Los cuatro puntos cardinales son tres: el Norte y el Sur.

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martes, 25 de agosto de 2015

Once in a blue moon o de higos a brevas, al gusto

Prometeo bajo las garras del águila. Rubens y Snyders. Museo de Philadelphia






Que no es lo mismo que de brevas a higos.

La primera dura ocho meses, ésta última cuatro.

Se acerca la vendimia.

Prometeo es un derrochador quebrantahuesos.

Hojalata Queen. Cartónpiedra Prince.

Drop by drop.

Y las garras romas, paticortas son.

Su casa es la de todos y todos los que entran.. su familia filantrópica..

La auténtica. La bienquerida. Labienpagá. Obras son amores. Que suene, que suene... como el río. Cuando no acalla, traga. Por doquier.

¿La sangre...? A la despensa.

Y la matanza una mascarilla de cuatro libras, una hogaza de pa negre y un plato de sopa boba. Un miro pallá que acá la hierba crece alta y a borbotones. Qué bonito es el amor. Qué grandes los cajones vacíos y el fondo de armario... Que lujazo de apariencia y que culta es la necedad. Una Odisea con sombrerito de ala ancha. Antes el vil que ná. Ahora albas en jirones....

¿Hambre?

Nunca tendré. Aunque me coma mi propio corazón.

Como O'Hara. Mi tierra es mi Castilllo, mis hechos la llave maestra y la profundidad de la vía Láctea el via Crucis de los coétanos y el colágeno a diestro.

Once in a blue moon o de higos a brevas, al gusto.

Esta perra madrugá es una chicharra indolente. Pudiente. Saboría y resabía.

Canalla y canina. Golfa y serenata. Sin adaggios ni corcheas.

Juguetea con los relojes de arena como si de pulseras en sus cabellos se trenzaran la malaidea de la malasobra.

Al gusto le salen canas y a las ganas, lorzas.

Laia vivía en una buhardilla.

En Via Napo Torriani. Al otro lado de la plaza de San Camillo de Lellis. El último ventanuco, la última vela de cada noche eran su soplo, su fe. También sin acento. La fe y ella lo perdieron todo en el país Costumbre.

La contemplaba cada noche hasta que la vela se cansaba y se dormía.Unas, antes ella... otras... antes yo. Pero nunca a la vez. Doseles inocentes...ingenuos.

Se quedaba la cristalera triste, de par en par. Exhausta, non.

Y luego el silencio.

Sólo las jaulas y las peceras... solas las alas y las aletas....

...cual voyeur adicto.

Cual funambulista retorcido y ebrío de vacío.

Como un sin techo pero con todas las estrellas chimenea para huir a aquel oasis celestial del hoy, del ahora.

Cada noche mi último suspiro era para con áquel ventanuco.

Pero...

Del cuento al entuerto.

Del huerto al mantel.

Del plato a la boca.

Del paladar a la fuente.

Y su maná, la inspiración.

Pero se secó de trivialidad, de egoísmo.

Snif. Fins.





The Egg. David Rabinowitz


...Aquella noche la llama de la vela se rizó junto al espejo que iluminaba los pocos metros que separaban su ventana con la mía. Como James y su ventana indiscreta....

Ni había lunas rotas, ni gatas callejeras.

Ni siquiera el sonido de aquella fuente seca, ronca despistaba la concentración. La respiración, mojada.. empapada.

O las pisadas y correrías de los últimos perdidos noctámbulos. Perdidas. Invisibles. Silenciosas.

El mutismo lo inmaculaba absolutamente todo.

Y cómo un imán de carne y hueso...

Se asomó.

Me vió.

Y seria, embobada en sus rituales y rutinas las abrió de par en par.

Y asintió, miró hacia otro lado. Hacia abajo. Buscaba en la plaza el coletero con el que los gatos hacen ovillos....

Me dió su espalda.

Y se subió, imagino, que a una silla coja....o al baúl express.... o la caja china. O al camastro Citizen.

Laia jugaba con el dobladillo del setenta y nueve. Y se lavaba la cara durante cuarenta minutos o cuatro horas. Ni uno más. Ni una menos. Una y otra noche purificaba, disciplinadamente, cada poro de su piel y cada vestigio de tez muerta. Se cortaba las uñas tanto que las yemas se batían en duelo. Y preparaba el sudario del día después.

