Los cuatro puntos cardinales son tres: el Norte y el Sur.

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viernes, 15 de marzo de 2013

La enfermedad del dolor

Fotografía: Hans Peters





Huella

Comienza a lastimarme
por favor
hazme
cortes exactos con tu gillete

Yo
No
Quiero

una vida sin cicatrices
 Soy un parásito obligado a vivir afuera tuyo


Y ahora que estoy vacía
ahora que es imposible sostenerme
y mantenerme latiente y respirante

tú te llevas todo mi contorno



Vacío de piernas
Al final

una termina

masturbándose

con un pedazo de espejo



se rompe

se sangra
Prescripción

Morir. Comenzar a estar fuera en vez de dentro. Cansada de todo el cansancio posible o toda la sobra del tiempo. Dibujar el sentimiento del dolor porque después de tanto tiempo, uno ya no siente y cree que las cosas siempre fueron así, pero de repente se sabe. Se duerme. Mi cama está llena de los restos de mi cuerpo. Caminante sin ningún espejo que sea capaz de conservar el más mínimo vestigio de recuerdo. Mi estómago se está saliendo y el calor me derrite todo tipo de amor. Yo no.


 Estómago I

A mi estómago lo cubren
todos los tipos de dolor

(el dolor es un tipo de piso)

Yo
los conozco
y sé
cuando alguien camina
sin zapatos
adentro de mi estómago

 Estómago II

Yo soy

un estómago despellejado
dividido
y olvidado

Apenas sostenido por una piel antigua
que nunca termina de morir


Mi pequeño amor muerto:

No vuelvas
a reencarnarte en otros cuerpos

 Enfermedad de la tristeza
Nada más terrible que el silencio

Déjame gritar hasta arrancarme las partes
y no tener que sentir nada nuevo

Tengo la garganta convertida en un ojo
que llora todo el día

Post- operatorio: la casa de las agujas

En esta caverna de huesos
acostumbro meter mis manos
a cualquier boca huérfano de dientes
caminando sin mis piernas
respirando pelo y roce de sábana mojada

ser mi propia amante

colar las palabras
que boto junto a los desperdicios de las uñas

En ésta

mi casa de agujas

con rejas en forma de zapatos
de platillas
de polietileno

el cordón de simetría me escupe en la cara
y quema en mi piel
mi título de dueña condenada a pedazo
a metamorfosis eterna
a parásito ignorante
del cuerpo que habita


                                                                                                                                                     Asfixia

                                                                                    No puedo respirar
                 y me pongo al revés para que las lágrimas me caigan por la frente

                                                                                          Abro los ojos
                                                       hasta que se me convierten en grietas
                                                          y la lengua se acuesta en el paladar

                                                                                    No puedo respirar

                                                                          y tus manos en mi cuello
                                                                                       ya no funcionan


Alejandra González






lunes, 21 de enero de 2013

Amistad profana


Fotografía: Philip Brown




No amo lo suficiente a Onni, pero sí lo bastante como amarme a mí mismo en el reflejo de sus sentimientos...., por un rato al menos.

¿Y por qué no un poco de sexo ahora, para borrar la caprichosa ventolera de las chicas..., y demostrarnos nuestra fortaleza y libertad? Ahora...., al terminar el día... Estamos dando vueltas por el Sestiere Santa Croce. Una sombra de dolor, un dolor residual y constante, traspasa la noche, ¿no? Podemos alcanzar un grado satisfactorio de insensibilidad, pero el dolor reaparecerá. Y durante un rato, durante un poco más, volveremos a experimentarlo.

Vagamente, como animándome, Onni dice:

-¡Sigamos, sigamos, sigamos un poco.....!

Vuelve hacia mí su rostro; no necesita sonreír para mostrar afecto. En el Campo San Polo, entre las farolas y los cafés, me pasa el brazo por los hombros mientras caminamos. Esa cosa hostil que es el amor, la infelicidad misteriosamente inconsciente que entierra...., ¿qué sentido tiene? Soy, en conjunto, el menos desdichado, el más flacucho de los dos, el que no para de reír en la noche. Y él se ríe también, arrastrado por mi extravagancia. Ya entonces comprendí que la escena tenía una belleza tal, que habría sido necio abusar o hablar de ella demasiado a menudo.

Onni, se siente intrigado por mí, y la fuerza de su muda pregunta se estrella en mí. Su deseo sexual. Bien.... permítanme mostrarme explícito, explicarlo sin rodeos.... Yo no tengo ningún deseo de que nadie me adore, se burle o se ría de mí, o me haga objeto de un afán de venganza o justicia. Sólo en media docena de ocasiones, tal vez, pude sufrir que me tocara o accedí a representar simplemente un papel en los dramas sexuales de otros: de una chica, de una mujer.... Necesito también que sea mi propio dama sexual... ¿Comprenden lo que quiero decir? Soy bastante torpe.

