Los cuatro puntos cardinales son tres: el Norte y el Sur.

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jueves, 16 de mayo de 2013

Basta con caminar para pararse y crecer

FotogafÍa: Kemal Kamil




Y ahí, en medio de la mentira y de la verdad, estaba yo, ingenuo, crédulo e incauto; pensando que la palabra es el espejo del pensamiento; que el gesto, un signo de puntuación. Sí, ahí estaba. Las formas de la vida corrían más que mi razón y necesitaba horas para darme cuenta de lo que se escondía tras ellas. Fue entonces cuando descubrí esa otra lengua sin palabras, signos de puntuación ni cortinas, esa lengua como la muerte bajo la que nada se puede ocultar ni los cuerpos, las osamentas ni el alma: el sexo.








jueves, 18 de abril de 2013

Mi pequeña sunshine

 
 
Fotografía: Kemal Kamil
 
 
 
Cuando estás ausente, tu figura se dilata hasta el punto de llenar el universo. Pasas
al estado fluido, que es el de los fantasmas. Cuando estás presente, tu figura se condensa;
alcanzas las concentraciones de los metales más pesados, del iridio, del mercurio. Muero de
ese peso, cuando me cae en el corazón.

Soledad. . . Yo no creo como ellos creen, no vivo como ellos viven, no amo como ellos
aman... Moriré como ellos mueren.

El alcohol desembriaga. Después de beber unos sorbitos de coñac, ya no pienso en ti. 

No hay nada que temer. He tocado fondo. No puedo caer más bajo que tu corazón

Un corazón es tal vez algo sucio. Pertenece a las tablas de anatomía y al mostrador
del carnicero. Yo prefiero tu cuerpo.

Nos rodea la atmósfera de Leysin, de Montana, de los sanatorios de alta montaña
acristalados como acuarios, gigantescas reservas donde continuamente acude a pescar la
Muerte. Los enfermos escupen confidencias sanguinolentas, intercambian bacilos,
comparan cuadros de temperatura, se instalan en una camaradería de peligros. ¿Quién
tiene más lesiones, tú o yo?

¿A dónde huir? Tú llenas el mundo. No puedo huir más que en ti.

Nos acordamos de nuestros sueños, pero no recordamos nuestro dormir. Tan sólo
dos veces penetré en esos fondos, surcados por las corrientes, en donde nuestros sueños
no son más que restos de un naufragio de realidades sumergidas. El otro día, borracha de
felicidad como uno se emborracha de aire al final de una larga carrera, me eché en la cama
a la manera del nadador que se lanza de espaldas, con los brazos en cruz: caí en un mar
azul. Adosada al abismo como una nadadora que hace el muerto, sostenida por la bolsa de
oxígeno de mis pulmones llenos de aire, emergí de aquel mar griego como una isla recién
nacida. Esta noche, borracha de dolor, me dejo caer en la cama con los gestos de una
ahogada que se abandona: cedo al sueño como a la asfixia. Las corrientes de recuerdos
persisten a través del embrutecimiento nocturno, me arrastran hacia una especie de lago
Asfaltita. No hay manera de hundirse en este agua saturada de sales, amarga como la
secreción de los pájaros. Floto como la momia en su asfalto, con la aprensión de un
despertar que será, todo lo más, un sobrevivir. El flujo y reflujo del sueño me hacen dar
vueltas, a pesar mío, en esta playa de batista. A cada momento, mis rodillas tropiezan con tu
recuerdo. El frío me despierta, como si me hubiera acostado con un muerto.

Soporto tus defectos. Uno se resigna a los defectos de Dios. Soporto tu ausencia. Uno
se resigna a la ausencia de Dios.

Lo único horrible es no servir para nada. Haz de mí lo que quieras, incluso una
pantalla, incluso un metal buen conductor.

Amar con los ojos cerrados es amar como un ciego. Amar con los ojos abiertos tal vez
sea amar como un loco: es aceptarlo todo apasionadamente. Yo te amo como una loca.

Se llega virgen a todos los acontecimientos de la vida. Tengo miedo de no saber cómo
arreglármelas con mi dolor.

Ardiendo con más fuegos... Animal cansado, un látigo de llamas me azota con fuerza
las espaldas. He hallado el verdadero sentido de las metáforas de los poetas. Me despierto
cada noche envuelta en el incendio de mi propia sangre.

Cuando vuelvo a verte, todo se torna límpido. Acepto sufrir.
 
 
Marguerite Yourcenar. 
 
 
 
 
 

lunes, 23 de abril de 2012

Estás perdiendo la cabeza

Fotografía: Kemal Kamil
 
 
 
 
 
- ¿Cómo era papá? - le pregunté a mi madre.
- Crujiente, un poco salado, rico en fibra.
- Quiero decir antes de comértelo.
- Era un mequetrefe inseguro, angustiado, neurótico, un poco como todos vosotros, los machitos, Visko.

Me sentía más cercano que nunca a aquel genitor al que no había llegado a conocer, que se había descompuesto en el estómago de mamá mientras yo era concebido. De quien no había recibido calor sino calorías. Gracias, papá, pensé. Sé lo que significa, para una mantis macho, sacrificarse por la familia.

Me detuve un instante, en grave recogimiento, ante su tumba, es decir, ante mi madre, y entoné un miserere.

Al poco rato, como pensar en la muerte nunca dejaba de provocarme una erección, consideré llegado el momento de reunirme con Ljuba, el insecto al que amaba. La había conocido un mes antes, en el matrimonio de mi hermana, que por otra parte era también el funeral de mi cuñado, y había quedado prisionero de su cruel belleza. No habíamos dejado de vernos desde entonces. ¿Cómo había sido posible? Dios me había bendecido con el don más apreciado por nosotros, los mantis: la eyaculación precoz, condición indispensable de cualquier historia de amor que aspire a no ser efímera. La primera semana había perdido solo un par de patas, las reptatorias, la segunda el prototórax, con sus anexos para el vuelo, la tercera...

- ¡No lo hagas, Visko, por el amor de Dios! - empezaron a gritarme mis amigos Zucotic, Petrovic y López, encaramados en las ramas más altas.

Para ellos la hembra era el demonio, la misoginia una misión. Desde la metamorfosis sufrían algún tipo de desviación o disfunción sexual, habían adoptado los votos del sacerdocio y se pasaban todo el santo día mascando pétalos y recitando salmos. Eran muy religiosos.

Pero no había oración que pudiera detenerme, no ahora, que oía el gélido suspiro de mi amada, el sombrío rumor de sus membranas, su fúnebre y burlona sonrisa. Me moví frenéticamente en dirección a aquellos sonidos, con la única pata que me quedaba, apoyándome en mi erección, esforzándome por visualizar la gloria de sus formas, ahora que no podía verlas porque ya no tenía ocelos, ahora que no podía olerlas porque ya no tenía antenas, ahora que no podía besarlas porque ya no tenía palpos.

Por ella había perdido ya la cabeza.
 
 
Alessandro Boffa
del libro: Eres una bestia, Viskovitz