Los cuatro puntos cardinales son tres: el Norte y el Sur.

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sábado, 13 de junio de 2015

Espantapájaros... al forn

Amparo




No se me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero, al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida. Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias; ¡pero eso sí! —y en esto soy irreductible— no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme! 
Ésta fue —y no otra— la razón de que me enamorase, tan locamente, de María Luisa.
¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos? ¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo y sus miradas de pronóstico reservado?
¡María Luisa era una verdadera pluma! 
Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina, volaba del comedor a la despensa. Volando me preparaba el baño, la camisa. Volando realizaba sus compras, sus quehaceres. 
¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando, de algún paseo por los alrededores! Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado. ¡María Luisa! ¡María Luisa!... y a los pocos segundos, ya me abrazaba con sus piernas de pluma, para llevarme, volando, a cualquier parte. 
Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia que nos aproximaba al paraíso; durante horas enteras nos anidábamos en una nube, como dos ángeles, y de repente, en tirabuzón, en hoja muerta, el aterrizaje forzoso de un espasmo. 
¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera..., aunque nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas! ¡Qué voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes la de pasarse las noches de un solo vuelo! 
Después de conocer una mujer etérea, ¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre? ¿Verdad que no hay una diferencia sustancial entre vivir con una vaca o con una mujer que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo? 
Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender la seducción de una mujer pedestre, y por más empeño que ponga en concebirlo, no me es posible ni tan siquiera imaginar que pueda hacerse el amor más que volando.

autógrafo





                                 

...

martes, 2 de abril de 2013

La que nos espera

Fotografía: Chuck Turner






Tardará, tardará.

Ya sé que todavía
los émbolos,
la usura,
el sudor,
las bobinas
seguirán produciendo,
al por mayor,
en serie,
iniquidad,
ayuno,
rencor,
desesperanza;
para que las lombrices con huecos portasenos,
las vacas de embajada,
los viejos paquidermos de esfínteres crinudos,
se sacien de adulterios,
de hastío,
de diamantes,
de caviar,
de remedios.

Ya sé que todavía pasarán muchos años
para que estos crustáceos
del asfalto
y la mugre
se limpien la cabeza,
se alejen de la envidia,
no idolatren la saña,
no adoren la impostura,
y abandonen su costra
de opresión,
de ceguera,
de mezquindad.

Pero, quizás, un día,
antes de que la tierra se canse de atraernos
y brindarnos su seno,
el cerebro les sirva para sentirse humanos,
ser hombres,
ser mujeres,
-no cajas de caudales,
ni perchas desoladas-,
someter a las ruedas,
impedir que nos maten,
comprobar que la vida se arranca y despedaza
los chalecos de fuerza de todos los sistemas;
y descubrir, de nuevo, que todas las riquezas
se encuentran en nosotros y no bajo la tierra.

Y entonces...
¡Ah!, ese día
abriremos los brazos
sin temer que el instinto nos muerda los garrones,
ni recelar de todo,
hasta de nuestra sombra;
y seremos capaces de acercarnos al pasto,
a la noche,
a los ríos,
sin rubor,
mansamente,
con las pupilas claras,
con las manos tranquilas;
y usaremos palabras sustanciosas,
auténticas;
no como esos vocablos erizados de inquina
que babean las hienas al instarnos al odio,
ni aquellos que se asfixian
en estrofas de almíbar
y fustigada clara de huevo corrompido;
sino palabras simples,
de arroyo,
de raíces,
que en vez de separarnos
nos acerquen un poco;
o mejor todavía
guardaremos silencio
para tomar el pulso a todo lo que existe
y vivir el milagro de cuanto nos rodea,
mientras alguien nos diga,
con una voz de roble,
lo que desde hace siglos
esperamos en vano.


