Amé en aquella mirada lo que había de sospecha. Y el miedo de las cosas tenía en aquel espejo la ilusión de disentir del futuro. Contacto: jrubaz@hotmail.com
Los cuatro puntos cardinales son tres: el Norte y el Sur.
Del fondo de sus
coturnos, ausencia. Apariencia de reina en harapos, nueve calles nuevas y
sesenta esquinas dobladas como el pañuelo que nunca sonó. Los cubos de
basura con sabor a fresa prensada y piel muerta de hombres que creen ser
el sueño de orquídeas de acero, de forja de chillidos colgados de una
pared de miel.
Se clava muriéndose. Se cuelga bebiéndose. Se
tumba en vida. Se fue, se ha ido, no está y el poder del recuerdo, de la
puta presencia no tiene caché.
Cada Melpómene que nace de su
venta, la compra de su angustia... en un puñado de años creció la
demonia de su recuerdo y sus lágrimas comiéndose los gusanos que le dan
de comer.
En la máscara de áquel silencio, atemporalidad.
Sobre la cepa del dolor, briznas de fé, leche negra.
Leche del amanecer, la bebemos en el crepúsculo, leche al anochecer. Negra, poderosa, trágica. La bebemos sin pedir.
Nos da la lengua y nos quita la sed.
Ícaro
Habitando
en la alcoba sumisa, las gorgonas de sus falacias desprenden el líquido
viscoso, blanquecino que recorren sus muslos de piedras abiertas a la
cristalera del sinsentido y aunque se toque.. en silencio le habla a él... ella. Y
aunque se corra... convulsa se acerca a sus blasfemias. Y... aunque duerma a
conciencia, la consciencia le desvela.
La perra se suelta el
collar, el perro es leal. Ladran y se beben. El poder juzga la justicia
de la ausencia y se acercan aunque no quieran.
Del fondo de su alma, la coja fé... la coge fiel. La toma, la envuelve y la lanza.
Y el poder, ese absurdo poder del aire se escapa en cada guiño, en cada vahido, en cada alarido.
Leche del amanecer que se regala sin pedir, que se da sin querer.
Las manos son como las veces, se pasan y las caricias... pesan.
Los muslos son como los años, se encanan y se restan de el legado.
Su postura es inconformista, tranquila, pautada y silente.
Y
con ellos y sin ella... el trágico poder de haber llegado a
las ruinas del muro, allí dónde el polvo disimula el rictus de haber
tocado la gloria y alcanzado el final. Dónde cayeron los planes, las
esquinas, los poderes ocultos, las paredes ocultas y la luna madre.
Sucede.
Siempre
ocurre de igual modo, el trajín escuece y camufla la senda, los
detalles, la perspectiva, el espacio, el azuluz, la bilis y el algodón
de nubes en forma de sierra y cucharas huecas.
Ahora, Melpómene.... duerme allá donde los sueños se despiertan sin pestañear.
Susurra, susurra, susurra, susurra, no deja de abandonar al murmullo del aire que nadie atrapa y todos quisieran tocar para sí.
Y a
ella cuando la negra leche no la confunde sino la encuentra vomita en
silencio, sola, acurrucada... mientras le crecen los cabellos
inconformistas, los años poderosos se rinden y la quietud se posa bajo
sus uñas mordidas de entre sus pechos, ya cansados.
Ahora cuando
el poder, ya aburre, consume.... la tragedia no es encontrarle sentido a
la vida. Quizás... y sólo quizás.... la tragedia es recordar lo último
que supo ver y sentir en sus adentros, de manera natural, de modo que
brotó compartiendo un mechón de cabellos sin color, pero con toda la
piel de la verdad.
Seguirá sucediendo.
Uno cierra los ojos, y lo ve absolutamente todo.
No se necesita más que una pizca de silencio interior.
Y la paz te perdona para que creas que la leche es negra.
