Amé en aquella mirada lo que había de sospecha. Y el miedo de las cosas tenía en aquel espejo la ilusión de disentir del futuro. Contacto: jrubaz@hotmail.com
Los cuatro puntos cardinales son tres: el Norte y el Sur.
¿Podrías darme una
pequeña parte de ti? Sólo estoy pidiendo la parte más diminuta, sólo lo
bastante para desplazarme de aquí a allí.
Podrías darme
algo, cualquier cosa, aceptaré lo que sea. ¿Podrías poner tu mano en mi
cabeza? ¿Podrías rozarme el brazo? ¿Podrías acercarte lo bastante para
que yo pudiera sentir que fueras a abrazarme? ¿Podrías tocarme con tu
voz? ¿Soplar tu aliento en mi dirección? ¿Te importa que te mire a la
cara? ¿Te importa que camine detrás de ti? ¿Me dejarías seguirte a
distancia? Si tuviera algo de valor te lo daría. Si hay algo de mí que
quieras, tómalo. Pero no pienses que soy de esta manera con todos. Casi
nunca soy así. De hecho, normalmente es al revés. Hay muchas personas
que les encantaría tener una conversación conmigo, incluso hay quienes
me preguntan si pueden caminar detrás de mí. Así que no pienses que
estoy completamente solo, porque no lo estoy. De hecho, eres tú quien
podría usar un poco de compañía. ¿Cómo has podido pensar que tienes algo
que darme? Tengo todo lo que necesito, y lo que no tengo, sé donde
conseguirlo, cuando yo quiera, en el medio de la noche, en medio de la
tarde, a las cinco de la mañana. De hecho, ahora mismo, estoy perdiendo
mi tiempo, simplemente hablando contigo.
El mendigo. Sam Sephard *
* [El volumen, la entonación y el uno y/o el otro del monólogo o diálogo que cada uno lo adeqúe a su estado de ánimo, su forma de ser, su humildad o su soberbia. Su implicación o desidia.
También se puede leer en tercera persona, tan aséptico y distante que podemos sentir el qué y el cómo ya no nos toca, pero nos culpió o acechará.
Es un párrafo genial de Sam Sephard que depende la temporada se lee y siente de una manera....o de otra.... Al gusto. O sin él.]
A grandes rasgos... Cuenta la leyenda que Pasífae estaba casada con Minos, futuro rey de Creta, cuyas frecuentes aventuras amorosas le provocaban tremendos celos, que como era muy hábil en las artes de encantamiento, hechicería y astrología, consiguió que el rey Minos no pudiera tener hijos con sus amantes, que además tenían un desgraciado final.
Cuando Minos ascendió al trono, quiso ofrecer un sacrificio a Poseidón, suplicando al dios del mar que le enviase un toro como víctima y éste hizo surgir de las aguas del Mediterráneo un fiero y enorme toro blanco que, tras arribar a la playa, ofreció, con mansedumbre, la cerviz al cuchillo que iba a cometer el sacrificio. Minos, impresionando por la fuerza, la majestuosidad y la belleza del animal, resolvió no sacrificarlo y ofrecer a Poseidón otro toro en su lugar.
Irritado Poseidón por tal ofensa, inspiró en el toro un furor salvaje con el que arrasaba todo cuanto encontraba a su paso por la isla y en la reina Pasífae el deseo amoroso por el toro. Dédalo, que estaba al servicio de la casa real cretense, construyó en madera la estructura de una vaca, la revistió con una piel de vaca auténtica y, colocando a la reina en el interior, consiguió atraer la atención del toro, que no tardó en fecundar a Pasífae. De esta unión nació un extraño ser que tenía cuerpo de hombre y cabeza de toro: el famoso Minotauro.
Ícaro
Ícaro
Era el signo que le había elevado al trono y que, según la promesa del rey, tenía que ser ofrecido en sacrificio al dios de los mares, de donde éste lo había hecho emerger. Incumplido el voto, el castigo no se hace esperar: es de ley.