Se tintaba las canas de arcoiris y colutorios. Se frotaba las pestañas. Y uncía sus párpados de cantos de Sirena locuela y codiciosa con unas cañas y algún que otro margarita. Se peinaba con las manos y se aceitaba con los nudillos. No dejaba de mirarse, remirarse y camuflarse. Siempre era lo mismo. Mismo, lo era.

Las cejas. Las varices. Las lorzas. De perfil. De canto. A horcajadas. Cualquier ángulo y perspectiva eran psicosómaticas de aquello que no pretendía ser pero que inequívocamente ya formaban parte de su existencia. De su cuerpo, de su alma. Su vida. Entera. Plena. Sin excusas. Rotunda. Apagándose.

Se maquillaba las aureolas y las estrías. Curtida en mil escenarios. El papel se lo sabía endemoniada y remetadamente de carrerilla. Como Emma Stone con el pájaro loco de Batman... Es más, embutida en la función, a veces confundía realmente quién era o quién dejaba de ser para no estar y pa(e)recer.

Cacareaba esa pegajosa mostaza de miel a cada imperfección que el encuadre la disimulaba. Y hurgaba en variopintas vicisitudes para aparentar lo que nunca sería. Ya era hija de la otra y madre del espanto. Lo sabía. Y asumió el circo como vodevil o... bodegón. Las uvas de la ira.

Iba para los treinta y tantosmuchos y se disfrazaba de jabón varias veces al día. De pompas todas las noches. Se cepillaba la lengua con el hilo dental y adoraba las cajas de música hueca. Cantos de trino. Amasijo de puñetas y cebollas. Guardaba los pétalos de plástico. Las fechas invisibles del misterio. Los cumplemeses y la cuarentena. Se pertrechaba en una almohadilla y era capaz de asomarse sin ser vista y sonreía ante el diezmo de la bula.

Coleccionaba lo irreconocible.

Pernoctaba en las entrañas de peticiones y repeticiones. Echoes.

Contorsionaba con los sentimientos y creía ser cuando no estaba. Era, sorda. Estaba, ciega.

Alistaba besos aleatorios, abrazos de hormigas y arreones de jumentos. De cualesquiera que mercadeara con sus metas. Convirtió lo hermoso en pusilánime y lo sagrado en indigno.

Indigna de sí misma. Se traicionaba una y otra vez y jugaba con los espejos a no encontrar jamás aquella niña que dentro de sí se perdió donde Fauno canta nanas de saldo. Dos por uno. Tres por dos.

Había entramado un papel para su entorno. Un esquivo y acuciante rastro. Un relicario de los cantos de un duro. Una filigrana coraza, máscara de los vampiros del alma.

Laia aquella noche, la última, ya dejaría de ser lo que no quería ser.

Como ésta. Como cientos de ellas. De las de antes y de las que vendrán.

Ya no quería llamarse Laia. Ni estar con Hermes. Ni en los aquelarres. Ni en los festines de los monos. Ni en el rictus de la apariencia, ni en la grasa de la codicia.

Ella seguía acudiendo a las fiestas de Bogart's y hacia yogurt con el hastío.

Cuajada dimisulada.

Y picoteando donde Maquiavelo saca punta y corchos, al fin.

Desde esta noche se llamaría Penélope.

Cerró la luz de su buhardilla.

Corrió las cortinas caladas.

Ya no volvería a ver su rostro.

Tampoco lo añoraba.

Un jamás en los jamases.

Se había difuminado en la ausencia del olvido.

En la oscuridad de la luz.

En la trituradora del cortauñas.

En los potes de rastrillo y en los zapatos de un underground.

Comprendí tras áquel brusco y forzado gesto, que la función había finiquitado lo que quedó de vida en el recuerdo.

Y desde ese momento todo fue perdiéndose en la gula de la desmemoria.

Ha pasado un más que largo año desde que aquella ventana cerrara su función.

Ahora solo es un motel de carretera comarcal olvidada y perdida.

Un recuerdo sin marco.

Una foto de color sepia.

Una sinrazón que de espiral tuvo lo que el tirabuzón de caracol.

Nada.








Once in a blue moon o de higos a brevas.

Descubrí con ella la mortadela.

Y tras áquel ventanuco.