Como ahora, por ejemplo. Estamos en una calle mal iluminada... me desabrocha el pantalón y tira hacia abajo de mis calzoncillos. La cosa me aburre, pero le sigo la corriente.... En realidad estoy mejor dotado sexualmente que él, que en gran parte sólo está embromándome, fingiendo forzar mi desgana y aprovechándose, por supuesto, de mi susceptibilidad al halago. Todo esto me agrada, y tiene su belleza. Pero lo rechazo diciendo:

-¡ No seas estúpido !

-Muy bien -responde-. Pues lo dejamos...., si quieres.

Pero no lo deja. Y al instante siguiente estamos masturbándonos simplemente los dos.... En cierto modo, confuso, lo he querido yo.

Se hace una paja y eyacula enseguida. Salvo un brevísimo instante en que pierde el mundo de vista, no deja de mirarme mientras se corre. Y eso es algo muy especial: sentir como lo anega la oleada de placer y sigue atento a mí, a pesar de todo. Tiene mucho mérito. Pero no me agrada recordar todas las idas y venidas de los sentimientos y la leve amargura que deja en mí su tramposo dominio..., y la sensación de aislamiento.... Eran demasiadas emociones.....y, aun así, insuficientes. Ver que la simple idea de dos amigos, o del amante y el amado, se vierte en personajes reales, en nostros, me parte el corazón y me sorprende y me hace reír amargamente, al tiempo que exalta a mi ego.... hasta el punto de que, en la confusión que todo aquello me produce, ni siquiera soy capaz de pensar.

Siento, sí, una cierta vergüenza, pero que no cala profundamente en mí. El acto, en su realidad física, era de una complejidad grotesca. Onni no sabía hacer las cosas de una forma simple. No se movía por un impulso físico determinante, y mi tedio no es tan grande que pueda complacerme mostrándose tan sofisticado. Por eso no quería que él se masturbara, me sedujera o hiciera conmigo cualquier otra cosa. En mi interior me refrenaba, gritándome a mí mismo: "¡ No !"

Pero aguanto, no insisto. No me hago el puritano...., ni pierdo el control... No lo rechazo. Mi confusión y la subsiguiente resistencia física, y luego pscicológica -o la agitación que suscita en mí-, lo provocan y lo animan.... Desconozco sus deseos íntimos, aunque supongo que puedo adivinarlos.

Y entonces mueve con rapidez sus manos; una para agarrar mi polla mientras se endurece, en tanto que con la otra me alisa el pelo por encima de la oreja. Ante los dos se abre un corredor de posibilidades, lleno de puertas que dan acceso a una transgresión mutua que es nueva para mí, pero no para él: celos, dádivas, chantajes presionando en nuestras respectivas miradas.... ¡Yo no quiero eso! La resonante y hueca caracola marina..., esa especie de absurdo teléfono que promete la sabiduría de un sexo más real, en el que puede oírse un rumor de esferas en conjunción con la aguda vibración luminosa de las partículas más diminutas del yo.... El mundo que se precipita y gira en cada metamorfosis... Yo soy esa caracola... Tengo poder, y carezco de todo poder... No me fío de su generosidad tanto como para mostrar otra actitud distinta de una impavidez íntima, cansada....

Ni soy lo bastante fuerte o cruel como para darle un bofetón... o alardear.... Creo saber como puedo hacerle sentir un amor más fuerte, más desdichado, que lo aprisione más. Pero no es un deseo prioritario en mí, ni una ensoñación que me ilusione.... Soy joven y curioso, sin más... y estoy de pie sobre mis dos piernas junto al muro sin ventanas de esta concreta calle, sintiendo un ligero temblor en mi cuerpo como si estuviera aquejado de una curiosa calentura sexual.... Me retraigo.

En el acto, titutebeo cuando estoy a punto de correrme. Mis piernas se ponen rígidas, tiemblan y se envaran aun más. Tengo los ojos muy abiertos, perversamente despiertos a la noche: puedo ver los gránulos de oscuridad, ver mi temor, ver entre las sombras de mi resistencia. Mi retraimiento al amor. Se a agudizado mi oído. No estoy totalmente inmerso en el acto: estoy en el mundo, puedo oír los murmullos del aire.

Y entonces me sobresalta un ligero desmayo, me sobresalta mi debilidad; me he dejado ganar por el acto.... , me he dejado vencer por el acto momentáneamente.

Pero me sobrepongo y exagero mi orgasmo para que él pueda verlo, sentirlo.... Satisfago su deseo de ver y de saber. Puedo aceptarlo, puedo darle pábulo. Permitirle que observe ese instante mío en que todos los músculos se relajan. El jamás aparece tan vulnerable, tan vacío, tan ausente.... ni siquiera cuando está dormido.

Onni, es valioso, útil para el mundo, pero no tiene el don de la felicidad, mi pulso acelerado, o mi alma, bate con fuerza, brinca, se desploma en el instante en que se produce una especie de desbordamiento urinoso blanquecino y caliente.

Exclamo mientras me corro:

-¡Esto sí es una meada de macho!



Amistad profana. Harold Brodkey.





jueves, 17 de enero de 2013

Abrelatas Waits.... las sardinas caminan.






– La razón por la que los teatros no hacen espectáculos los lunes por la noche es porque los lunes por la noche eran la noche de la Horca, y nadie podía competir con la noche de la Horca. Hasta hoy, los teatros permanecen a oscuras los lunes. 

