Los cuatro puntos cardinales son tres: el Norte y el Sur.

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jueves, 22 de octubre de 2015

La jaula se ha vuelto pájaro


Fotografías tomadas por Ícaro







7 de agosto [de 1960]

Cuando era más chica, despertaba llorando y era feliz por la noche. Ahora es lo contrario. A las seis de la tarde —hora fatal para las solitarias— muero y remuero. Me transformo en una bestia encerrada, impotente en su enorme fuerza inútil. ¿Es esto la adultez?, pregunto. ¿Ser una persona grande es odiar la niebla y la oscuridad? La vida es demasiado larga, creo, siento. No es larga cuando hay muchas cosas que hacer. Pero cuando no se hace nada o se espera todo, que es lo mismo, entonces la vida es larga. Pero yo me veo forzada a pensar en la vida. Desde hace muchos años, desde que me di cuenta que sufría demasiado tuve que pensar en mi vida. Y entonces pensé en mi vida:

-Tienes que salir de esta situación.


-Debes salir. Tienes que usar de tu ternura. No puedes dejarla sepultada en tu espera.

-No sé cómo.

-Tú crees que estás sufriendo para algo, para alguien. Aún no sabes que no hay a quién demostrar que se sufre.

-Pero yo debo sufrir. Es como si debiera vengarme.

-Tienes que salir. Ve a un museo, ve a pasear, usa tus ojos, no los guardes, ya es hora de que los uses.

-Quiero que me cosan los párpados, así sabré que no veo no porque no quiero sino porque no puedo.
-Tengo miedo de salir.

-Todos tienen miedo.







-Pero yo más, porque nunca he salido y los otros ya han salido y tengo que hacer un esfuerzo muy duro cuando estoy con alguien para fingir que yo también he salido. Y no es verdad. Jamás he visto nada ni ido a ninguna parte.

-Tienes que salir y ver a la gente.

-Tengo miedo de la gente. Siento que engaño a la gente. Que la engaña mi cara, mi voz, mi cuerpo. Es un esfuerzo muy duro hablar: como si yo también tuviera una vida propia, como si también a mí me pasaran cosas, es un esfuerzo muy duro ocultar mi sorpresa por estar afuera, hablando.

-Tienes que salir.

-Sí. Voy a salir. Quiero vivir como todos.

-No. No es verdad.

-Sí. No es verdad. No quiero vivir como todos. No puedo creer que yo también entraré en la vida de ellos y yo también haré lo que hacen ellos.

-Te crees distinta.

-Es verdad. No puedo creer que mi vida será como la de ellos. No sé nada, lo ignoro todo, pero no puedo creer que lo que hacen ellos es la vida. Mi vida no será como la de ellos.

-Si no sales tu vida no será nunca nada. Será como ahora. Una espera vacía.

-No sé adónde ir. Todo es provisorio. La gente es provisoria. Son seres que están en tanto no aparezcan los otros, los verdaderos.

-Quieres decir los que no existen, los que habitan tu delirio.

-No puedo ser amiga de la gente, la gente no es mágica, no tiene halo, es como la necesidad de comer y de orinar y de bañarse. Yo quiero que la gente sea del color de mis sueños. Quiero que la gente sea mágica.

-Tienes que salir y ver a la gente.

-Pero tienen mal gusto, como un remedio para la tos. La vida de ellos tiene mal gusto, hay que vivirla con los dientes apretados, pensando en otra cosa, entreteniéndose con otras cosas, porque de lo contrario es insoportable.

-Tienes que vivir como ellos.

-Lo haré. Pero su vida gotea como una canilla rota, da ganas de llorar, como cuando se contempla un reloj viejo y enorme en una sala desierta. Los minutos se suceden como el llanto de un gato. Si es preciso vivir como ellos viviré, pero siento que renuncio a todo.

-Lo que llamas todo es tu espera vacía, tu nada. Ellos tienen poco, pero tienen algo. Tú también debes entrar en la vida de ellos y tratar de conseguir también tú un poco de algo, algo de algo.

-Lo haré. Pero sólo con la voluntad. Nunca con mis deseos.



Entrada del diario de Alejandra Pizarnik, tomada del blog Amor Líquido y que descubrí en el maravilloso alejandrapizarnik.blogspot.com.es 







miércoles, 30 de septiembre de 2015

¿Y qué...?


 
Ícaro






¿Y qué si nos vamos anticipando
de sonrisa en sonrisa hasta la última esperanza?