Me estaba construyendo un olvido de laurel. Con remos de otras vidas. Y popa de pompas. Proa de contras. ....pero siempre, siempre....aparece un iris, que varea y tercia lo que las ondas esconden. Sotovocce, existen susurros incontestables. Y ahora, cuando la guinda caduca me regalas un guiño de finísima porcelana. Sabes que donde vivo no existen farmacias guarida, ni veterinarios del corazón. Demasiado peso para seis manos y veinte dedos. La conciencia es una obsesa mórbida. Una cuchilla infesta y caliente. Saja mientras zurze. Y a mi pecho, ya, no le intimida otra más. La herida es bella. Sabía que no lo entenderías. La lógica es una mordaza ingobernable. Echa humo por sus ojos, llamas por la boca y sudor por el descosido mientras late. No padezcas. Ni me compadezcas. Ando, luego existo, mientras desenredo el entuerto de no saber si mirar hacía allá o hasta nunca. Es ilógico, pero aún así me desvendo. Ni me quedan pestañas paticortas, ni párpados desgüace. Entiendo que tu barro huya y se enclaustre entre las nubes verdes donde el azabache construye. Que ni aunque lloviera el resto de nuestras vidas, sentiré labios más secos que esa yerma caricia. Algo se nos muere, cuando el anhelo olvida las llaves. Por cierto, la camelia que mira a la calle está encharcada. Deja que el pétalo baje las persianas. El azul es tosco y previsible, anunciaban tormenta.
Y al pétalo del suelo... sólo les separa un lamento. Las velas se dejaron el aire y tus manos la ventana de par en par. Soplamos.
Alharacas mudas, zarabandas cojas destiñen lo que no supimos escribir con los pasos que se prometieron aquellas viejas palabras. La gran mueca del destino.
El/la Switch...transita, entreabre, concede; entre el rol sumiso y el rol
dominante, existen ligaduras y no hablo precisamente de ataduras, grilletes, atamientos, mordazas, ni siquiera del mercurio de
la adrenalina.... me refiero a esos lazos que no pueden controlarse....
los sentimientos. El sumiso odia y asume, el placebo se destruye entre
la queratina de la herida lamida y como se pondera lo que se
inflinge.... el hacedor, el amo interpreta perfectamente su investidura y
doblega la catarsis como enfrentamiento entre el poder donado y
el regalo de la servidumbre. El gran juego secreto es interpretar y
alternar las órdenes y la gracia; la súplica y el sometimiento.
Un/a perfect@ switch es quien asume con naturalidad y
perfeccionamiento esos roles desde donde el dolor físico se canaliza
hacía un conocimiento mental..... la adrenalina se infla hasta degradar
al dolor en un placer extrañamente controlado cuando se procede al
intercambio de papeles, al onírico y orgásmico nirvana que sólo la
armonía del dueto mente-cuerpo, cuerpo-mente acometen.
Juegos de inmovilidad y atamientos, escatológicas pinzas y travestismo
en la privacidad del rol escenificado otorgan un atenuante, un alter ego
donde el sexo olvida su condición de poseidón.
Alcanzar ese grado de libertad no precisa que estés sometiendo, ni asumiendo.
Entre la atadura y la inmovilidad existe un desfiladero donde la
libertad se descubre y postra ante la confianza, la complicidad y la
hechura del hacer sin tener que darnos explicaciones confidentes o
preguntarnos porques sistemáticamente.
El verdadero poder es influir o modificar la conducta de quien comparte dichos juegos.
El verdadero poder es que te aten y que liberen la mente. Tu cuerpo no
deja de ser un mero trapo al compás del viento del susurro.
La entrega no es una disciplina. La disciplina es la verdadera entrega
inmaterial de lo que se desea poseer y lo que nos dejan creer que
poseemos.
Cuestión de principios finales.
Las catedrales se dejaron construir como cunas y nidos, como anidas y acunas... como encuentro furtivo donde el silencio es el gran pasante y paseador..., morada indómita de la fé en nosotros mismos y en el látigo del día a noche... templos de almas apologéticas y necesitadas del transpirar... codo con codo... mirada en mirada... mano a mano.... Se dejaron hacer.