Según el mito, irritado por tal incumplimiento, Poseidón vuelve furioso al toro y enloquece a la reina Pasífae, que desde entonces siente por la bestia un amor irresistible —no es el único caso de bestialismo que nos refiere la mitología— y no cejará en su empeño de unirse con él. Estaba a la sazón en la corte un hombre ingenioso, artesano y raro inventor que había huido de Atenas y buscado refugio allí; se llamaba Dédalo, y Pasífae —brillo, fulgor, luz para todos— recurrió a sus buenos oficios para consumar su monstruoso proyecto. El exiliado construyó con su arte una ternera de madera tan natural, que el animal cayó en el engaño y se apareó con ella —con Pasífae, que se hallaba oculta en su interior— y al cabo de los meses nació una monstruosa criatura, medio hombre, medio toro, que recibió el nombre de Minotauro, «el toro de Minos». El rey, irritado y lleno de vergüenza, recurrió también a la habilidad y destreza de Dédalo para que construyera un aposento en que viviera aquél, lejos de todos.
El resultado de los trabajos de Dédalo fue el Laberinto, el palacio en que vivía Minotauro, un conjunto inmenso de piezas, pasillos, corredores, salones, del que era imposible —salvo para Dédalo— salir, y en que todo visitante, desorientado, perecía sin más, por no hallar la salida. Allí vivía el monstruo, y allí devoraba —dice el mito— los tributos que las ciudades tributarias de Minos remitían al rey. Según la leyenda, anualmente los atenienses enviaban a Creta siete parejas de jóvenes, siete varones y siete mujeres, que constituían su censo y serían pasto del Minotauro.
El Laberinto es, hoy, un recuerdo imborrable de la civilización minoica, es el palacio de la labrys, del hacha, es el símbolo de una cultura en la que se rendía culto especial al toro. Quien viaja a Creta y visita Cnosos, no olvida el Laberinto.
Ícaro
Ícaro
Ícaro
...Y doro y adoro a esas lenguas hermanas que no dicen lo mismo pero
se entienden, se respetan y esgrimen el
ecomurmullosablefloretetirachinasbanjoflautadulce que suena igual en cualquier
lugar de éste maldito horno.... ¿o era inframundo?; donde la carne
empieza a comerse a los cabellos y cepilla el pestañeo, adoro la
escaramuza, el retruécano, la canga y el perdón, el desliz, la errata y
la tara, la arruga, el desdén y el orden perfectamente alterado. Pero
por encima de lo que el fuego aparenta.... me muero por las ascuas, las
brasas, las vetas, las cenizas y la integridad.... y si el fuego arde,
quema. Y si el fuego enroceje, lloras. Y si el fuego suena, crujes. Y
si el béndito fuego fuera humano, todos seríamos de sangre caliente....
que la gélida, la blanca, la lechosa sólo sirve para engendrar más
fuego a los nueve meses. De pequeño recuerdo el rebaño
de moscas dibujando corazones en torno a la bestia brava, moribunda antes de
ser rajada, sacrificada como una sandía.... y áquel río de inocencia desparramar, brotar, retar, fluir... la frontera entre lo que se debe hacer y lo que el gesto Pasífea... El paté del alma.
No miraré. No me daré la vuelta. Me niego a reconocer ese chasquido húmedo. Al otro lado de mi fila, detrás, lo tengo casi encima.
Lenguas que se voltean como cocodrilos contentos. No puede ser que ese ruido me distraiga, desde luego para mí ha de ser eso, sólo un ruido; no observaré el acto de transfundir una saliva a otra, compresiones de labios acaparando el volumen de vulvas sobadas hasta amoratarse, los dos juntos, separados, caras distintas de la misma hoja.
No necesito girarme para saber lo que pasa; la pastosidad, el preludio de cuando la lengua es un animal vivo que escarba tercamente. No me puedo concentrar en nada, tal vez en hurones haciendo hoyos en la tierra; este sonido de cuchara que remueve la papilla me pone nerviosa.
Tendría ganas de levantarme, de recriminarles, intimidar, censurar con el aplauso del resto de pasajeros, idiotas que tanto me hubiesen molestado si este trayecto fuera otros. Iros a un parque, pequeños imitadores. Meteos detrás de un árbol y coged reúma, a ver si perdéis las bragas entre los espinos y se os llena la garganta del barrillo que se forma en los jardines con el meado de los perros.
Las mismas buenas razones que siempre imaginé que los demás pensaban para mí. Sin atreverse a decírmelas, pero con todo el peso de una culpa grande y muda. Insultos de transeúntes al mirar, cuando andaba por la calle con el cuello mordido y tú me llevabas cogida por la cintura. Alquilad la habitación de una pensión barata. Iros a la playa a revolcaros detrás de una roca, manchados, entumecidos como los caracoles tímidos, como hemos hecho los demás.