¿Y qué?



¿Y qué me da a mí, a mí que he perdido mi nombre,
el nombre que me era dulce sustancia
en épocas remotas, cuando yo no era yo
sino una niña engañada por su sangre?


¿A qué, a qué este deshacerme, este desangrarme,
este desplumarme, este desequilibrarme
si mi realidad retrocede
como empujada por una ametralladora
y de pronto se lanza a correr,
aunque igual la alcanzan,
hasta que cae a mis pies como un ave muerta?


Quisiera hablar de la vida.



Pues esto es la vida,
Este aullido, este clavarse las uñas
en el pecho, este arrancarse
la cabellera a puñados, este escupirse
a los propios ojos, sólo por decir,
sólo por ver si se puede decir:



 ¿Es qué yo soy? ¿verdad que sí?
¿no es verdad que yo existo
 y no soy la pesadilla de una bestia?. 





Y con las manos embarradas
golpeamos a las puertas del amor.


 
Y con la conciencia cubierta
de sucios y hermosos velos,
pedimos por Dios.


Y con las sienes restallantes
de imbécil soberbia
tomamos de la cintura a la vida
y pateamos de soslayo a la muerte.
 

Pues eso es lo que hacemos.
Nos anticipamos de sonrisa en sonrisa
hasta la última esperanza.



Alejandra Pizarnik 







martes, 17 de febrero de 2015

Lullaby

Ícaro
         



Alejandra
Puesto que hades no existe, seguramente estás allá,
último hotel, último sueño,
pasajera obstinada de la ausencia.
Sin equipajes ni papeles,
Dando por óbolo un cuaderno
O un lápiz de color.
- Acéptalos barquero: nadie pagó más caro
el ingreso a los Grandes Transparentes,
al jardín donde Alicia la esperaba.



Carta de despedida de Julio Cortázar a Alejandra Pizarnik. Setiembre, 1972


Ícaro




Sólo mucho después iba a comprender que estar también... es dar y, así, la vida es una mala noche en una mala posada..... o una noche buena en una barquilla que transita nuestro mar de sangre, una noche que jamás se dejará amanecer...

Sólo mucho después la nana se convirtió en cantinela, y la duermevela en Libra sin acuarela.
            



                                                         





lunes, 12 de enero de 2015

Recuerdos de la pequeña casa del canto

Francesca Woodman
¡



Era azul como su mano en el instante de la muerte. Era su mano crispada,
era el último orgasmo. Era su pija parada como un pájaro
 que está por llover, parada para recibirla a ella,
la muerte, la amante (o no)


Ya no sé hablar. ¿Con quién?

Nunca encontré un alma gemela. Nadie fue un sueño. Me dejaron
con los sueños abiertos, con mi herida central abierta, con mi desgarradura.
Me lamento; tengo derecho a hacerlo. Asimismo, desprecio
a los que no se interesan por mí. Mi sólo deseo ha sido


No lo diré. Hasta yo, o sobre todo yo, me traiciono. Como un niño
 de pecho he acallado mi alma. Ya no sé hablar. Ya no puedo hablar.
 He desbaratado lo que me dieron, que era todo lo que tenía.
Y es otra vez la muerte. Se cierne sobre mí, es mi único horizonte.
Nadie se parece a mi sueño. He sentido amor y lo maltrataron, sí,
a mí que nunca había querido. El amor más profundo desaparecerá
para siempre.
¿Qué podemos amar que no sea una sombra? Murieron ya los sueños
sagrados de la infancia y la naturaleza también, la que amaba




                                           abril, 1972

Alejandra Pizarnik







Texto: poema tomado de Alejandra Pizarnik. Poesía completa (Lumen).
Nota de la editora: "Se restituye a este texto la parte omitida en
Textos de Sombra y últimos poemas, Sudamericana, Buenos Aires, 1982.
Es la que precede a 'No lo diré...', en hoja aparte donde figura el título
y lleva un 'sí' anotado a mano por AP.
Se suprimen
los puntos suspensivos de la edición de 1982".



http://alejandrapizarnik.blogspot.com.es























jueves, 16 de octubre de 2014

El fuego y el semen encienden....

 
Semen Call, Yianni Chrysostomidis



Martes, 4 de diciembre [1961]



[...]