El pan.

Negro, duro y piedras.

Ahora...

Si lo untas se estremece y si lo tuestas se resquebraja. Natural: incomible.

Pasaron dos veranos.

Y la sal está más dulce.

El sol más luna que nunca.

La verdad más extraña que de costumbre.

El amor más dentro de lo que pudiera imaginar.

La salud terca y la alegría en cinta.

Aunque lo mejor es que los vasos están llenos de agua.

Ahora el Norte y el Sur, son felices.

Crecen bajo la sombra de un gran roble.

Y la cepa, inefablemente sana, firme, llena de plenitud.

Llega la vendimia.

Y la vid.... vida, ya es.

Por fin con estrs brevas al gusto los higos son el fruto deseado.

Tomas su piel, los entreabres, los aromas, los besas y todo el fulgor te posee de naturalidad, realidad y alegría.

Era con nada, con casi nada.

Es todo. El todo.

Al gusto.




 






                                                                              I been down, I been defeated
                                                                       You're the message I was heeding
                                                                       Would you stay, 
                                                                       Would you stay the night? 











Peek-a-Boo. David Rabinowitz













See a Devil. David Rabinowitz

domingo, 30 de noviembre de 2014

Burdel King


Hermann Försterling



Untaba la carne picada en el adobe de El Dorado.

Hubo una época donde el carmesí era de ternilla dorada y sus alas quebrantahuesos, sus vuelos cortos, rasos, mordidos por el apego al vil... sugerían una armonía marmórea y una amabilidad pusilánime.... craso "h"error. Esa hache silla, cual cuchilla de trampas, cuchillo de dudosa moral y paupérrimos valores adolecía de unos tacones lejanos no por vertiginosos si no por sumamente pringosos, oleosos y putrefactos. Unos tacones maltrechos por todo aquello que reflejaba la ley del espejo obscuro, abisal y difuso. Profusa cárcel de gorgoritos archienrocados.

Cojeaba la silla, la paz y la gasa que supura la gran máscara falaz.

Estiró el tiempo para complacer los caprichos de la cohorte y languideció en el cementerio de su alma ya extinta, perdida, olvidada y concupiscente. Creía que el diezmo, procrea argucias, despista a Libra y amasa fortuna... y adobando carne picada, sucia y corroída; loncheando besos mentirosos, jadeos trucos y entre los muslos, huesos picantes de melocotones picados por la larva del diablo, envejecía más rápido de lo que creía al malnacer de cada alba rota.

Enfermaba a la voluptuosa baba del jabón y el mercadeo. La pastilla patina, la pátina empastilla.

El rouge pasión, nervios lacados de dosel castrado, de lujuria enmohecida y morbosos alaridos. Untaba la carne como cuando se hilvana el hilo de la nube a la gota, de la lluvia al charco, del suspiro...al olvido.

Y las muecas, la postura y el reflejo un cuarto de libra vespertina, rehogada de el aceite de la vida: aquella que licua el aire en gas... y almibara la verdadera vocación de la carnicera del alma, tramposa y embustera judía negra... ¿O era pan....? ¿U oveja...?

Untaba la carne picada en el alféizar, para que el frío friera almanaques de recuerdos furtivos y la luz dormitara como la duermevela trasiega para olvidar el sueño y conciliar la traición que el cuchillo ofende a la razón del corazón. Una rebanada al gusto. O un perrito ardiente, que la luna es mostaza y el vinagre el dulce merengue de la angostura.

Costuras: escondo el rosa para que el negro prevalezca. Rasuro: el vello, para que lo bello se pudra. Cronopios rayuelos y rayos de Cronos.

Dijon no es mostaza, es un filón.

Untaba y malvendía "All the young dudes", perjuraba cariño malcriado y de espaldas a la realidad de la verdad y la dignidad franqueó lo que las franquicias subastan en un concierto de Kustorica. Rien de rien. Poisson ? Poison ? Sea of Love de Cat, y el poder de las palabras que se levantan las faldas para que les compren las vergüenzas. Sin.

Untaba al defecar lo que vendía a bulto. A orzuelo de buen cubero. Y como una maquilladora de sentimientos y consentimientos convirtió todo lo que tocaba en las Ruinas de la reina de Salomón. Sodoma de luxe y Gomorra cándida's suite. Ardores en la nuca, picores en el vientre, olas huérfanas y mariposas decaídas. Vientos del Sur, que el norte te exilia de la veleta caprichosa y artificiosa.

