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| Fotografías: Ícaro |
...Y bajo la lápida invisible.. un faro en la piedrecita que flota,
supervive y anida en cada orilla perdida que el mar de la esperanza
troba para dejarse mojar en la sequía, para empaparse en la frontera sin
agacharse, ni rendirse. Adueñándose del aire, sin salpicar. Arrimándose, sin encogerse, ni poseerse. Naciendo agua para que muera la tierra yerma. Cruzamos el sendero infinito tras el charco de nuestras manos. Cuenco. Besorbo. Y el precipicio
zenital nos sonríe cómplice, sosegado, fértil. Nos une el amor. Por supuesto, que nos une el amor como se entiende cuando da
al nudo el ombligo del mundo, y será que cada lazo es ombligo en un
mundo que deseamos que nazca en cuerpo y alma. Nos ofrecemos y encontramos sin la esperanza de
unir la eternidad en plebiscito, lo liviano en frágil, lo cotidiano en desidia, el entramado en jaula, crece y roza. Curte. Aprehende. Lo que
nos convierte en intangible invisibilidad y lo emocional, lo coetáneo en
trascendente.
Nos une el amor, y ahí, las escrituras no existen.
Ni las que se registran, ni las sagradas.
Ni las que se registran, ni las sagradas.
Ni las que el viento se llevará o la marea embarrará.
...y bajo aquella lápida crecen
unas frescas y sencillas flores.
Su aroma es el perfume de la paz soñada.
De nuevo, empieza a llover.
Siempre es así.
Ícaro ©