Oliverio Girondo






lunes, 19 de noviembre de 2012

El mundo fue mal




EL MUNDO FUE MAL - OLIVERIO GIRONDO

Por Lemmi
EL MUNDO FUE MAL
OLIVERIO GIRONDO, un retorno a la poesía
Por la Muchachita Alegre y el Niño Bajón

Nuestra sociedad no juna mucho a la poesía. La poesía, junto con el arte en general, aparece como la manifestación caprichosa e inútil de espíritus extraviados que no cuajan con este mundo. Un pasatiempo para entretenernos y pasar el rato. Porque, para este mundo, la vida es algo serio. En este mundo «tenés que trabajar, armar una familia, estudiar». Lo esencial, la razón del existir, está en un proyecto blindado y listo para todos.
Supongo que te acordás, muy a tu pesar, cuando un rayo de lucidez fulminó el plan que te esperaba al nacer. Cuando se abrió un abismo negro a tus pies y caminaste por las paredes tratando de no caer. Y viviste días maravillosos y terribles, perdido en un mundo que había cobrado una profundidad insospechada. Encontraste un libro, un acorde, unas palabras que te quebraron la cabeza y te conectaste con el nervio vital. Sentiste en tu cuerpo la incomodidad, la disonancia entre lo que te esperaba y lo que ansiabas. Supiste que el mundo fue mal.
Pero no duró. Aceptaste que quien había ido mal no era el mundo, sino vos. Te resignaste y colocaste tus anteojeras de caballo y todo volvió a empezar. La familia, el colegio, la universidad, el trabajo, el necesitar guita, el celular nuevo y otro más nuevo, y otro más aún…
Y ahí mismo es donde Girondo patea todo tu tablero. Su poesía es un antídoto contra el tedio y el hastío que inundaron como un caldo denso y viscoso el cauce de tus días. Te tuerce, te abre, te incomoda aún más y no te deja quedarte quieto. Nunca volvés a ser el mismo después de leerlo. Una agresividad vital brota de las páginas de sus libros agitando e incitando, a las células rebeldes que aún te quedan en pie, a realizar el motín y tomar el control de tu cuerpo anestesiado para pegar saltos en la noche y patear las estrellas. Ya no sabés adónde vas ni por qué vas; dónde estás ni por qué estás. Su poesía te invita a combatir la normalidad que anhela seguridad y confort. Girondo se te presenta hoy como un aliado íntimo y actual.



ESPANTAPÁJAROS - 19
Oliverio Girondo


¿Que las poleas ya no se contentan con devorar millares y millares de dedos meñiques? ¿Que las máquinas de coser amenazan zurcirnos hasta los menores intersticios? ¿Que la depravación de las esferas terminará por degradar a la geometría?
Es bastante intranquilizador —sin duda alguna— comprobar que no existe ni una hectárea sobre la superficie de la tierra que no encubra cuatro docenas de cadáveres; pero de allí a considerarse una simple carnaza de microbios... a no concebir otra aspiración que la de recibirse de calavera...
Lo cotidiano podrá ser una manifestación modesta de lo absurdo, pero aunque Dios —reencarnado en algún sacamuelas— nos obligara a localizar todas nuestras esperanzas en los escarbadientes, la vida no dejaría de ser, por eso, una verdadera maravilla.
¿Qué nos importa que los cadáveres se descompongan con mucha más facilidad que los automóviles? ¿Qué nos importa que familias enteras —¡llenas de señoritas!— fallezcan por su excesivo amor a los hongos silvestres?...
El solo hecho de poseer un hígado y dos riñones ¿no justificaría que nos pasáramos los días aplaudiendo a la vida y a nosotros mismos? ¿Y no basta con abrir los ojos y mirar, para convencerse que la realidad es, en realidad, el más auténtico de los milagros?
Cuando se tienen los nervios bien templados, el espectáculo más insignificante —una mujer que se detiene, un perro que husmea una pared— resulta algo tan inefable... es tal el cúmulo de coincidencias, de circunstancias que se requieren —por ejemplo— para que dos moscas aterricen y se reproduzcan sobre una calva, que se necesita una impermeabilidad de cocodrilo para no sufrir, al comprobarlo, un verdadero síncope de admiración.
De ahí ese amor, esa gratitud enorme que siento por la vida, esas ganas de lamerla constantemente, esos ímpetus de prosternación ante cualquier cosa... ante las estatuas ecuestres, ante los tachos de basura...
De ahí ese optimismo de pelota de goma que me hace reír, a carcajadas, del esqueleto de las bicicletas, de los ataques al hígado de los limones; esa alegría que me incita a rebotar en todas las fachadas, en todas las ideas, a salir corriendo —desnudo!— por los alrededores para hacerles cosquillas a los gasómetros... a los cementerios....
Días, semanas enteras, en que no logra intranquilizarme ni la sospecha de que a las mujeres les pueda nacer un taxímetro entre los senos.
Momentos de tal fervor, de tal entusiasmo, que me lo encuentro a Dios en todas partes, al doblar las esquinas, en los cajones de las mesas de luz, entre las hojas de los libros y en que, a pesar de los esfuerzos que hago por contenerme, tengo que arrodillarme en medio de la calle, para gritar con una voz virgen y
Por Lemmi