Y así, mientras olvidaba la delgada línea azul, degeneraba en el agasaje comercial, conceptual... ese cúmulo nimbus que encharca lo que se quiere escuchar y no lo que se escucha de verdad.

Y es que el corazón opíparo y untado se engaña a diestro y siniestro.

La Untadora, convirtió su hogar en un burdel, su vida en una jaula y sus manos en una acuarela carnicera. Su alma enjoyada de humo y su fortuna, un felpudo de oropeles. El viento siempre se lleva esas huellas y los pasos pernoctan donde menos uno lo intuye... Armarios repletos de carne picada. Sus ojos adobados de bilis y su humildad antaña en un prurito (picazón, vamos...) en la palma de su descarnada existencia.

Una verdadera lástima, pero la vida, chica lista donde las haya, bien sabe que el delantal cuando el conticinio nos vela y abraza nos enreda en áquel monte perdido e íntimo, allá donde nos llevan los sueños y traen el gran perdón: a nosotros mismos. Mientras llega ese momentum la carne roja pierde epiteliales espirituales y sentimientos irrecuperables. Carne de plástico, postiza, ponzoña de tres al cuarto. Picadillo de entereza. Magro pésame.

Epitafio:

"Cuando la carne suena, carnes llegan."





 



El otro día una buena y leal amiga me comentaba que bajó la persiana de otro clasisita Burdel King.

Es filóloga y profesora de literatura. Es abundante en sus carnes, muy abundante. Tremendamente entrada y generosa. Es preciosa, parece finesa, noruega, eslava...y es una badalonesa de pura cepa.

Domina mejor las manos de la lengua y las nalgas de la sonrisa, que las Salinas de Pedro. Y mientras paseábamos por el monte de los gatos y Tiana, esa arista que presume de vistas, nos perdimos en la enredadera de aquellas callejuelas tan estiradas y opulentas. Que todos los burgueses, o casi todos, obvian: el silente crujir de las esquinas y las penumbras de los portales. Craso error. No hay mejor escondite que descender por la enredadera y arremolinarse ante la extraña y difusa semejanza de la aparicencia... ¿Me entiendes...?

Diluviaba. Parecía que Noé quería construir una hoja de muérdago y albahaca. Sibilino y cabrón.

Y los animales, ergo, nosotros mismos, despreciábamos subir a ese vaporeto que inunda los canales...de la comunciación, pues bien, en áquel enclave supino, mágico, discernimos sobre otro tipo de carnicería.

Se trata de una carnicería, de un tipo de entramado público, notorio, establecido: los dobles juegos, la infidelidad, la deslealtad, la traición, la apariencia, el consentimiento y el aguante histriónico del que dirán, ante lo que uno verdaderamente siente y desea y el no llevarlo acabo por miedo al institucionalizado: toca lo que toca. O virgencita que me quede como esté. Demoníacos y endemoniados trucos del alma.

Pues bien, Eslava aseveró que el verdadero poder, la jerarquía mental , el mi conciencia está tranquila por que hago lo que debo no mengua, ni mediatiza ni impulsos, ni deseos, ni fantasías. Que asumir con dignidad devota que todo nace, crece y muere es el eslabón perdido para el engranaje perfecto de una vida más feliz, tranquila y en paz. Que si bien, las costumbres, la rutina y el hartazgo soslayan los cimientos de aquello que institucionalmente llaman, pareja, matrimonio o acordeón; equilibrio y armonía de una vida "culturalmente" idílica existe una rémora, una muesca, una tremenda línea divisioria: Corazón/Razón.

La conferencia de ideas, el intercambio de pepinillos y cebolletas, de silogismos y silencios, adornó agridulcemente áquel ídilico contorno que difuminaba lo que sucedía por dentro y lo que retaba tras el campo de la carnal batalla.

Conclusión, a vuelo pluma: Haz siempre lo que te diga el corazón, y di siempre lo que te haga la razón. Asumirás perfectamente ser un/una Gran Cabrón. O un discípulo intransigente de Escipión.

