a punto de rozar la meta del fin del suplicicio se dirigió a la pizarra y de espaldas a Jose y sus compinches de aula escribió:

"Escribe algo que me irrite pero que me saque una sonrisa, escribe algo que sin decir, dé que pensar."

Los chavales se miraron, unos alzaban cejas... otros apoyaban los codos en el pupitre y escondían la cabeza, algunos resoplaban, otros ni pestañeaban...

Jose se mordía las uñas ya más que cortas de sus rechonchos deditos. Y sus ojazos iluminados se reían. Su boca se comía unas palabras imperceptibles, un susurrillo empolvó sus mofletes de una luz roja brillante y el zarzal de su cabecilla cabiló...

Don Arturo recogía los cachivaches y dando la lección por finalizada se aprestaba a acabar la clase. Era la última del día.

Jose, bajo la solícita frase de Don Arturo, escribió:

"Me la quisiste dar con queso, pero yo soy intolerante a la lactosa".

Don Arturo, bajó sus gafas, apuntó su cansada vista a la pizarra y empezó a leer. Tras un par de segundos de contemplación, en silencio, recogió su abrigo, sus cosas y mientras salía de clase al pasillo, empezó a balbucear no se sabe bien el qué. Después una risa seca, tosca, y después un río de carcajadas. Que se iban difuminando tras sus pasos....

Jose, cogió su maquineta, sacó punta al lápiz y lo chuperreteó como si de una piruleta se tratara.

Se tocó los mofletes. Tenía calor.

Y mientras sus compañeros ya habían salido de clase, se quedó en pie. Inmóvil. Mirando tras la ventana de clase, a aquel gran bosque de castaños frente a la escuela. Sus copas frondosas, sus sombras acordeón, su imperturbabilidad y como el viento las caminaba. Como nadie les hacia cosquillas. Sólo ellas a si mismas.

Creyó ver ninguna nube.

Y aparentemente no había ninguna... cielo raso.

Pero empezó a llover.

Y entonces sonrío desde sus ojos, se sopló el flequillo.

Todo lo que tenía que decir se quedó en aquella mirada.

Todo lo que debía callar la lluvia se lo iba a llevar.