– Pueden pasar muchas cosas en el viaje cuando algo tiene que descender todo el trayecto desde tu cerebelo hasta tus dedos. A veces escucho discos, mi propio material, y pienso, Dios, la idea original para esto era mucho mejor que la mutación a la que hemos llegado. Lo que procuro actualmente es captar lo que surge y mantenerlo vivo. Es como acarrear agua con las manos. Quiero conservarlo todo, y a veces cuando llegas al estudio ya no queda nada. 


– Al cabo de un tiempo, la música con muchos instrumentos de cuerda suena como Perry Como. Esa es la razón por la que ya no trabajo demasiado con el piano. Es como la escuela. Quieres verla en llamas. 
– Cuando las leyes que gobiernan tu locura privada se aplican a la rutina diaria de vivir, tu vida puede coagularse y colisionar. 


– Mi esposa ha sido genial. He aprendido mucho de ella. Es católica irlandesa. Tiene todo el oscuro bosque viviendo en su interior. Me empuja a lugares a los que yo no iría. ¿Y los niños? Creativamente, son asombrosos. El modo en que dibujan, ¿sabes? Se salen de la hoja de papel y siguen dibujando por las paredes. Desearías ser tan abierto. 


– Desde pequeño pensé que los mendigos y los vagabundos, la gente que vivía al raso, sabían algo más, o algo distinto. Estaba convencido de que los que no tienen nada lo tienen todo. Ya sé que esto no es verdad a la fuerza, pero me lo creí e intenté vivir durante mucho tiempo con muy poca cosa. Un sitio abierto y un corazón abierto: eso me pareció importante. 


– El hecho de que tú no pesques nada no significa que no haya peces ahí afuera. 


– Mi esposa y yo leemos el periódico y recortamos cientos de artículos, y entonces leemos el periódico de ese modo, sin todo lo demás. Es nuestro propio periódico. Hay mucho relleno en el periódico y el resto es publicidad. Si lo condensas y te quedas con las historias esenciales, como la historia sobre el pez con un solo ojo y tres colas que hallaron en el lago Michigan, renuevas totalmente tu relación con el periódico. 


– El día que recogen la basura, te das cuenta que alguien está husmeando en la tuya, sacas la cabeza por la ventana y le dices: “¿Qué demonios está haciendo?” Y entonces se va y tú empiezas a revisar tu propia basura. Empiezas a reevaluar la calidad de tu basura, preguntándote si habrás cometido algún terrible error, si habrás tirado algo que ahora va a ser esencial en tu vida. 


– Todos mezclamos verdad y ficción. Si estás atascado en un lugar de la historia, te inventas la parte que necesitas. 


– Hay una soledad común que se extiende de costa a costa. Es como una inconexa crisis de identidad común. Es la oscura, cálida, narcótica noche americana. Sólo espero llegar a palpar ese sentimiento antes de hallarme a mí mismo uno de estos días en la Calle Fácil. 


– ¿Qué será? ¿Un infarto en un baile? ¿Un huevo tragado por el conducto equivocado? ¿Una bala perdida que llega desde un conflicto a dos millas de distancia, rebota en un poste, atraviesa el parabrisas y agujerea tu frente como un diamante? ¿Quién sabe? Fíjate en Robert Mitchum. Murió mientras dormía. Eso está bastante bien para un tipo como Robert Mitchum. 


– No soy el Payaso Sonrisas. O Bono. No corto el listón en las inauguraciones de supermercados. No me pongo del lado del alcalde. Tira tu pelota en mi patio, y no volverás a verla. Tengo solamente un círculo íntimo de amigos y seres queridos; lo que se llama un círculo de confianza. 


– No vayas tan lejos en el pasado. Ahí atrás me pierdo. 


– Soy tan sólo un rumor.



Tom, dixit.



domingo, 4 de noviembre de 2012

Eve


A la niña de mis ojos. Al tercer perfume. Al hueso del melocotón.

París, capital Londres.




Andy Prokh






Eve
(Vida y mujer en hebreo, y en inglés, víspera)

                           A Mercedes, por el hilo que la une al secreto

Porque hiciste mi gesto eterno supe
que eras la muerte: porque ella sólo podía
amarme si no había
                        hombres para mí, vivos:
       sólo ella podía amarme:
                                   y supe también que tú eras
la muerte, y que me amabas.

El rostro de la Humanidad era
para mí el de nadie: como para ella,
       como para ti: eres negra y no quieres
nada de lo que vive y no sabe
hasta morir que te desea.
                                         Y vi a través de ti, cómo surgían
     y surgen cabezas de la tierra helada:
     cabezas, yelmos, corazas, espadas
     es el fruto que cosecha la tierra en este a ño
     que tanto recuerda al Último, al siguiente,
y me amaste porque yo lo veía, porque
     veía crecer ya en el huerto el fruto
monstruoso que incorporaba en sí
     todo dolor e injusticia y desastre

     y me dijiste: «He aquí mi primer hijo
     yo que nada sabía del ridículo gesto
     de nacer» y agregaste:
     «Este reirá de todo,
     y lo encenagará todo con
        el veneno de su risa mortal:
                                                       cuando no haya nadie
        que recuerde cómo se reía, este reirá»
                          Y te reíste de mí, como mi madre
al ver que yo había nacido de ella.
                                                            Tan inmenso
era el frío en las ciudades
que algunos sabían que no era locura
ni es, creer que caerán sobre mí

o seré yo el que caiga al morir sobre tu cuerpo.