El brete está ahí:

Sólo hay que asumir y llevar a cabo lo que sentimos de corazón y olvidar el por qué de las consecuencias. ¿O es al revés...? Quizás lo más auténtico es frágil y débil, o por contra, más bien, es sumamente férreo y sostenido. Como el Do de pecho. El de plexo vertiginoso y pentagrama uncido en látex seminal. Néctares rocambolescos.

Excusadme por el manifiesto, largo y dual, casi parlanchín y hormigueante, pero en éste alba de altas horas y bajos biorritmos, el desvelo es como un locuaz y tartaja lorito de picos pardos.

Tras muchas lentas lunas... por fin he superado el síndrome de Estocolmo.

Enderrocaron el último Burdel King que conocía.

Y a los demás, miel sobre hojuelas. Que el tiempo es ese caballero bien señoreado que siempre va en la lengua y siempre va mojado.... ¿Era así....?... ¿O quizás...no sé... ya no recuerdo?

Como diría la última carnicera con la que comí sushi:

"Cuando la carne suena, carnes llegan".

Lapidario.

Y sabroso. Natural. Puro. Lechal.

Prefiero comer una pizca de carne magra al aire libre, que un cuento de abolengo en el Burdel King.






domingo, 8 de abril de 2012

Cuento azul


«Los mercaderes procedentes de Europa estaban sentados en el puente, de cara a la mar azul, en la sombra color índigo de las velas remendadas de retazos grises. El sol cambiaba constantemente de lugar entre los cordajes y, con el balanceo del barco, parecía estar saltando como una pelota que rebotara por encima de una red de mallas muy abiertas. El navío tenía que virar continuamente para evitar los escollos; el piloto, atento a la maniobra, se acariciaba el mentón azulado.
Al crepúsculo, los mercaderes desembarcaron en una orilla embaldosada de mármol blanco; vetas azuladas surcaban la superficie de las grandes losas que antaño fueran revestimiento de templos. La sombra que cada uno de los mercaderes arrastraba tras de sí por la calzada, al caminar en el sentido del ocaso, era más alargada, más estrecha y no tan oscura como en pleno mediodía; su tonalidad, de un azul muy pálido, recordaba a la de las ojeras que se extienden por debajo de los párpados de una enferma. En las blancas cúpulas de las mezquitas espejeaban inscripciones azules, cual tatuajes en un seno delicado; de vez en cuando, una turquesa se desprendía por su propio peso del artesonado y caía con un ruido sordo sobre las alfombras de un azul muelle y descolorido.
Se levantó la luna y emprendió una danza errática, como un espíritu endiablado, entre las tumbas cónicas del cementerio. El cielo era azul, semejante a la cola de escamas de una sirena, y el mercader griego encontraba en las montañas desnudas que bordeaban el horizonte un parecido con las grupas azules y rasas de los centauros.
Todas las estrellas concentraban su fulgor en el interior del palacio de las mujeres. Los mercaderes penetraron en el patio de honor para resguardarse del viento y del mar, pero las mujeres, asustadas, se negaban a recibirlos y ellos se desollaron en vano las manos a fuerza de llamar a las puertas de acero, relucientes como la hoja de un sable.
Tan intenso era el frío, que el mercader holandés perdió los cinco dedos de su pie izquierdo; al mercader italiano le amputó los dedos de la mano derecha una tortuga que él había tomado, en la oscuridad, por un simple cabujón de lapislázuli. Por fin, un negrazo salió del palacio llorando y les explicó que, noche tras noche, las damas rechazaban su amor por no tener la piel suficientemente oscura. El mercader griego supo congraciarse con el negro merced al regalo de un talismán hecho de sangre seca y de tierra de cementerio, así es que el nubio los introdujo
en una gran sala color ultramar y recomendó a las mujeres que no hablaran demasiado alto para que no despertaran los camellos en su establo y no se alterasen las serpientes que chupan la leche del claro de luna.
Los mercaderes abrieron sus cofres ante los ojos ávidos de las esclavas, en medio de olorosos humos azules, pero ninguna de las damas respondió a sus preguntas y las princesas no aceptaron sus regalos. En una sala revestida de dorados, una china ataviada con un traje anaranjado los tachó de impostores, pues las sortijas que le ofrecían se volvían invisibles al contacto de su piel amarilla. Ninguno advirtió la presencia de una mujer vestida de negro, sentada en el fondo de un corredor, y como le pisaran sin darse cuenta los pliegues de su falda, ella los maldijo invocando al cielo azul en la lengua de los tártaros, invocando al sol en la lengua turca, e invocando a la arena en la lengua del desierto. En una sala tapizada de telas de araña, los mercaderes no obtuvieron respuesta de otra mujer, vestida de gris, que sin cesar se palpaba para estar segura de que existía; en la siguiente sala, color grana, los mercaderes huyeron a la vista de una mujer vestida de rojo que se desangraba por una ancha herida abierta en el pecho, aunque ella parecía no darse cuenta, ya que su vestido no estaba ni siquiera manchado.