ancestral:
“¡Viva el esperma... aunque yo perezca!”

 

lunes, 7 de mayo de 2012

No querer vivir mil oxígenos.



Fotografía: David Orias






 Lo que esperamos


Tardará, tardará.

Ya sé que todavía
los émbolos,
la usura,
el sudor,
las bobinas
seguirán produciendo,
al por mayor,
en serie,
iniquidad,
ayuno,
rencor,
desesperanza;
para que las lombrices con huecos portasenos,
las vacas de embajada,
los viejos paquidermos de esfínteres crinudos,
se sacien de adulterios,
de hastío,
de diamantes,
de caviar,
de remedios.

Ya sé que todavía pasarán muchos años
para que estos crustáceos
del asfalto
y la mugre
se limpien la cabeza,
se alejen de la envidia,
no idolatren la saña,
no adoren la impostura,
y abandonen su costra
de opresión,
de ceguera,
de mezquindad.
de bosta.

Pero, quizás, un día,
antes de que la tierra se canse de atraernos
y brindarnos su seno,
el cerebro les sirva para sentirse humanos,
ser hombres,
ser mujeres,
-no cajas de caudales,
ni perchas desoladas-,
someter a las ruedas,
impedir que nos maten,
comprobar que la vida se arranca y despedaza
los chalecos de fuerza de todos los sistemas;
y descubrir, de nuevo, que todas las riquezas
se encuentran en nosotros y no bajo la tierra.

Y entonces...
¡Ah!, ese día
abriremos los brazos
sin temer que el instinto nos muerda los garrones,
ni recelar de todo,
hasta de nuestra sombra;
y seremos capaces de acercarnos al pasto,
a la noche,
a los ríos,
sin rubor,
mansamente,
con las pupilas claras,
con las manos tranquilas;
y usaremos palabras sustanciosas,
auténticas;
no como esos vocablos erizados de inquina
que babean las hienas al instarnos al odio,
ni aquellos que se asfixian
en estrofas de almíbar
y fustigada clara de huevo corrompido;
sino palabras simples,
de arroyo,
de raíces,
que en vez de separarnos
nos acerquen un poco;
o mejor todavía
guardaremos silencio
para tomar el pulso a todo lo que existe
y vivir el milagro de cuanto nos rodea,
mientras alguien nos diga,
con una voz de roble,
lo que desde hace siglos
esperamos en vano.


Oliverio Girondo




jueves, 26 de abril de 2012

Se desean












Se miran, se presienten, se desean,
se acarician, se besan, se desnudan,
se respiran, se acuestan, se olfatean,
se penetran, se chupan, se demudan,
se adormecen, despiertan, se iluminan,
se codician, se palpan, se fascinan,
se mastican, se gustan, se babean,
se confunden, se acoplan, se disgregan,
se aletargan, fallecen, se reintegran,
se distienden, se enarcan, se menean,
se retuercen, se estiran, se caldean,
se estrangulan, se aprietan, se estremecen,
se tantean, se juntan, desfallecen,
se repelen, se enervan, se apetecen,
se acometen, se enlazan, se entrechocan,
se agazapan, se apresan, se dislocan,
se perforan, se incrustan, se acribillan,
se remachan, se injertan, se atornillan,
se desmayan, reviven, resplandecen,
se contemplan, se inflaman, se enloquecen,
se derriten, se sueldan, se calcinan,
se desgarran, se muerden, se asesinan,
resucitan, se buscan, se refriegan,
se rehúyen, se evaden y se entregan.



