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| Drew Bayless |
Alicia había partido la pera en dos.
Peinaba sus mechones tras las orejas, y el néctar lamía sus sienes. Sus muñecas convulsas, temblorosas, apaciguadas...cosquilleaban a sus lóbulos.
Viscoso, grumoso, denso.. los néctares se amalgamaban.
Su nuca estaba pegajosa, su espalda afrutada, blanquecina, pringosa. Sus nalgas a flor de piel, sudadas, fatigadas. Plegadas al conticinio.
Los dedos empalagosos, las uñas cortas a ras de yemas. Muy cortas. Rasgadas y como la palma de la mano, bocarriba.
El almíbar sobre el almohadón. Sin cuchillo. A pelo. Descarnadamente. Como dos cascarones pasados por aguacarnal. La sonrisa de su mirada alumbraba los restos de aquella noche mordida.
El vaho. El exceso de excesos. Vaho. Vahído.
La sábana calada. El frutero en el suelo. Bocabajo. Las persinas, cuadros. Y las cortinas, pinturas al óleo. Los vasos, madera que arde. Las lámparas, atril. La cama desnuda, más desnuda que nunca. Los cojines desplumados y las ropas, alfombras. La prenda de la dote. La dote, prendas. Sin techo alguno.. tan sólo el reflejo de las miradas. A cielo abierto. Cópula astral.
Olía a diezmo.
Olía más que a diezmo, a hermandad, a vientres lechosos. A ambrosía fundida, salpicada, uncida, azuzada, vertida.
El perfume sacro de la mejor batalla. La que ni vence ni se deja vencer. La compartida y aunada. La tórrida bacanal que la paredcabezal atestigua.
Alicia, jugaba con los trozos de pera mordida. La posaba en su mentón, y con su víbora lengua se pintaba los labios. Mordía sin acabar de apretar y saboreaba sin acabar de tragar. Desmenuzaba con su nariz cretense los perfumes que disimula el aire y convulsa la guerrhambre.
Y tan perra, encelada, entre el pulgar y el índice hacia algodones de pera...compota y mermelada de sentimientos y jadeos. Unos por dentro y otros a los cinco vientos.
...Alicia anoche me mordió un sueño. Bocabajo, el pecado parece verdad y bocarriba, mentira. Y así, mientras ella jugaba con los restos de pera, el agotamiento y el imparable abanico de abalorios... el repertorio fruncía el cansancio y se batía en duelo: ¿Qué es más sano y más gustoso.....? ¿Lavar la fruta... o pelarla....?
Aquella camaoasis, aquel barco de náufragos encontrándose entre dos aguas de nadie resultaba y era por sí sola la respuesta.
No le preguntes al tiempo, si corre o vuela.
No le digas, Alicia, a la pera... si mordida... sabe mejor que pelada o lavada.
Peras al vino. Dulces. A la leche. A la sangre. A la vida.
Mondar caricias sin morder el polvo...