           Pero en el frío crecían
seguían creciendo -la peor de las alfombras de césped
los huesos y la carne de los soldados
      que crecían sobre la tierra helada. Y me dijiste
      «ellos no tendrán miedo, porque están
      muertos, lo mismo que tú que me amas,
                                                                         a mí que soy negra
 como la vida e hice una piedra de tu gesto»
      Y los muertos brotaban sobre la tierra húmeda
      -cabezas, yelmos, corazas y espadas
      porque la Muerte se había hecho vida.

                                                                  Y pregunté
     -te pregunté entonces-: «Será mi alma buen
                                           alimento para perros?»

                                       Y contestaste: «no esperes
      que ella sirva para otra cosa: aquella
                                                                 fue creada
      y pensada lo mismo que tu cuerpo y huesos para
          nutrición de los perros finales -lo mismo
      que tu palabra. «Y ¿nada he de esperar?» «Nada»
             Y vi como espadas y corazas y yelmos
surgían sobre el campo más yermo.
             Y me olvidé.
"Narciso en el acorde último de las flautas" 1979


Leopoldo María Panero







jueves, 23 de agosto de 2012

Fresas de frases XII

Me da pena pensar que algún día querré 
ver de nuevo este espacio, tornar a este instante.

Me da pena soñarme rompiendo mis alas
contra muros que se alzan e impiden que pueda volver a encontrarme.
 
 
 
 
 José Hierro
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
¿Por qué otra cosa
dejarías caer todo aquello
que has acumulado?

Louise Glück
 
 
 
 
Fotografía: Haleh Bryan
 
 
 
 
Escucha cuán rápido me late tu corazón. 
 
Wislawa Szymborska
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Te regalaré un abismo, dijo ella.
 
Roberto Bolaño





Nuestras palabras
nos impiden hablar.
Parecía imposible.
Nuestras propias palabras.

Pedro Casariego Córdoba
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 







Berzinsh

lunes, 7 de mayo de 2012

No querer vivir mil oxígenos.



Fotografía: David Orias






 Lo que esperamos


Tardará, tardará.

Ya sé que todavía
los émbolos,
la usura,
el sudor,
las bobinas
seguirán produciendo,
al por mayor,
en serie,
iniquidad,
ayuno,
rencor,
desesperanza;
para que las lombrices con huecos portasenos,
las vacas de embajada,
los viejos paquidermos de esfínteres crinudos,
se sacien de adulterios,
de hastío,
de diamantes,
de caviar,
de remedios.

Ya sé que todavía pasarán muchos años
para que estos crustáceos
del asfalto
y la mugre
se limpien la cabeza,
se alejen de la envidia,
no idolatren la saña,
no adoren la impostura,
y abandonen su costra
de opresión,
de ceguera,
de mezquindad.
de bosta.

Pero, quizás, un día,
antes de que la tierra se canse de atraernos
y brindarnos su seno,
el cerebro les sirva para sentirse humanos,
ser hombres,
ser mujeres,
-no cajas de caudales,
ni perchas desoladas-,
someter a las ruedas,
impedir que nos maten,
comprobar que la vida se arranca y despedaza
los chalecos de fuerza de todos los sistemas;
y descubrir, de nuevo, que todas las riquezas
se encuentran en nosotros y no bajo la tierra.

Y entonces...
¡Ah!, ese día
abriremos los brazos
sin temer que el instinto nos muerda los garrones,
ni recelar de todo,
hasta de nuestra sombra;
y seremos capaces de acercarnos al pasto,
a la noche,
a los ríos,
sin rubor,
mansamente,
con las pupilas claras,
con las manos tranquilas;
y usaremos palabras sustanciosas,
auténticas;
no como esos vocablos erizados de inquina
que babean las hienas al instarnos al odio,
ni aquellos que se asfixian
en estrofas de almíbar
y fustigada clara de huevo corrompido;
sino palabras simples,
de arroyo,
de raíces,
que en vez de separarnos
nos acerquen un poco;
o mejor todavía
guardaremos silencio
para tomar el pulso a todo lo que existe
y vivir el milagro de cuanto nos rodea,
mientras alguien nos diga,
con una voz de roble,
lo que desde hace siglos
esperamos en vano.