La mano toma el vaso. Lo lleva a la boca. La boca traga agua. Hay bocas que tragan fuego. Otras, aire. Otras --muy pocas a causa de los prejuicios que aún sobrenadan-- semen. El agua apaga. El fuego y el semen encienden. A veces se traga vino: ello apaga y enciende. Pero el ruido de dos autos chocando agudiza el presentimiento de la muerte. Habrá tres o cuatro cadáveres, algunos intestinos en carnicería de exhibición, un dedo allí, otro falo aquí. Lo llaman accidente. También se tose. La sangre es más avara de lo que cree cuando se trata de toser. Tos prolongada por estertores y náuseas. No es un sonido desagradable. Pero es el de un hueso rompiéndose. Más desagradable es el dolor del útero, por ejemplo, a causa del temor a constatar su existencia haciendo uso del dedo índice. El dedo, allí, parece prolongarse, exactamente como un falo. Tocar lo húmedo blanco que duele agudamente no es alentador sino todo lo contrario.Es allí en donde el famoso verso de Esteban Mallarmé y su famoso hélas final cobra su sentido más hondo y oculto. De allí que una mujer sin útero sea, a veces, más feliz que un hombre sin falo. Porque si el falo duele se lo puede vendar como a un dedo y se puede afirmar que un falo vendado no es una desgracia. También son desagradables la comezón y el prurito anal. Lejos de la ninfomanía, la comezón y el prurito anal sugieren insectos al que las padece. Sería necesario poseer más de cien dedos para que el afligido por este mal halle calma y vuelva a sus cabales. Ni un pianista virtuoso surte satisfactoriamente las exigencias de su cuerpo si sólo posee diez dedos --los de los pies no son tenidos en cuenta pues su función consiste en mantener despierto el sentimiento de culpa de su posesor por no lavarlos a menudo--. Y a estos dedos nunca se los lava bastante: aun lo raros especímenes que los cepillan cada día han confesado sentirlos sucios (en el subconsciente).


Por eso hay que beber agua. El agua apaga. Pero no el fuego.





Alejandra Pizarnik



















sábado, 2 de agosto de 2014

Cuando yo muera, ¿Quién me va a decir?...



William Browning





―Cuando yo muera, ¿quién me va a decir? ― le dije como rogándole. Pero ni yo sabía el alcance de la pregunta, la calidad especial de ese amor secreto. Me miró con piedad; tal vez era lo que yo esperaba: que me dijera:

―Yo.

Y así comprometerlo hasta el fin de la eternidad, ya que no me atrevía a enumerar las frases habituales de una enamorada joven y viviente. Por eso le conté mi amor por otro, agregando la falta de correspondencia de ese amor. Y entonces, casi llorando, le dije:

―Y cuando me muera, ¿quién me lo dirá?

A la espera, sinuosa y enfurecida, de que se apiade de mi fingida locura amorosa por otro que por él y me diga:

―Yo.

Pero yo no sabía si él sabía que mis palabras eran más como máscaras solitarias paseándose a la altura de un rostro humano en una tarde de lluvia. Así flotaba mi extraño lenguaje. Y qué miedo tenía yo de que súbitamente me descubriese armada de mi muerte y de palabras densas y pétreas, mintiendo ominosamente con la mirada y con los nombres:

―Hace tanto tiempo que lo conozco, tanto tiempo que lo amo… Ahora se ha ido no sé adónde, pero lejos, en todo caso, de mi persona enamorada. Como si la finalidad de su viaje fuera más un irse que un ir, un irse de mí, la que lo espera y esperaba; aún lo esperaba cuando estaba él aquí, llenando con su presencia el amado lugar de su ausencia, obligándome a olvidar al ausente que yo amo para introducirme en el helado círculo en que dos se aman solamente. He amado a solas tanto tiempo que su rostro me ocultaba su rostro y sus ojos y su voz su voz. He esperado tanto tiempo que viniera que cuando vino se fue.







Entonces vi que sus ojos eran de piedad. Casi vi llanto en sus ojos soñados. Pensé: “se puede morir de presencia”. Pero apenas lo pensé supe que nunca, antes, había sufrido tanto. “Dile la verdad”, me dije. “La estoy diciendo”, me dije. “Pero no, la otra, la leve, dile que el otro no existe, dile que el otro es él”. (Corazón ciego salta en tu cueva de pasiones contrarias. Llévame al borde del delirio, en donde la soledad es peligrosa, y rostros plateados e inertes cierran a la fuerza mis ojos de locura y rabia).

