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| Vlad Khodsky |
Ha llovido tanto.
No ha dejado de llover tantísimo sobre la hierba... que fresca, bajo el iris negro de la hierbanueva, brota su brizna... fecunda aromas a la falda de los muslos del Piamonte, nuevas formas de mirarse a ciegas y colores inimaginables difuminan o consolidan los que ya existen; pequeños charcos musitados para chapotear donde las risas y la alegría son tabula rasa.
Hacia demasiado tiempo que la paz no era un perfume. Y ahora, quizás, por primera vez en años, siento esa armonía, esa quietud que sólo me arrabata y desquicia el olor a hierba fresca empapada, el tacto a hierbanueva azabache... recién llovida mientras me esmero en arpitano y conjugo la tabla del dos.
Gracias porque el andamio, el guarecer, el arameo y la ternura han conseguido que empiece a oler de nuevo... A oler como siempre quise, como ha de ser... por la mirada, a perfumar por los sentidos y las emociones y aromar, aromar como sólo desde el silencio la hiedra se desnuda para enredarse y nutrir lo más alto de la sencillez. La piel.
Y sigue lloviendo.
Es curioso, llueve y tenemos las manos secas.
Ha llovido tanto que se entumecen las cenizas y se rearman ilusión... tesón... fragilidad.
Y es que desde Montesecretoacuatrovoces, brota una brizna de hierba que cada alba despierta empapada, arremolinada a la carnalidad fértil, al compartir sin campanario... al construir con sal, azúcar y pimienta... a la devoción más sencilla... y es que sólo así se puede distinguir, rozar y paladear, como quieren ser peinadas las lenguas de la lluvia y las manos de los pies...
...Nunca creí que pudiera volver a ver la luz, llovió tanto. Tantísimo. Pero áquel tul de vestigios fueron las entretelas de lo que ahora soy, de lo que siento. Una nueva senda en el mapa de las sonrisas. Trazas del sarmiento y lazo de la mirada más bonita y limpia... ésta que me enseña que la lluvia sigue el camino que los buenos sentimientos abren a su paso.
...Gracias, por toda la lluvia que sigue sembrando la tierra más sincera y noble.