Pudieron al cabo refugiarse en el ala donde estaban las cocinas y allí deliberaron acerca del mejor medio para llegar hasta la caverna de los zafiros. Constantemente los molestaba el trajín de los aguadores, y un perro sarnoso fue a lamer el muñón azul del mercader italiano, el que había perdido los dedos. Al fin, vieron aparecer por la escalera de la bodega a una joven esclava que llevaba hielo granizado en un ataifor de cristal turbio; lo depositó sin mirar dónde, sobre una columna de aire, para dejarse las manos libres y poder saludar, levantándolas hasta la frente, donde llevaba tatuada la estrella de los magos. Sus cabellos azul-negros fluían desde las sienes hasta los hombros; sus ojos claros miraban el mundo a través de dos lágrimas; y su boca no era sino una herida azul. Su vestido color lavanda, de fina tela desteñida por hartos lavados, estaba desgarrado en las rodillas, pues la joven tenía por costumbre prosternarse para rezar y lo hacía constantemente.
Poco importaba que no comprendiera la lengua de los mercaderes, pues era sordomuda; así, se limitó a asentir gravemente con la cabeza cuando ellos inquirieron cómo ir hasta el tesoro mostrándole en un espejo sus ojos color de gema y señalando luego la huella de sus pasos en el polvo del corredor. El mercader griego le ofreció sus talismanes: la niña los rechazó como lo hubiera hecho una mujer dichosa, pero con la sonrisa amarga de una mujer desesperada; el mercader holandés le tendió un saco lleno de joyas, pero ella hizo una reverencia desplegando con las manos el pobre vestido todo roto, y no les fue posible adivinar si es que se juzgaba demasiado indigente o demasiado rica para tales esplendores.
Luego, con una brizna de hierba levantó el picaporte de la puerta y se encontraron en un patio redondo como el interior de un pozal, lleno hasta los bordes de la fría luz matinal. La joven se sirvió de su dedo meñique para abrir la segunda puerta que daba a la llanura y, uno tras otro, se encaminaron hacia el interior de la isla por un camino bordeado de matas de aloe. Las sombras de los mercaderes iban pegadas a sus talones, cual siete víboras pequeñas y negras, en tanto que la muchacha estaba desprovista de toda sombra, lo que les dio que pensar si no sería un fantasma.
Las colinas, azules a distancia, se volvían negras, pardas o grises a medida que se aproximaban; sin embargo, el mercader de la Turena no perdía el valor y para darse ánimos cantaba canciones de su tierra francesa. El mercader castellano recibió por dos veces la picadura de un escorpión y sus piernas se hincharon hasta las rodillas y cobraron un color de berenjena madura, pero no parecía sentir dolor alguno e incluso caminaba con un paso más seguro y más solemne que los otros, como si estuviera sostenido por dos gruesos pilares de basalto azul. El mercader irlandés lloraba viendo cómo gotas de sangre pálida perlaban los talones de la muchacha, que andaba descalza sobre cascos de porcelana y de vidrios rotos.
Cuando llegaron al sitio, tuvieron que arrastrarse de rodillas para entrar a la caverna, que no abría al mundo más que una boca angosta y agrietada. La gruta era, sin embargo, más espaciosa de lo que hubiera podido esperarse y, así que sus ojos hubieron hecho buenas migas con las tinieblas, descubrieron por doquier fragmentos de cielo entre las fisuras de la roca. Un lago muy puro ocupaba el centro del subterráneo, y cuando el mercader italiano lanzó una guija para calcular la profundidad, no se la oyó caer, pero se formaron pompas en la superficie, como si una sirena bruscamente despertada hubiera expelido todo el aire que llenaba sus pulmones. El mercader griego empapó sus manos ávidas en aquella agua y las sacó teñidas hasta las muñecas, como si se tratara de la tina hirviendo de un tintorero; mas no logró apoderarse de los zafiros que bogaban, cual flotillas de nautilos, por aquellas aguas más densas que las de los mares. Entonces, la joven deshizo sus largas trenzas y sumergió los cabellos en el lago: los zafiros se prendieron en ellos como en las mallas sedosas de una oscura red. Llamó primero al mercader holandés, que se metió las piedras preciosas en las calzas; luego, al mercader francés, que se llenó el chapeo de zafiros; el mercader griego atiborró un odre que llevaba al hombro, en tanto que el mercader castellano, arrancándose los sudados guantes de cuero, los llenó y se los puso colgados al cuello, de tal suerte que parecía llevar dos manos cortadas. Cuando le llegó el turno al mercader irlandés, ya no quedaban zafiros en el lago; la joven esclava se quitó un colgante de abalorios que llevaba y por señas le ordenó que se lo pusiera sobre el corazón.