Cuando me vi a solas en el lugar que me dejó quise gritar mi nombre, para que al menos no supiera a quién dirigirme si pasaba algo. Porque ya entonces presentí que lo peor que me iba a pasar era que nada me pasaría. Y también entonces me vi yendo como voy ahora: pequeña alucinada por las calles sucias, buscando en cada rostro la presencia del que solo aun ausente; vagando lentamente entre las viejas mendigas ―que me prefiguran― y los viejos borrachos adheridos a canciones que nadie compuso nunca, que sólo sirven para un  instante, para una sola calle, pues están hechas de delirios atroces y de palabras obscenas que quisieran ser puñales Pero yo no buscaba, he buscado hasta volverme ciega, pero no he buscado ni me he vuelto ciega.

Lo vi sonreír con su ternura inimaginable. Demasiada sonrisa para quien llevó tantos años su herida por donde sólo llovía sal. Casi le digo: “Solamente te amo a ti. Si te fueras para siempre, si solamente te fueras de mí para dejarme a mí contigo…”. Pero repetí:

―¿Quién se acercará a mi cadáver y me dirá: Estás muerta? Aunque no lo pueda escuchar lo sabré, algo en mí lo sabrá, porque algo en mí no morirá conmigo, algo en mí esperó demasiado tiempo como para no poder oír esas palabras. ¿Quién lo dirá?

―Yo.

Lo miré. Estaba llorando. “Para llegar a esto te ha sido preciso miles de noches de insomnio, en una tensión que estiraba tus nervios hasta el otro lado de la noche, en la oscuridad esquiva donde las sombras baten sonidos que son sus nombres amados, en el desenfreno de una llamada inarticulada y torpe, en un rito cotidiano en el que tú, pálida y afiebrada, bebías alcohol para someterte más rápidamente a las leyes del amor que no sacia”. Lloraba por mí. “Demasiado tarde esta fiesta lujosa en honor de la muchacha polvorienta comida por el deseo. Demasiado tarde esta exhibición de piedad humana con sus límites y terminaciones. ¿Cuánto tiempo seguir llorando? ¿Cuánto han de darme sus ojos en esta noche impecable con estrellas que son estrellas y una luna real que no oscila?

Quise decirle: "Ven a mí, ahora que nadie nos ve, ahora que lo verde de este maléfico jardín entró en la austeridad anónima de una noche de verano. Ven a mí: si vienes, las estrellas seguirán siéndolo, la luna no se cambiará con colores ultrajantes ni habrá metamorfosis dañinas. Nadie verá que tú vienes a mí. Ni siquiera yo, pues yo ya estoy muy lejos, yo ya estoy en otro mundo, amándote con una furia que no imaginas. Ven a mí si quieres salvarte de mi locura y de mi rabia, ten piedad de ti y ven a mí. Nadie lo sabrá, ni siquiera yo, pues yo estoy vagando por las calles de otra ciudad, vestida de mendiga vieja, acoplando tus nombres a canciones obscuras que son como puñales para fijar mi delirio. Mi sangre, mi sexo, mi sagrada manía de creerme yo, mi porvenir inmutable, mi pasado que viene, mi atrio donde muero cada noche. Oh ven, nada ni nadie lo sabrán nunca. Aun cuando yo no lo quiera ven. Aun cuando yo te odio y te abandone, ven y tómame a la fuerza".

II







Una vez más  el lenguaje se me resiste. No el lenguaje propiamente dicho si no mi deseo de conjurar mis deseos por medio de una detallada descripción de lo que deseo ver en alguna realidad hecha del material que quieran con tal de que no sea de palabras ni sobre el blanco temible de una hoja de papel. A veces lloro en mi sed, lloro por medio de mi sed, porque a veces mi sed es mi comunión, mi manera de vivir, de testimoniar mi nacimiento, de librarme y de dar acto de fe. Pero a veces lloro lejanamente por la otra que soy, la evadida en mi sangre, la ilusionada, la aventurera que se fue en la noche a perseguir los tristes rostros que le presentó su deseo enfermo.

Si todo esto fuera verdad, qué pérdida estoy perdiendo, qué sufrimiento increíble no hace orgía de expiaciones. Me gusta reírme de la persona humana en lo que tiene de absurda de los cabellos hasta el cuello. Sólo el sexo merece seriedad y consideración porque el sexo es silencioso.