Es probable que también nos besáramos en los autobuses y en los ascensores y en los cines.
Tú eres el mejor testigo: cuántas veces parejas como ésta, que ahora me dan asco, significan perder por fin el miedo, encontrar la garantía de que yo también me acercase a su boca para deambular entre su carne suave e interior, desde el primer contacto seco hasta los círculos mojados que se imprimen en las comisuras.
Si hubieras sido otra persona, yo no hubierna necesitado pretextos. No sé por qué me empeñaba en besarte. Tanto me he escondido que hoy me levantaría y les haría sentir sucios. Por ti, me he minimizado y no logro entender por qué ahora me indignan y no soy capaz de gritarles, cuando tú eres la única causa de mi cobardía y de toda mi vergüenza.
Despiértate. La cama está más fría y las sábanas sucias en el suelo. Por los montantes de la galería llega el amanecer, con su color de abrigo de entretiempo y liga de mujer.
Despiértate pensando vagamente que el portero de noche os ha llamado. Y escucha en el silencio: sucediéndose hacia lo lejos, se oyen enronquecer los tranvías que llevan al trabajo. Es el amanecer.
Irán amontonándose las flores cortadas, en los puestos de las Ramblas, y silbarán los pájaros -cabrones- desde los plátanos, mientras que ven volver la negra humanidad que va a la cama después de amanecer.
Acuérdate del cuarto en que has dormido. Entierra la cabeza en las almohadas, sintiendo aún la irritación y el frío que da el amanecer junto al cuerpo que tanto nos gustaba en la noche de ayer,
y piensa en que debieses levantarte. Piensa en la casa todavía oscura donde entrarás para cambiar de traje, y en la oficina, con sueño que vencer, y en muchas otras cosas que se anuncian desde el amanecer.
Aunque a tu lado escuches el susurro de otra respiración. Aunque tú busques el poco de calor entre sus muslos medio dormido, que empieza a estremecer. Aunque el amor no deje de ser dulce hecho al amanecer.
-Junto al cuerpo que anoche me gustaba tanto desnudo, déjame que encienda la luz para besarte cara a cara, en el amanecer. Porque conozco el día que me espera, y no por el placer.
Es verdad, no es un cuento;
hay un Ángel Guardián
que te toma y te lleva como el viento
y con los niños va por donde van.
Tiene cabellos suaves
que van en la venteada,
ojos dulces y graves
que te sosiegan con una mirada
y matan miedos dando claridad.
(No es un cuento, es verdad.)
Él tiene cuerpo, manos y pies de alas
y las seis alas vuelan o resbalan,
las seis te llevan de su aire batido
y lo mismo te llevan de dormido.
Hace más dulce la pulpa madura
que entre tus labios golosos estrujas;
rompe a la nuez su taimada envoltura
y es quien te libra de gnomos y brujas.
Es quien te ayuda a que cortes las rosas,
que están sentadas en trampas de espinas,
el que te pasa las aguas mañosas
y el que te sube las cuestas más pinas.
Y aunque camine contigo apareado,
como la guinda y la guinda bermeja,
cuando su seña te pone el pecado
recoge tu alma y el cuerpo te deja.
Es verdad, no es un cuento:
hay un Ángel Guardián
que te toma y te lleva como el viento
y con los niños va por donde van.
Ábrete, ábrete pequeña hoja verde; ábrete, ábrete gran puerta de piedra.
Leonora Carrington
Gato-Hombre
“Soy mujer, pero tengo talento”, clama Lisístrata desde la Acrópolis.
A través de los siglos, su voz es la de todas las mujeres. Mujeres que vivimos en un mundo donde la palabra y la agresividad viriles aún tienen la fuerza para hacer de la guerra, por ser “cosa de hombres”, un arte, pero, afortunadamente, ese poder es insuficiente para hacer del arte una guerra, pues el talento, el genio, también es “cosa de mujeres”.
De ahí que sean las mujeres quienes en las guerras han padecido y padecen las más terribles congojas, y en el arte sólo su avasallante talento, su genio, ha sido y es el que, trascendiendo el tiempo, avala el genuino valor artístico y universal de sus obras.