Salieron arrastrándose de la caverna y la muchacha pidió al mercader irlandés que la ayudara a rodar una gruesa piedra para cerrar la entrada. Luego, colocó un precinto confeccionado con un poco de arcilla y una hebra de sus cabellos.
El camino se les hizo más largo que a la ida por la mañana. El mercader castellano, que empezaba a sufrir a causa de sus piernas emponzoñadas, se tambaleaba y blasfemaba invocando
el nombre de la madre de Dios. El mercader holandés, que estaba hambriento, trató de arrancar las azules brevas maduras de una higuera, pero un enjambre de abejas ocultas en la espesura almibarada le picaron profundamente en la garganta y en las manos.
Llegados al pie de las murallas, el grupo dio un rodeo para evitar a los centinelas y se dirigieron sin hacer ruido hacia el puerto de los pescadores de sirenas, que estaba siempre desierto, pues hacía largo tiempo que no se pescaban ya sirenas en aquel país. La barca flotaba blandamente en el agua, amarrada al dedo de un pie de bronce, único resto de una estatua colosal erigida antaño en honor a un dios del que ya nadie recordaba el nombre. En el muelle, la esclava sordomuda hizo intención de despedirse de los hombres, saludándoles con las manos puestas en el corazón; entonces, el mercader griego la tomó por las muñecas y la arrastró hasta el barco, movido por el propósito de venderla al príncipe veneciano del Negroponto, de quien se sabía que le gustaban las mujeres heridas o afectadas de alguna invalidez. La doncella se dejó llevar sin oponer resistencia y sus lágrimas, al caer sobre las maderas del puente, se transformaban en bellas aguamarinas, así es que sus verdugos se las ingeniaron para darle motivos que la hicieran llorar.
La dejaron desnuda y la ataron al palo mayor; su cuerpo era tan blanco que servía de fanal al barco en aquella noche clara navegando entre las islas. Cuando hubieron terminado su partida de palillos, los mercaderes bajaron a la cabina para echarse a dormir. Hacia el alba, el holandés subió al puente aguijoneado por el deseo y se acercó a la prisionera, dispuesto a violentarla. Mas he aquí que la niña había desaparecido: las ligaduras colgaban, vacías, del tronco negro del mástil, como un cinturón demasiado ancho, y en el lugar donde se habían posado sus pies suaves y delgados no quedaba otra cosa que un montoncito de hierbas aromáticas que exhalaban un humillo azul.
En los días que siguieron reinó una calma chicha, y los rayos del sol, que caían a plomo sobre la lisa superficie color de algas, producían un chirrido de hierro candente sumergido en agua fría. Las piernas gangrenadas del mercader castellano se habían puesto azules como las montañas que se columbraban en el horizonte y purulentos regueros se deslizaban desde las tablas del puente hasta el mar. Cuando el sufrimiento se hizo intolerable, el hombre sacó del cinturón una ancha daga triangular y se cercenó a la altura de los muslos las dos piernas envenenadas.
Murió agotado al despuntar la aurora, después de haber legado sus zafiros al mercader suizo, que era su enemigo mortal.
Al cabo de una semana recalaron en Esmirna y el mercader de Turena, que siempre había temido al mar, optó por desembarcar, con intención de continuar su viaje a lomos de una buena
mula. Un banquero armenio le cambió los zafiros por diez mil monedas con la efigie del Preste Juan. Eran piezas perfectamente redondas y el francés cargó alegremente con ellas hasta trece mulos; pero, así que llegó a Angers, tras siete años de viaje, se encontró con la sorpresa de que las monedas del monarcapreste no tenían curso en su país.
En Ragusa, el mercader holandés trocó sus zafiros por una jarra de cerveza servida en el mismo muelle, pero tuvo que escupir aquel insulso líquido aventado que no tenía el mismo gusto que la cerveza de las tabernas de Ámsterdam. El mercader italiano desembarcó en Venecia con el propósito de hacerse proclamar Dogo, mas pereció asesinado al día siguiente de sus nupcias
con la laguna. En cuanto al mercader griego, se le ocurrió atar los zafiros a un cabo largo y suspenderlos en el costado de la barca, esperando que el contacto con las olas fuera benéfico para su hermoso color azul. Al mojarse, las gemas se volvieron líquidas y apenas si añadieron al tesoro del mar unas pocas gotas de agua transparente. El hombre se consoló pescando peces y asándolos al rescoldo de la ceniza.