Si todo fuera verdad, qué hago que no me lloro en mi funeral. Vencida, resistida, derrotada, ultimada a garrotazos, a tiros, a puñaladas…y oh, cómo se resistía la salvaje muchacha de los ojos tan verdes, cómo se debatió en el estrecho lugar que le asignaron para perderse. Fue necesario una insistencia común, la ayuda de todas las asociaciones del infierno y del olvido para que alguien como ella se dejara quitar su rostro enamorado que sólo fue una máscara que sólo se hizo polvo.

Entonces le dije:

― Si me muriera ahora mismo, ¿quién injuriará a la muerte? Lo pregunto de nuevo: ¿quién puteará hasta quedarse sin voz? ¿Quién dirá: es una pérdida magnífica, una pérdida lujosa?

―No yo― dijo sonriendo.

―Entonces lo de antes, ¿fue una mentira? ―dije. Pasos en el jardín. Un policía silba No dejes que las estrellas entren en tus ojos. Saco un cigarrillo y fuma.

―No yo ―repitió con una voz cansada, monótona.

―Entonces, ¿el llanto era mentira? ―dije.

Y me dije: “Si supiera qué poco me importa lo que dice. Si supiera qué poco me importa cómo me mira. Si supiera qué poco me importa que su piedad sea amor o su amor indiferencia. Si supiera qué lejos estoy de los nombres y de las palabras, de la verdad, de la mentira, del cansancio, de la monotonía. Si supiera que no me importa morir así como no me importa vivir porque estoy ya muy cansada de mi enfermera y mi guardiana, de curar a la lejana que soy, a la evadida que me fui, a la maravillosa enamorada más sutil que el viento, detenida ahora por algún pecado insoluble, en su sitial de noche y desgracia, hermanada a la melancólica soledad de un lugar blanco y pétreo donde ella llora su amor inexplicable”.

Me levanté, me fui, Fumaba a lo largo del Sena y cerca del quai Voltaire bajé a ver el río. Había mendigos bebiendo o silenciando o cantando o fornicando. Me acerqué a los que bebían y les dije:

―Cuando me muera muy pronto, si alguna vez muero, no recordarán el olor a tristeza del río, no recordarán el gusto del vino atado a la lengua, no recordarán el color de la noche en los ojos de los ahogados sino que recordaran mi voz, mis palabras que flotan como máscaras, como cáscaras vacías que nunca contuvieron nada, y recordarán mis ojos verdes que pagaron al amor el más alto tributo, y recordarán mi nombre que significó mucho para quien lo llevó como un arma en la noche de los grandes reconocimientos y del dolor sin desenlace. Así me dejé violar como tantas otras noches similares.

[…]




Diarios de Alejandra Pizarnik (Lumen)







jueves, 7 de febrero de 2013

Desamor en la 101


Edward HopperHabitación de Hotel1931 (oleo)











Band of Horses. "Heartbreak on the 101" (Mirage Rock, 2012)

Lugar: Sunset Sound Studios, California.
Recomendación (1/2): Abstenerse implicados en procesos de separación/divorcio y/o alimentadores de nostalgias.
Recomendación (2/2): Subir progresivamente el volumen.
Valoración  ........al gusto. Yo vuelta, vuelta. Crudito.

(...)
¿Pensaste que lentamente iba a empezar a desvanecerme,
que podrías robar mi vida y envíarme a la mía?
Sé que parece antiguo, pero estaba atrapado en la lluvia
así que descansaba debajo de un puente.
Hice algunos nuevos amigos
y lloré, y lloré
¿De verdad pensabas que me iba a poner en cola,
esperando detrás de ti hasta el instante que te apeteciera?
Recogí los trozos de un corazón roto,
no tuve elección,
Un corazón roto en la 101,
desamor en la 101.
Estoy por encima de eso...

Me ibas perjudicando cada día
te llevaste todo mi mundo y lo tiraste entero por la borda
Hace frío fuera y necesito un lugar donde descansar
así que voy a descansar bajo el puente con los amigos que he hecho
¿Pensaste que realmente iba a acabar haciéndome a un lado,
que emprendería algo nuevo o iniciaría otra vida?
Miré las piezas de un corazón roto
y vi lo que podía hacer.
Un corazón roto en la 101,
desamor en la 101.
He superado eso...

No pensabas que empezaría lentamente a desaparecer
que podrías ponerme en la acera con una maleta
Sé que se acabó y que suena un poco a cliché
pero te quiero de vuelta con tanta ansia.
Dejo las piezas donde estaban
y rezo para que regreses,
pero no hay señales
y me duermo con un ojo abierto
en caso de que pudiera resultar,
no, nada acaba funcionando
sólo es una pérdida de tiempo
me parece que no puedo hacer las cosas bien
Un corazón roto en la 101,
todo el mundo observa,
ven a mirar
Un corazón roto en la 101,
todo el mundo observa,
todos miran.
Un corazón roto en la 101...