Oliverio Girondo




lunes, 16 de abril de 2012

Una mujer desnuda


Esta noche me siento excitada. No en el sentido que se da a la palabra excitación normalmente. No. No estoy excitada desde un punto de vista sexual. En realidad siento una energía que si no saco fuera se me va a pudrir por dentro. ¡Cuántas veces me he sentido así y no he sabido que hacer coon lo que se cocía en mi interior, voilviéndome entonces, según las circunstancias, un perro rabioso o una frígida cariátide! Es curioso el tópico de que cuando una mujer reacciona desabridamente o de manera seca antes los demás eso significa que "está mal follada". Aunque es un comentario por lo común masculino, yo solía identificarme con esa opinión. Me parecía fundamental estar bien follada, y no me paraba a indagar acerca de otros motivos que pudiesen generar tanta acritud o malhumor como la falta de una vida sexual en condiciones. Ya no pienso así. Hay muchos tipos de energía, y por cada una de ellas, un tipo de fustración diferente, en el caso de que no la saquemos fuera, de que no la empleemos en aquello para lo que ha surgido dentro de nosotros.

Pues bien, esta noche mi energía surge de una necesidad imperiosa de contar mi historia tal y como es y no como algunos buitres carroñeros la van a diseccionar mañana en el quirófano de la prensa amarilla. O quizá sería mejor decir que quiero contar mi historia, no tal como es, sino tal como yo la veo, como la siento, como la he vivido. Porque es evidente que una parte de aquellos que se acerquen a estas páginas, tras su lectura, no variarán su modo de enjuiciar los hechos. Es más, puede que entonces me sentencien con mayor rigor, encontrando en mi relato cientos de argumento0s de peso para lapidarme a placer.

Lo cierto es que las cosas no son si no es a través de la mirada de alguien. Y a veces resulta que a la hora de definirnos vale más la opinión ajena que el sentimiento propio, incluso para nosotros mismos. Acabamos concluyendo que si las personas que consideramos importantes opinan así, nuestra intuición está errada.

Por tanto, aunque yo exprese a continuación lo que he sentido a lo largo de mi vida, y lo que siento ahora mismo, sé que tendré que enfrentarme a que cada uno de vosotros juzque mi proceder.

Emitir juicios de valor es sencillo, mucho más que no hacerlo. Cómo no practicar este deporte cuando llevamos a rastras, cosido a nuestras carnes, un saco de prejuicios con que viajamos a todos lados. En realidad ni nos pertenecen ni venimos con ellos de fábrica. No los hemos ido comiendo sin sentir, día tras día desde la infancia. Cuestión de mera supervivencia infantil fue tragarse ese indigesto menú entonces; pero en nuestras manos adultas está buscar otros manjares que sí nos llegan genuinamente al corazón del gusto. Porque, en cualquier caso, lo cierto es que nuestros prejuicios, por más que los usemos para intentar poner etiquetas al comportamiento de los demás, no hacen sino gritar a los cuatro vientos quiénes somos, o más bien, quiénes hemos dejado que nos hagan ser.

De todas formas, sólo me interesan los prejuicios en la medida en que pueden hacernos tristemente infelices. Quizá esa es la materia de esta historia. Una moral estrecha y pecata es el cinturón de castidad de nuestro placer, y hay gente que no se lo desabrocha en la vida, en buena parte porque el aparato no viene con manual de instrucciones. Estoy por asegurar que si supiéramos la combinación del candado, los vertederos y desguaces estarían ahora mismo al completo, abarrotados de tan inadecuadas prendas. Pero el día en que nos las pusieron, arrojaron la bendita cifra de su apertura al pozo de los deseos, y nos dejaron inexorablemente ataviados con las bragas de nuestro castigo. Y a cambio, de nuestra felicidad, como premio de consolación, sólo nos queda juzgar, señalar con el dedo, acusar, escandalizarnos, crucificar al prójimo, practicando la censura como sucedáneo de la vida.

Por eso desde aquí busco conectar con esa zona oculta que todos llevamos dentro, el jardín más bello, el auténtico. Hacer una fisura en la coraza de vuestros corazones y colarme por ella. Inavadir esa parte prohibida, olvidada, tapiada, censurada. Traspasar vuestras barreras y haceros mellas en la piel.

No pretendo afirmar que estáis mal follados. Pero tal vez sí. Lo estáis. Lo estamos todos. Mal follados y peor seducidos. Si por follar entendemos el acto sexual, es posible que muchos de vosotros pudierais protestar. Yo no sé lo que ocurre en cada cama o en cada asiento trasero de todos los coches del mundo, o debajo de cada puente al orgasmo, es cierto; desconozco los detalles concretos de la vida sexual de cada uno, pero sé de mi experiencia, y mi experiencia no es única. No estamos mal follados solo de cintura abajo, estamos mal follados de cuerpo entero, porque el deseo humano no es solo sexual, y el deseo no sexual que no se satisface puede producir la misma cara agria que le falta a un buen polvo. En ese sentido nos hace falta un buen meneo a todos, no hay duda.





Tengo muy poco tiempo. Tan solo esta noche para escribir unas breves memorias, mi historia. Porque mañana se sabrá que Martina Iranco, ministra del Interior de este país, ha cometido el que para muchos parece ser el más horrendo crimen. Mañana a primera hora los quioscos gritarán a voz en cuello que Martina Iranco es una mujer en extremo viciosa, una zorra de tomo y lomo, una guarra sin paliativos.