Oliverio Girondo











Fotografía: Ivo Pandoli





sábado, 21 de abril de 2012

Retazos IX

Apreciada señora Lipsocket:

Lleva usted cuatro años enviándome regularmente sus poemas. Durante los tres primeros me esforcé en comentarlos, en ofrecerle a usted el consuelo de unas cuantas trivialidades, no sin darle a entender, taimadamente, que me dejara en paz de una pajolera vez. Y, sin embargo, ha persistido usted en el empeño, contra viento y marea. Me ha escrito cartas lastimeras. Me ha estrujado el corazón con el relato de sus sinsabores, de los cuales me he ido compadeciendo; sus ambiciones desmesuradas, tan parecidas a las mías; sus problemas ováricos; la crueldad del comité de su biblioteca; y los devaneos de su marido, que no considero de mi competencia. Ha sido usted causa de que durmiera mal, soñando que apaleaba animales pequeños.

Ante todo ello, me rindo.

No conservo copia de sus intentos anteriores, y los de ahora parecen peores que nunca, de modo que lo dejo a su elección: dígame qué seis versos quiere que le publique. Luego, no volveré a abrir ningún sobre que proceda de usted.

Atentamente,

Andy Whittaker.

Pequeño extracto del delicioso libro de Sam Savage, "El lamento del perezoso".
 
 
 
 
 
Hazaña


Todo,
todo
en el aire,
en el agua,
en la tierra,
desarraigado y ácido,
descompuesto
y perdido.
El agua hecha caballo antes que nube y lluvia.
Los toros transformados en sumisas poleas.
El engaño sin malla,
sin "tutu",
sin pezones.

La impúdica mentira exhibiendo el trasero,
en todas las posturas,
en todas las esquinas.
Las polillas voraces de expediente cocido,
disfrazadas de hiena,
de tapir con mochila.
Las techumbres que emigran en oscuras bandadas.
Las ventanas que escupen dentaduras de piano,
cacerolas,
espejos,
piernas carbonizadas.

Porque mirad
sin musgo,
mi corazón de yesca,
qué hicimos,
que hemos hecho
con nuestras pobres manos
con nuestros esqueletos de invierno y de verano.

Desatar el incendio.
Aplaudir el desastre.
Trasladar sobre caucho,
apetitos de pústula.
Prostituir los crepúsculos.
Adorar los bulones
y los secos cerebros de nuez reblandecida....
Como si no existiera más que el sudor y el asco;
como si sólo ansiáramos nutrir con nuestra sangre
las raíces del odio;
como si ya no fuera bastante deprimente
saber que sólo somos un pálido excremento
del amor,
de la muerte.
Oliverio Girondo.




Fotografía: Hassan Hizli




Mi soledad es un abismo; estoy desmoronado, como unas ruinas informes.

No comprendo a Farida, ¿por qué no ha querido enterarse? ¿por qué me condena sin oírme? Pero, extrañamente la adoro aún más. No tengo más voluntad que la suya, soy el puñado de arcilla que quiere moldear y aquí me ha puesto para hacerme más maleable. Veo sólo en sus ojos; me forjo a su capricho. ¿Por qué habría de oírme ni explicarme nada?.... ¡Pero si al menos me hubiesen atado y colgado sus propias manos!.... será demasiado pedir.