................




"[...] Pero hace tanta soledad que las palabras se suicidan."



Alejandra Pizarnik 

martes, 8 de enero de 2013

Piedra fundamental



No puedo hablar con mi voz sino con mis voces.

Sus ojos eran la entrada del templo, para mí, que soy errante, que amo y muero. Y hubiese cantado hasta hacerme una con la noche, hasta deshacerme desnuda en la entrada del tiempo.

Un canto que atravieso como un túnel.

Presencias inquietantes,
gestos de figuras que se aparecen vivientes por obra de un lenguaje
activo que las alude,
signos que insinúan terrores insolubles.

Una vibración de los cimientos, un trepidar de los fundamentos, drenan y barrenan,
y he sabido dónde se aposenta aquello tan otro que es yo, que espera que
me calle para tomar posesión de mí y drenar y barrenar los cimientos, los fundamentos,
aquello me es adverso desde mí, conspira, toma posesión de mi terreno baldío,
no,
   he de hacer algo,
no,
   no he de hacer nada,


   algo en mi no se abandona a la cascada de cenizas que me arrasa dentro de mí con ella que es yo, conmigo que soy ella y que soy yo, indeciblemente distinta de ella.

En el silencio mismo (no en el mismo silencio) tragar noche, una noche inmensa inmersa en el sigilo de los pasos perdidos.

No puedo hablar para nada decir. Por eso nos perdemos, yo y el poema, en la tentativa inútil de trancribir relaciones ardientes.

¿A dónde la conduce esta escritura? A lo negro, a lo estéril, a lo fragmentado.

Las muñecas desventradas por mis antiguas manos de muñeca, la
desilusión al encontrar pura estopa (pura estepa tu memoria): el padre,
que tuvo que ser Tiresias, flota en el río. Pero tú, ¿por qué te dejaste
asesinar escuchando cuentos de álamos nevados?

Yo quería que mis dedos de muñeca penetraran en las teclas. Yo no quería rozar, como una araña, el teclado. Yo quería entrar en el teclado para entrar adentro de la música para tener una patria. Pero la música se movía, se apresuraba. Solo cuando un refrán reincidía, alentaba en mi la esperanza de que se abasteciera algo parecido a una estación de trenes, quiero decir: un punto de partida firme y seguro; un lugar desde el cual partir, desde el lugar, hacia el lugar, en unión y fusión con el lugar. pero el refrán era demasiado breve, de modo que yo no podía fundar una estación pues no contaba más que con un tren salido de los rieles que se contorsionaba y se distorsionaba. Entonces abandoné la música y sus traiciones porque la música estaba más arriba o más abajo, pero no en el centro, en el lugar de la fusión y del encuentro. (Tú que fuiste mi única patria ¿en dónde buscarte? Tal vez en este poema que voy escribiendo).

Una noche en el circo recobré un lenguaje perdido en el momento que los jinetes con antorchas en la mano galopaban en ronda feroz sobre corceles negros. Ni en mis sueños de dicha existirá un coro de ángeles que suministre algo semejante a los sonidos calientes para mi corazón de los cascos contra las arenas.

(Y me dijo: Escribe; porque estas palabras son fieles y verdaderas.)

(Es un hombre o una piedra o un árbol el que va a comenzar el canto...)


Y era un estremecimiento suavemente trepidante (lo digo para aleccionar a la que extravió en mí su musicalidad y trepida con más disonancia que un caballo azuzado por una antorcha en las arenas de un país extranjero).

Estaba abrazada al suelo, diciendo un nombre. Creí que me había muerto y que la muerte era decir un nombre sin cesar.

No es esto, tal vez, lo que quiero decir. Este decir y decirse no es grato. No puedo hablar con mi voz sino con mis voces. También este poema es posible que sea una trampa, un escenario más.

Cuando el barco alternó su ritmo y vaciló en el agua violenta, me erguí como la amazona que domina solamente con sus ojos azules al caballo que se encabrita (¿o fue con sus ojos azules?). El agua verde en mi cara, he de beber de ti hasta que la noche se abra. Nadie puede salvarme pues soy invisible aún para mí que me llamo con tu voz. ¿En dónde estoy? Estoy en un jardín.

Hay un jardín.