Pero estas páginas no van a ser el vertido de experiencia tóxica. No se trata de un arrebato visceral, parejo al sentimiento de extremo peligro de un animal acorralado. No. Esta historia tiene un argumento que sirve de carcasa a mi vida entera. Una vida sentida desde siempre como un magma informe y sin estructura, dominado por la confusión y los torbellinos pasionales. Una vida que no era más que esquirlas de vida en medio de un paisaje desenfocado que me impedía ver los andamios sobre los que en realidad he ido construyendo, a ciegas, a mi frágil biografía. Porque antes determinadas vivencias lo único posible es no ver, cegarse y continuar a tientas. Y puesta en la tesitura de afrontar un pasado ingrato que diera sentido a mis actos posteriores, lo menos dificultoso -en apoariencia- era escoger la mentira, ese mundo inventado que me he ceñido al cuello como una capa de engañosas estrellas. Y lo peor no es eso. Lo peor no es cubrirse de heridas, con complementos de firma, lo peor es que por debajo de esas vestiduras divinas he tenido que oler siempre los harapos de mi bombarbeado mundo, la inmunda peste de ses muñones mal curados de mi infancia. Por eso no compensa. No me ha compensado nunca la ceguera, ahora lo sé, aunque he tardado en entenderlo. El precio que he pagado es un plazo de tiempo. Largo y doloroso. Un tiempo en el que he estado vendida, presa sin dueño, destinada al reino de las marionetas, ese lugar donde si te sueltas de algún hilo para estirarlas piernas o pierdes el paso o te sales del guión, has de devolver el dinero pagado por la entrada y regresar al exilio de una vida sin argumento. Un tiempo en el que cuanto más obediente y entregada a las exigencias de mi carrera me ofrecía, más buscaba mi descontrolado enigma interior su salida por la puerta trasera, haciendo de mis apetitos menos civilizados la válvula de escape para poder soportar la presión de mi máscara de niña buena y correcta.

He traicionado mi vida pública en el justo momento en que se me ha caído el disfraz y se ha venido abajo el decorado, dejando ver el vacío de mi vida en un escenario tan meticulosamente artístico mo estéril. Pero en mitad de ese vacío, una pequeña puerta, confundida entre los cortinajes, me ha permitido entrar en otro reino, el de mi propia verdad descarnada. He sido una mujer que solo buscaba ser fiel a su propia representación de objeto sexual perfecto, a cambio de amor y aprobación sinceros, que sin embargo no he recibido, precisamente por desconocer la auténtica forma de conseguirlo.

Que nadie espere fascinadores paisajes y lujosas mansiones, o por el contrario, la presentación de los ambientes más sórdidos. Mi intención no es deslumbrar. No estoy pidiendo el voto para mi causa ni haciendo campaña de mis actos. Mi deseo es aprovechar que cuento con el poder de ser escuchada, para hacer algo a lo que nunca. como política, me he atrevido. No solo desnudarme ante vosotros, y daros con ello oportunidad de ver las costuras de mi piel, no solo contar mi vida íntima por echar leña al fuego de vuestras fantasías, sino considerar la cercanía, la desnudez de todos. Mi secreta esperanza es que acompañéis en esta aventura. Y que al terminar de leer estas páginas apetezcáis quitaros la ropa conmigo.

La desnudez da miedo. A mí me lo da. Ahora mismo, cuando creía estar preparada para desprenderme del ropaje que me impide mostrarme como soy, tiemblo y quiero echarme atrás. Pero si el resultado es el silencio, asumido por precaución o cobardía, las "buenas intenciones" no me sirven. Son para mí lo más parecido a una mordaza. No me dejan espacio para ahondar en mi verdadera esencia, y dentro de ella, justamente en esa parte que tiene impresa la etiqueta de tabú.

Me siento osada y a la vez torpe. Sé que voy a poner a prueba vuestra capacidad para asimilar palabras fuertes, situaciones muy recias, pero también intuyo que tenéis más capacidad de la que, limitada por mis propios prejuicios, os atribuyo para afrontar las estridencias de la vida íntima de una persona. Por cada nota aguda que os acuchille el oído, alguna otra sensación o sentimiento vendrán a vuestro cuerpo, y junto a la desazón o repugancia instintiva tal vez halléis emociones ignotas.

Una mujer desnuda es fácil de herir o humillar. Y sin embargo no es fácil acercarse a ella, de primeras, aunque uno quiera voluntariamente compartir su desnudez. Tenemos tiempo, toda una noche, para ver lo que va emergiendo de nuestros corazones -la misma incognita sobrecoge al mío- hacia la claridad del día.


Una mujer desnuda, Lola Beccaria. 

jueves, 5 de abril de 2012

Salir con una chica que lee.... o no lee....

