Los cuatro puntos cardinales son tres: el Norte y el Sur.

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lunes, 30 de julio de 2012

Los edukadores (2005)

Dedicada a la niña de mis ojox. El mimbre que nos unió hace algo más de un año.

Tactma hqlmns



jueves, 26 de julio de 2012

Perra ciudad, gata cité.

Fotografía: Luigi Benedetti




Un poema es una ciudad llena de calles y cloacas,
llena de santos, héroes, pordioseros, locos,
llena de banalidad y embriaguez,
llena de lluvia y truenos y períodos
de ahogo, un poema es una ciudad en guerra,
un poema es una ciudad preguntando por qué a un reloj,
un poema es una ciudad ardiendo,
un poema es una ciudad bajo las armas
sus barberías llenas de borrachos cínicos,
un poema es una ciudad donde Dios cabalga desnudo
por las calles como Lady Godiva,
donde los perros ladran en la noche y persiguen
la bandera; un poema es una ciudad de poetas,
muchos de ellos muy similares
y envidiosos y amargados...

[...]


The Days Run Away Like Wild Horses Over The Hills, Charles Bukowski, 1969.


Y una ciudad es conjunto de pena orquestada. De asfalto sin alquitrán, ni mirada, ni labio ni murmullo callado. Una ciudad es un diccionario, la letra E en rúbricas doradas, 11º palabra, corondel ciego. E de engaño. Una pecera enjaulada. Sin raspas que peinar, de huesos que sajar para dar de comer lo que se envasa en el olvido. Glotones famélicos y hambruna tuerta. Un ovillo desatado y una rueca pinchada. Un mar de piedras. Y la piedra del que lazó el mapa de su memoria a la esperanza de sus sueños.

Una ciudad es un puerto de partida y una salida a los sonidos que por inventar engañan la memoria del santo bebedor de letras perdidas y vocales muertas. De palabras céntricas y enlatados gestos.

Una ciudad es dónde jamás dejaré que me entierren.

Por ello siempre huyo de dónde hace frío . . . en sus entrañas.
















The Black Keys





El nombre de la banda se inspiró en un artista amigo del grupo que padecía de esquizofrenia y que usaba el término black keys para describir a "las personas que no estaban del todo bien". Un doble significado también puede interpretarse como el hecho de que las teclas negras (black keys) de un piano comprenden una escala pentatónica menor empezando en mi bemol mayor, que se asocia frecuentemente con el blues y el rock.
El grupo editó su primer álbum The Big Come Up en el 2002, seguido por Thickfreakness en 2003 y Rubber Factory en 2004. En octubre de 2005 salió a la venta su DVD en vivo, Live que fue grabado en el Metro Theatre de Sídney el 18 de marzo del mismo año. Para 2006 editaron Magic Potion y el menos conocido EP Chulahoma.
Han logrado gran reconocimiento y aclamación por parte de la crítica desde que su álbum debut fuera ovacionado por la revista Rolling Stone[1]. La revista Time los nombró como uno de los "10 mejores actos del 2003"[2] (detrás de OutKast y The White Stripes). Le han abierto a varios grupos como Beck y Radiohead, salido de gira con otros como Sleater-Kinney y participaron en el festival Lollapalooza de 2005. Además, recibieron gran apoyo del influyente locutor británico John Peel, aparecieron en el Late Night with Conan O'Brien y el Late Show with David Letterman
Robert Plant (el cantante de Led Zeppelin), Billy Gibbons de ZZ Top y Thom Yorke y Jonny Greenwood de Radiohead son todos fans de The Black Keys[3]. Kirk Hammett, el guitarrista de Metallica también ha declarado en una entrevista que disfruta escuchar de su música. Matt Helders, baterista de los Arctic Monkeys, fue visto con una camiseta del grupo en una entrevista para MTV.





Él es el silencio

Fotografía: Svetlana Lenina
 
 
 
 
 
 
 