Un atardecer, al cabo de veintisiete días de navegación, el barco fue atacado por un corsario. El mercader de Basilea se tragó sus zafiros para sustraerlos a la avaricia de los piratas y murió de atroces dolores de entrañas. El griego se echó al mar y fue recogido por un delfín, que lo condujo hasta Tinos. El irlandés, molido a golpes, fue dejado por muerto en la barca, entre los cadáveres y los sacos vacíos; nadie se tomó la molestia de quitarle el colgante de falsas piedras azules, que no tenía ningún valor. Treinta días más tarde, la barca a la deriva entró por sí misma en el puerto de Dublín y el irlandés echó pie a tierra para mendigar un pedazo de pan.
Estaba lloviendo. Los tejados oblicuos de las casas bajas sugerían grandes espejos destinados a captar los espectros de la luz muerta. La calzada desigual se encharcaba más y más; el cielo, de un parduzco sucio, parecía tan cenagoso que ni los ángeles se hubieran atrevido a salir de la casa de Dios; las calles estaban desiertas; el puesto de un mercero ambulante, que vendía calcetines de lana cruda y cordones para los zapatos, se veía abandonado al borde de una acera debajo de un paraguas abierto. Los reyes y los obispos esculpidos en el pórtico de la catedral no hacían nada para impedir que cayera la lluvia sobre sus coronas o sus mitras, y la Magdalena recibía el agua en sus senos desnudos.
El mercader, todo desalentado, fue a sentarse bajo el pórtico junto a una joven mendiga, tan pobre que su cuerpo, azulenco de frío, se veía a través de los desgarrones de su vestido gris. Sus rodillas se entrechocaban ligeramente; sus dedos cubiertos de sabañones apretaban un mendrugo de pan. El mercader le pidió por el amor de Dios que se lo diera, y ella se lo tendió en el acto. El mercader hubiera querido regalarle el colgante de abalorios azules, puesto que no tenía ninguna otra cosa que ofrecer; mas en vano buscó en sus bolsillos, alrededor de su cuello, entre las cuentas de su rosario. No hallándolo, se echó a llorar desconsolado: no poseía ya nada que pudiera recordarle el color del cielo y la tonalidad del mar en donde había estado a punto de perecer.
Suspiró profundamente y, como el crepúsculo y la fría niebla se espesaban en derredor, la muchachita se apretujó contra él para darle calor. El hombre le hizo preguntas acerca del país y ella le contestó en el tosco dialecto del pueblo que dejara antaño, siendo aún muy chico. Entonces, apartó los cabellos desgreñados que cubrían el rostro de la mendiga, pero tan sucio estaba que la lluvia iba trazando en él regueritos blancos, y el mercader descubrió horrorizado que la niña era ciega y que una siniestra nube velaba el ojo izquierdo. No dejó por ello, sin embargo, de posar su cabeza en aquellas rodillas mal cubiertas de harapos y se durmió sosegado: el ojo derecho, que había visto privado de mirada, era milagrosamente azul».