Aun así soy suya, reducida a objeto, no soy mi dueña sino ella. El dolor del castigo me permite ofrecerle un presente, al tomar de mí lo que puedo darle. La tensión dolorida de mi postura me hace tomar conciencia de fibras de mi cuerpo desconocidas: carne atirantada de mis brazos, nódulos en mi torso, aristas en mis axilas, huesos ignorados y puestos a prueba en mis pies. Farida me los reserva y me los regala, enriquece mi cuerpo con el dolor. Floto en un agujero negro, pierdo la noción de la continuidad, mis sentimientos se descoyuntan, se disgregan, los nudos de la personalidad se deshacen. Punzadas específicas y transitorias, calambres fugaces con que el dolor recorre un miembro, y ahora ya, después de no sé cuánto... respiración fatigada. Soy rendición, entrega, mis dedos de los pies ceden, se doblan, cuelgo de mis muñecas irritadas por la cuerda, mi cabeza se dobla sobre el pecho como en los crucifijos... como última llamita de una vela extinguiéndose, aún se algo de mi yo, el recuedo de un místico sufí:
No te encontrarás a ti mismo, no serás del todo tú,
mientras no te hayas sentido enteramente en ruinas.


Y, a punto de apagarse del todo mi pensamiento consciente un sonido lo reanima: el taconeo inconfundible, el rayo unísono de su voz rompiendo mis tinieblas:

-¿Qué? ¿Has aprendido algo?
- A adorarte mejor.
¡Qué estropajosa suena mi lengua!
-¿Cómo?
-He aprendido a ser tuya del todo ...gracias, Señora.
-Me alegro.
He oído un armónico de ternura en su voz. Pero no cuando prosigue:
-Pero, todavía te falta mucho. Lo de esta tarde....
-Castígame cuanto quieras, pero te juro que no fue un ardid ¿Por qué no me dejaste de hablar?
¡No te imaginaba allí, no entré a mirarte!
-Te creo, pero no es por eso el castigo.
-¿Entonces?
-Por tus ojos en aquel momento. Aquel deseo en tus ojos, inconfundible.
Me asusta su voz, ¿De qué hondura le ha salido, de qué viejo drama?¡Qué suplicio no poder ver el rostro que me escupe estas palabras!
-¿Deseo? Sólo mendigo Señora, no espero nada.
-¡Mientes! Deseo repugnante, baboso, de macho. ¡Posesivo!¡Odioso!.
-¡Por favor! mírate en mis ojos y no verás nada de eso...al contrario. ¡Quítame esta venda y mírame!
-No.... odioso. Y ese deseo te lo voy a arrancar de cuajo. Haré que desees de otro modo. Que ames poseída según tu género, y basta.
La oigo casi jadear, calmándose. Continua:
-¿Adónde fuiste cuando te eché fuera? Mientras yo acabé de vestirme. ¿Adónde?
-Esperé a que salieras. Allí mismo.
-¿No irías a los lavabos, a aliviarte esto?
Una punta dura toca mi sexo, a través de la braguita.... ¿una fusta?
-Ya te lo he dicho.... ¡Si eso te repugna córtamelo todo! ¡Opérame!
-No me repugna, ya lo has comprobado. Sólo quiero que lo uses según eres.
Guardo silencio. Vuelvo a ser San Sebastián, pero ahora de verdad, aguardando los golpes. Los ofrezco a mi Diosa de antemano.
¿Dónde descargará? Pero la saeta es oral, inesperada:
-¿Sabes como he venido a verte colgada? Estoy desnuda sólo con zapatos...desnuda: lo que tú fuiste a ver, ¿no?
-¡No, no!
-¡Calla! desnuda estoy, pero no para tus ojos; no para ti. ¿Imaginas?
¡Cielos si imagino! Incluso huelo su cuerpo, esa cercana desnudez. La cuerda que me ata se hace más implacable. Pero, aunque se desatara: soy arcilla en sus manos.
-Estoy a tu espalda y te voy a soltar. Cuando estés libre saldrás de aquí en el acto, sin volver la cabeza, sin intentar verme. Contrólate tú sola. Iras a vestirte para la calle con tu traje y me esperarás en mi despacho.... ¡Cuidado! si te vuelves a mirar se acabó todo.



El amante lesbiano, José Luis Sampedro.