Este es el caso de Remedios Varo, una mujer signada por las guerras y el genio artístico. Creadora de una original, fascinante, enigmática y poco conocida obra, gracias a la cual, 37 años después de su muerte, el Museo Nacional de Mujeres Artistas en Washington, D. C. (único museo en el mundo dedicado a las obras de arte creadas por mujeres) ha exhibido una extraordinaria retrospectiva de su pintura, valorando así el nombre y el arte de “una de las pintoras más importantes del siglo pasado”. Mas ¿quién es Remedios Varo?
Exploración de las fuentes del río Orinoco
Ecos de una vida
Los connaisseurs la presentan como una de las principales exponentes del “surrealismo mexicano tardío”, pues fue en México —país de rasgos socio culturales señaladamente machistas— donde coincidencial y paradójicamente floreció la obra de tres mujeres vinculadas al movimiento surrealista: Leonora Carrington, Frida Kahlo y Remedios Varo.
María de los Remedios Varo Uranga, hija de la extravagante unión de un librepensador ingeniero hidráulico y de una devotísima católica, nació en Anglés, España, en 1908.
Debido a la profesión del padre, la familia viajaba frecuentemente a través de las geografías española y norteafricana. Para mantener entretenida a la niña, que ya daba muestras de su talento para el dibujo y la pintura, el padre la sentaba a su lado mientras trazaba los planos y diseñaba los aparatos mecánicos de sus proyectos hidráulicos, pero, a todas éstas, la madre consideraba que su hija no estaba recibiendo la formación apropiada para una niña de buena familia y decidió internarla en un colegio de monjas.
tránsito en espiral
Cuando la familia se estableció definitivamente en Madrid en 1924, el padre, conocedor de su aptitud para la pintura, la estimula para que ingrese — a pesar del escándalo y disgusto de la madre y sus amigas— a la Academia de San Fernando, donde se convirtió en una de las primeras mujeres estudiantes de arte.
En San Fernado fue condiscípula de Dalí y de Gregorio Lizarraga, con quien se casó luego de graduarse. Juntos se marcharon primero a París y después a Barcelona —en ese momento la capital del modernismo español—, y allí se vincularon con Oscar Domínguez, Esteban Francés, Marcel Jean y otros artistas de vanguardia.
Al estallar la guerra civil española, Remedios se separó de Lizarraga y retornó a París.
Paris era luz y arte, y el arte era surrealista. Conoció a Benjamín Peret y se unieron sentimentalmente en 1937. Peret la introdujo en el círculo de los surrealistas e, inmediatamente, se creó la empatía y afinidad entre Breton, Eluard, Crevel, Desnos, Miró, Arp, Naville y ella.
¡Nuevamente la guerra! París cayó bajo las los cascos, las botas, los tanques y la cruz gamada Nazis; Peret y Varo lo hicieron tras las rejas del gobierno de Vichy, el cual los mantuvo en un campo de concentración hasta finales de 1941 cuando con la ayuda del Comité para Rescates de Emergencia, pudieron escapar a México, donde serían acogidos por la inmensa comunidad de artistas exiliados en ese país.
Corría el año 1947 cuando Peret decidió regresar a París. Varo lo acompañó, pero ya no fue la misma en Europa. Era una mexicana en París y sentía que su antiguo grupo del círculo surrealista ya no era más su gente. Extrañaba al país y al pueblo que la habían acogido y que ella había hecho suyos. Retornó a México, y esta vez fue para siempre.
En 1952 contrajo matrimonio con Walter Gruen —un refugiado político austriaco—, quien, como su padre, al darse cuenta de su singular talento la estimuló y ayudó para que se dedicara exclusivamente a pintar, ya que desde su llegada a Ciudad de México se ganaba la vida como diseñadora y decoradora. De este modo nació el período más fructífero en la producción artística de Varo, el cual se vio truncado de manera intempestiva en 1963 cuando, víctima de un ataque cardiaco, falleció a la edad de 55 años.
La Llamada
Remedios Varo, según Luis Martín Lozano (el crítico que por conocer mayormente su obra, ha sido el curador de la exposición en el MNMA), “tiene un pie en la tradición, y el otro, en la experimentación, pues sus cuadros son como enigmáticas preguntas que no tienen una respuesta específica”. Realmente, ante sus obras el espectador se tropieza con elementos que le resultan sumamente familiares y comienza a preguntarse: ¿dónde he visto este cuadro antes?