Sal con una chica que no lee (Charles Warnke)
Sal con una chica que no lee. Encuéntrala en medio de la fastidiosa mugre de un bar del medio oeste. Encuéntrala en medio del humo, del sudor de borracho y de las luces multicolores de una discoteca de lujo. Donde la encuentres, descúbrela sonriendo y asegúrate de que la sonrisa permanezca incluso cuando su interlocutor le haya quitado la mirada. Cautívala con trivialidades poco sentimentales; usa las típicas frases de conquista y ríe para tus adentros. Sácala a la calle cuando los bares y las discotecas hayan dado por concluida la velada; ignora el peso de la fatiga. Bésala bajo la lluvia y deja que la tenue luz de un farol de la calle los ilumine, así como has visto que ocurre en las películas. Haz un comentario sobre el poco significado que todo eso tiene. Llévatela a tu apartamento y despáchala luego de hacerle el amor. Tíratela.

Deja que la especie de contrato que sin darte cuenta has celebrado con ella se convierta poco a poco, incómodamente, en una relación. Descubre intereses y gustos comunes como el sushi o la música country, y construye un muro impenetrable alrededor de ellos. Haz del espacio común un espacio sagrado y regresa a él cada vez que el aire se torne pesado o las veladas parezcan demasiado largas. Háblale de cosas sin importancia y piensa poco. Deja que pasen los meses sin que te des cuenta. Proponle que se mude a vivir contigo y déjala que decore. Peléale por cosas insignificantes como que la maldita cortina de la ducha debe permanecer cerrada para que no se llene de ese maldito moho. Deja que pase un año sin que te des cuenta. Comienza a darte cuenta.

Concluye que probablemente deberían casarse porque de lo contrario habrías perdido mucho tiempo de tu vida. Invítala a cenar a un restaurante que se salga de tu presupuesto en el piso cuarenta y cinco de un edificio y asegúrate de que tenga una vista hermosa de la ciudad. Tímidamente pídele al mesero que le traiga la copa de champaña con el modesto anillo adentro. Apenas se dé cuenta, proponle matrimonio con todo el entusiasmo y la sinceridad de los que puedas hacer acopio. No te preocupes si sientes que tu corazón está a punto de atravesarte el pecho, y si no sientes nada, tampoco le des mucha importancia. Si hay aplausos, deja que terminen. Si llora, sonríe como si nunca hubieras estado tan feliz, y si no lo hace, igual sonríe.

Deja que pasen los años sin que te des cuenta. Construye una carrera en vez de conseguir un trabajo. Compra una casa y ten dos hermosos hijos. Trata de criarlos bien. Falla a menudo. Cae en una aburrida indiferencia y luego en una tristeza de la misma naturaleza. Sufre la típica crisis de los cincuenta. Envejece. Sorpréndete por tu falta de logros. En ocasiones siéntete satisfecho pero vacío y etéreo la mayor parte del tiempo. Durante las caminatas, ten la sensación de que nunca vas regresar, o de que el viento puede llevarte consigo. Contrae una enfermedad terminal. Muere, pero solo después de haberte dado cuenta de que la chica que no lee jamás hizo vibrar tu corazón con una pasión que tuviera significado; que nadie va a contar la historia de sus vidas, y que ella también morirá arrepentida porque nada provino nunca de su capacidad de amar.

Haz todas estas cosas, maldita sea, porque no hay nada peor que una chica que lee. Hazlo, te digo, porque una vida en el purgatorio es mejor que una en el infierno. Hazlo porque una chica que lee posee un vocabulario capaz de describir el descontento de una vida insatisfecha. Un vocabulario que analiza la belleza innata del mundo y la convierte en una alcanzable necesidad, en vez de algo maravilloso pero extraño a ti. Una chica que lee hace alarde de un vocabulario que puede identificar lo espacioso y desalmado de la retórica de quien no puede amarla, y la inarticulación causada por el desespero del que la ama en demasía. Un vocabulario, maldita sea, que hace de mi sofística vacía un truco barato.

Hazlo porque la chica que lee entiende de sintaxis. La literatura le ha enseñado que los momentos de ternura llegan en intervalos esporádicos pero predecibles y que la vida no es plana. Sabe y exige, como corresponde, que el flujo de la vida venga con una corriente de decepción. Una chica que ha leído sobre las reglas de la sintaxis conoce las pausas irregulares –la vacilación en la respiración– que acompañan a la mentira. Sabe cuál es la diferencia entre un episodio de rabia aislado y los hábitos a los que se aferra alguien cuyo amargo cinismo countinuará, sin razón y sin propósito, después de que ella haya empacado sus maletas y pronunciado un inseguro adiós. Tiene claro que en su vida no seré más que unos puntos suspensivos y no una etapa, y por eso sigue su camino, porque la sintaxis le permite reconocer el ritmo y la cadencia de una vida bien vivida.

Sal con una chica que no lee porque la que sí lo hace sabe de la importancia de la trama y puede rastrear los límites del prólogo y los agudos picos del clímax; los siente en la piel. Será paciente en caso de que haya pausas o intermedios, e intentará acelerar el desenlace. Pero sobre todo, la chica que lee conoce el inevitable significado de un final y se siente cómoda en ellos, pues se ha despedido ya de miles de héroes con apenas una pizca de tristeza.

