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| Ícaro |
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| Ícaro |
Melibea no vive en el fulgor, ni es intocable.
Si se cae, se rompe.
Si se roza, enmudece.
Si se lesa, sangra.
Si se recrudece, el monstruo del frío ardiente derrite sus alas de couché, y frágil, tan frágil que un suspiro la arropa hasta las entrañas de Calixto.
Si se cae, se rompe.
Si se roza, enmudece.
Si se lesa, sangra.
Si se recrudece, el monstruo del frío ardiente derrite sus alas de couché, y frágil, tan frágil que un suspiro la arropa hasta las entrañas de Calixto.
Melibea no mora en el zarzal.
La prenda, la dote, la integridad, el camino, el cortafuegos, el charco y las llaves maestras están dentro y de puntillas... saltimbanquea a pesar de los peligros, las fauces y la danza gutural de los sinsentidos.
Todo corazón.
Y mientras se relamen las ganas, el plato arrebaña la esencia sacra mientras los vasos hostigan los cuatro juegos de cucharas labiadas al pairo.
Y mientras se relamen las ganas, el plato arrebaña la esencia sacra mientras los vasos hostigan los cuatro juegos de cucharas labiadas al pairo.
Calixto oscurece y Melibea dió con la clave:
Difumina. Difumina. Difumina.
A contraluz.
Antes de arribar el solsticio de verano, alguien se inquiere:
¿Para quién edifiqué torres? ¿Para quién adquirí honras? ¿Para quién planté árboles? ¿Para quién fabriqué navíos?.
Melibea cose nubes...
Calixto siembra el huerto...
El bien y el mal, la prosperidad y la adversidad, la gloria y la pena, todo pierde con el tiempo la fuerza de su acelerado principio...
...
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