La memoria comienza a andar y desandar sin hallar la respuesta concreta, ya que ésta se encuentra en las experiencias infantiles, en los sueños y en las imágenes que pueblan el arte universal. Por lo tanto, lo ya visto está en las iluminaciones y las miniaturas medievales; en los cuadros de Giotto y Lorenzetti; en la pintura del Primer Renacimiento italiano, especialmente Fra Angélico; en Hyeronimus Bosch, Pieter y Jan Breughel y Lucas de Leiden, y desde luego, en el arte surrealista.
En su obra se amalgaman los sueños, los recuerdos de la infancia, las vivencias femeninas y los temores y horrores de la guerra; la búsqueda del conocimiento y la verdad a través de la ciencia, la religión y la filosofía. Su espíritu explora y se adentra en las teorías que van desde la de la gravitación universal hasta la de la relatividad; en el misticismo, el tantrismo y el budismo zen; en el psicoanálisis y, especialmente, los trabajos de Jung; en el Apocalipsis de San Juan y el Corpus Hermeticum que comprende algunos tratados de filosofía neoplatónica y gnóstica, así como también sobre el orfismo, la alquimia, la magia, la metapsíquica, la qabbalah, etc., y el tarot. Por eso, cuando en México conoció a la pintora y escritora Leonora Carrington, de inmediato se hicieron grandes amigas, pues la sensibilidad artística compartida llegaba a tal punto que Varo se refería a Carrington como “mi alma gemela en el arte”.
Hacia la torre
El misticismo de un lenguaje visual
En la obra de Varo la imaginación, como decía Breton, no perdona.
Salvo en obras como “Hacia la torre” (1960), donde la naturaleza es sombría y predominan los colores oscuros tanto en las edificaciones como en los personajes, el lenguaje visual de Remedios Varo ilumina con su color y su magia la posibilidad de acceder a una realidad más allá de la cotidiana; de transportarse a fantásticos mundos en los cuales los hombres se transmutan en gatos, porque de ellos será el paraíso; las mujeres viajan en extrañas barcas o alimentan con puré de estrellas a la luna o reciben llamadas para ascender a otros planos de la existencia; los juglares hacen malabarismos con la piedra filosofal; las naturalezas muertas resucitan y en las nubes la Jerusalén celestial gira sin detener jamás su movimiento.
Para Varo todo es posible. Al hacer uso de la decalcomanía, el fumage y el frotagge —técnicas muy usadas por los pintores surrealistas—, metaforiza el mundo interior y los cambios existenciales, de ahí que en “Gato-hombre” (1943) logre transmutar un ser en otro. Nada la detiene en su búsqueda de nuevas dimensiones metafísicas y espaciales, y para hallar el perfecto equilibrio en “Tránsito en espiral” (1962), los personajes se mueven incansablemente a través de interminables circunvoluciones alrededor de su Jerusalén celestial. Igual sucede en “Naturaleza muerta resucitando” (1963), en la que, al trastocar los conceptos de tiempo, energía y cosmos, se aleja de la racionalidad de las ciencias, penetra en el reino de la metapsíquica y logra insólitos efectos visuales. También en “Paraíso de gatos” (1955), uno de sus más fascinantes cuadros, se vale de su exquisito humor y lo pone al servicio de la imaginación y el color para burlarse de los humanos que andamos tras el paraíso perdido, pues para alcanzarlo tendremos que trasmutarnos en gatos, ya que su edén está sólo reservado para las Cleopatras y los Renés Mermelados que maullarán y jugarán felices por toda la eternidad.
En consecuencia, ante la obra de Remedios Varo hay que admitir que las tonalidades, el movimiento, la alegría, la luz y los enigmas han hecho de su imaginario una expresión de lo maravilloso, por eso en sus autorretratos “La llamada” (1961) y “Exploración de las fuentes del Río Orinoco”(1959), su radiante figura avanza portando el divino elixir o navega en beatífica gracia, pues sabe que definitivamente ha abierto la “puerta de piedra” y revelado los arcanos de la existencia donde, como decía Breton, “solamente lo maravilloso es bello”.
El charco del vientre, el chapoteo del mador, el cuenco de cuatro manos, el tul de lo perceptible, las gotas que se esfuman y que calan visillos, bambalinas, dobleces, trenzas y rizos de esperanza, lágrimas dulces de alegría.
El anhelo se lucha a diez yemas.