No salgas con una chica que lee porque ellas han aprendido a contar historias. Tú con la Joyce, con la Nabokov, con la Woolf; tú en una biblioteca, o parado en la estación del metro, tal vez sentado en la mesa de la esquina de un café, o mirando por la ventana de tu cuarto. Tú, el que me ha hecho la vida tan difícil. La lectora se ha convertido en una espectadora más de su vida y la ha llenado de significado. Insiste en que la narrativa de su historia es magnífica, variada, completa; en que los personajes secundarios son coloridos y el estilo atrevido. Tú, la chica que lee, me hace querer ser todo lo que no soy. Pero soy débil y te fallaré porque tú has soñado, como corresponde, con alguien mejor que yo y no aceptarás la vida que te describí al comienzo de este escrito. No te resignarás a vivir sin pasión, sin perfección, a llevar una vida que no sea digna de ser narrada. Por eso, largo de aquí, chica que lee; coge el siguiente tren que te lleve al sur y llévate a tu Hemingway contigo. Te odio, de verdad te odio.



Sal con una chica que lee (Rosemarie Urquico)

Sal con alguien que se gasta todo su dinero en libros y no en ropa, y que tiene problemas de espacio en el clóset porque ha comprado demasiados. Invita a salir a una chica que tiene una lista de libros por leer y que desde los doce años ha tenido una tarjeta de suscripción a una biblioteca.

Encuentra una chica que lee. Sabrás que es una ávida lectora porque en su maleta siempre llevará un libro que aún no ha comenzado a leer. Es la que siempre mira amorosamente los estantes de las librerías, la que grita en silencio cuando encuentra el libro que quería. ¿Ves a esa chica un tanto extraña oliendo las páginas de un libro viejo en una librería de segunda mano? Es la lectora. Nunca puede resistirse a oler las páginas de un libro, y más si están amarillas.

Es la chica que está sentada en el café del final de la calle, leyendo mientras espera. Si le echas una mirada a su taza, la crema deslactosada ha adquirido una textura un tanto natosa y flota encima del café porque ella está absorta en la lectura, perdida en el mundo que el autor ha creado. Siéntate a su lado. Es posible que te eche una mirada llena de indignación porque la mayoría de las lectoras odian ser interrumpidas. Pregúntale si le ha gustado el libro que tiene entre las manos.

Invítala a otra taza de café y dile qué opinas de Murakami. Averigua si fue capaz de terminar el primer capítulo de Fellowship y sé consciente de que si te dice que entendió el Ulises de Joyce lo hace solo para parecer inteligente. Pregúntale si le encanta Alicia o si quisiera ser ella.

Es fácil salir con una chica que lee. Regálale libros en su cumpleaños, de Navidad y en cada aniversario. Dale un regalo de palabras, bien sea en poesía o en una canción. Dale a Neruda, a Pound, a Sexton, a Cummings y hazle saber que entiendes que las palabras son amor. Comprende que ella es consciente de la diferencia entre realidad y ficción pero que de todas maneras va a buscar que su vida se asemeje a su libro favorito. No será culpa tuya si lo hace.

Por lo menos tiene que intentarlo.

Miéntele, si entiende de sintaxis también comprenderá tu necesidad de mentirle. Detrás de las palabras hay otras cosas: motivación, valor, matiz, diálogo; no será el fin del mundo.

Fállale. La lectora sabe que el fracaso lleva al clímax y que todo tiene un final, pero también entiende que siempre existe la posibilidad de escribirle una segunda parte a la historia y que se puede volver a empezar una y otra vez y aun así seguir siendo el héroe. También es consciente de que durante la vida habrá que toparse con uno o dos villanos.

¿Por qué tener miedo de lo que no eres? Las chicas que leen saben que las personas maduran, lo mismo que los personajes de un cuento o una novela, excepción hecha de los protagonistas de la sagaCrepúsculo.

Si te llegas a encontrar una chica que lee mantenla cerca, y cuando a las dos de la mañana la pilles llorando y abrazando el libro contra su pecho, prepárale una taza de té y consiéntela. Es probable que la pierdas durante un par de horas pero siempre va a regresar a ti. Hablará de los protagonistas del libro como si fueran reales y es que, por un tiempo, siempre lo son.

Le propondrás matrimonio durante un viaje en globo o en medio de un concierto de rock, o quizás formularás la pregunta por absoluta casualidad la próxima vez que se enferme; puede que hasta sea por Skype.

Sonreirás con tal fuerza que te preguntarás por qué tu corazón no ha estallado todavía haciendo que la sangre ruede por tu pecho. Escribirás la historia de ustedes, tendrán hijos con nombres extraños y gustos aún más raros. Ella les leerá a tus hijos The Cat in the Hat y Aslan, e incluso puede que lo haga el mismo día. Caminarán juntos los inviernos de la vejez y ella recitará los poemas de Keats en un susurro mientras tú sacudes la nieve de tus botas.

Sal con una chica que lee porque te lo mereces. Te mereces una mujer capaz de darte la vida más colorida que puedas imaginar. Si solo tienes para darle monotonía, horas trilladas y propuestas a medio cocinar, te vendrá mejor estar solo. Pero si quieres el mundo y los mundos que hay más allá, invita a salir a una chica que lee.

O mejor aún, a una que escriba.



Sigur Rós, Sæglópur