La noche es traidora de luces, sedienta de migas, perra de cojera, tierna de forjas y apaciguadora de clarividencias eternas.
La noche es haz de luz, haz del deber, haz de mieses, haz de la más bella faz que el universo de un mundo acoge en su halda.
Y ella, honesta, leal, agotadora comulga con ruedas de pequeños dedos y enormes gestos.
El tallaje me inquieta, como noche sedienta.
Casi un repelús maravilloso amalgama.... el enclave dónde duermen vida tranquila y lucha eterna.
De clavar.
De clavablanda.
De cabal.
De cabestro.
De cabizbajo.
Sus alas nacaradas arraigan toda la sinergia de sus colores y destrozan los miedos fatuos y caníbales que hace catorce unos parloteaban entre manzanas azules y avernos azabaches.
El matiz es un dulce veneno que nutre, y su plenitud el engranaje majestuoso por el que la pureza fluye sin pedir, cuerda locura donde los saltos se dan poco a poco y se sueltan mucho más.
Tan en paz que me acongojo, tan feliz que me oscurezco, tan tendido en la duermevela que la sed aturde al alba y el hambre carcome a los días para dejar de ser y estar migas de pan negro.
Me pierdo cuando tus ojos se ponen negros. Y me encuentro cuando duermo en ti sin advertir que la noche ya no tiene sed. Sólo hambre.
Lo que no se puede desunir es lo que nos habrá de separar. Éramos cuatro.
Cuatro, y agua. Sal.
Y quedaremos, quedamos sólo dos.
He rozado tu mirada mojada.
Tus pies descalzos y secos, desnudos de ostentosos pasos y enjutos en huella eterna.
Me has contado chistes con los tirabuzones.
Y penas sin lágrimas.
Soy feliz. Porque eres y estás.
Y la grieta de la pared no era un sueño.... es un puente, o un charco, un papel doblado que esconde mil letras y un mundo.
Me pones siempre un vaso de agua en el aire.
Y un espejo sin corsé.
La gran broma final, es el principio del uno.
Ya no me pregunto.
Todo tiene sentido de tu mano.
La gran historia es nuestro barro. Agua y sal.
Y escuece y duele, pero crece inexorablemente.
Es cierto, el lenguaje instintivo es lo único sincero que se entiende.
El papel sin doblez, las palabras sin necesidad, las letras sin cuentas pendientas, los silencios dialogantes.
Seguiré rozando tu mirada mojada y sonreiré, siempre sonreiré cuando sigas rozando lo mojado que está el suelo y el silbido.
Silbas con primor y alevosía.
Y me encaaaaaaaaaaanta.
...
Pero dentro, el alma nos suda los latidos. En las afueras el escepticismo ajeno es un diezmo, un puro y puto diezmo. Amén. Es maravilloso encontrarse y dormirse ante tu mirada.... estrecharse ante tus labios que sellan la paz de la guerra carnal y el sudario del relicario donde los pecados se enredan en las alas de la misericordia....
Oler tu hombro.
Comer de tus muñecas.
Buscar tus venas y mesar el pálpito de esa maraña de enredaderas bermellonas.
Mesar y oler, estrechar y lacrar.
Moldear los labios de la otra boca y embarrarse con el dedal de cera tibia.
Aglutinar y deglutar el aire y el espacio que antes.... partisano conjugaba pasado, que ahora humilde y sincero no juega al cara a la pared.
Dormir en la boca de tu vientre. Y soñar en el despertador que a ras de suelo juega a las cosquillas con Morfeo.
Despertar mientras la peonza, el little einstein y los picapiedra juegan en el carril bici.... y así mientras el mundo gira en la alfombra del sol, nosotros se la tendemos a la luna del sereno, a las persianas del poquet a poquet....
No había nada, hasta que la naturaleza descubrió la exculpación.
Con la palanca del hueso del horizonte se levantó el primer menhir. Miles de años después, alli colocamos la botella de oscuro vidrio verde, allí, el disparo. Alrededor de la marca, los añicos centellean al sol, lentes de ciego para leer el epitafio del primer inmortal.
He ahí la belleza bastarda del cánon. El cuerpo anhela lo substraído, la materia informe de los cascajos, el rescoldo del vacío, la carnaza insepulta.
Furtiva, a la procura de repuestos, la humanidad peregrina el depósito de los monstruos.