" Más allá de la oreja existe un sonido, la extremidad de la mirada un aspecto, las puntas de los dedos un objeto: es allí a donde voy. La punta del lápiz el trazo. Donde expira un pensamiento hay una idea, en el último suspiro de alegría otra alegría, en la punta de la espalda magia: es allí a donde voy. En la punta del pie el salto. Parece historia de alguien que fue y no volvió: es allí a donde voy. ¿ O no voy? Voy, sí. Y vuelvo para ver cómo están las cosas. Si continúan mágicas. ¿Realidad? Te espero. Es allí a donde voy. En la punta de la palabra está la palaba. Quiero usar la palabra "tertulia", y no sé dónde ni cuándo. Al lado de la tertulia está la familia. Al lado de la familia estoy yo. Al lado de mí estoy yo. Es hacia mí a dónde voy. Y de mí salgo para ver. ¿Ver qué? Ver lo que existe. Después de muerta es hacia la realidad adonde voy. Mientras tanto, lo que hay es un sueño. Sueño fatídico. Pero después, después de todo es real. Y el alma libre busca un canto para acomodarse. Soy un yo que anuncia. No sé de qué estoy hablando. Estoy hablando de nada. Yo soy nada. Después de muerta me agrandaré y me esparciré, y alguien me dirá con amor mi nombre. Es hacia mi pobre nombre adonde voy. Y de allá vuelvo para llamar al nombre del ser amado y de los hijos. Ellos me responderán. Al fin tendré una respuesta. ¿Qué respuesta? La del amor. Amor: yo os amo tanto. Yo amo el amor. El amor es rojo. Los celos son verdes. Mis ojos son verdes tan oscuros que en las fotografías salen negros. Mi secreto es tener los ojos verdes y que nadie lo sepa. En la extremidad de mí estoy yo. Yo, implorante, yo, la que necesita, la que pide, la que llora, la que se lamenta . Pero la que canta. La que dice palabras. ¿Palabras al viento? Qué importa, los vientos las traen de nuevo y yo las poseo. Yo al lado del viento. La colina de los vientos aullantes me llama. Voy, bruja que soy. Y me transmuto. Oh, cachorro, ¿dónde está tu alma? ¿Está cerca de tu cuerpo? Yo estoy cerca de mi cuerpo. Y muero lentamente. ¿Qué estoy diciendo? Estoy diciendo amor. Y cerca del amor estamos nosotros. "

Clarice Lispector,  Silencio
 
 
 
 
 
 
 

Desfile de la desmemoria





Fotografía: Saad Salem




"Los pies praguenses donde vivió Frank Kafka, y sus corbatas negras y sus sombreros y sus zapatos. El pelo enjuto de James Joyce, cuya mano quemó Dublín. Los amantes de Luis Cernuda, riéndose a sus espaldas. La esposa de Shakespeare, vieja y adúltera. Los ojos verdes y estrábicos de la enfermera jefe de la clínica en que murió Nietzsche. La mano de mujer que cogió los botines de piqué de Ramón Valle-Inclán y los arrojó por la ventana. La sífilis saltarina que Gustavo Adolfo Bécquer paseó por Madrid. La sífilis idéntica pero paseada por París de Charles Baudelaire. El padrenuestro que reza el fantasma de Rimbaud en una morgue de Marsella y Dios que se hace el sordo. El padrenuestro que reza Jorge Manrique antes de soltar la mano de su padre muerto. La risa de Quevedo mientras evacúa en una esquina de Madrid, en tanto rebota el mundo en su vesícula como una piedra verde. La madre con gota de Flaubert. La autopsia de Larra, su joven cerebelo. La carne de la máscara de Fernando Pessoa. La foto del padre de Dostoievsky en la billetera de Lenin. La cabeza muy grande de Rubén Darío, tan grande como su miedo. Las sopas de ajo que marea todas las noches el Manco de Lepanto con la mano buena mientras se mira con discreción la mano ausente. Los cien kilos secos que Oscar Wilde exhibe por los cafetines de París con orgullo marchito. La mano que aúlla de Pablo Neruda. El cadáver de Cela servido con guarnición de ministros. El gran desfile de la soledad de todos los tiempos, la soledad y sus palabras, la literatura."


 "Literatura" en Resurrección, de Manuel Vilas, 2005





Lo que la piel no dice

Composición de Jessica Hines






No está escrito en ningún sitio que la piel quiera ser envenenada, ni que prefiera la tinta, a la limpieza original. No está escrito que la voluntad tenga derecho a imponerse sobre la naturaleza. Ni que las mujeres quieran vivir grabadas en los brazos de unos hombres, que tal vez, algún día, no serán suyos. Nadie sabe si es del todo lícito imponerse una condena, una marca, un estigma. No está escrito que sea justo que el dolor se premie, ni que la moda o el adorno o el capricho tengan por qué mezclarse con el alma. No hay razón para atarse a un símbolo cuya trascendencia puede ser transitoria y su presencia permanente. Nadie nos obliga, ni puede obligarnos, a decir para siempre. 

Y sin embargo más de una vez lo decimos. Y más de una vez nos manchamos la piel, con la tinta de una idea, de un presagio, de una certeza, que después se olvida, de un amor que después se pierde, o se arruina, de una emoción que creímos duradera, pero que al final, por más que nos neguemos a verlo, estaba de paso. Se van quedando los días, que ya fueron, en la piel, y al mirar atrás, son las marcas las que nos recuerdan aquello que fuimos. 

Tal vez en algún momento soñemos con escapar de esta condena, porque al querer ser otros, nos condenamos irremediablemente a ser lo que ahora somos. Y pesa. ¿Pero acaso no pesan también los besos, las palabras que dijimos, el daño que hicimos y el que nos hicieron, acaso no pesa también la historia invisible que arrastramos? 

No sólo existe lo que puede verse, existe también lo que se intuye, lo que se promete, lo que se da, existe lo robado y lo que no conseguimos robar. 

La vida se amontona en los márgenes de la piel señalada y la piel señalada, se va convirtiendo en una nota al pie de la página de nuestra historia. 

¿Qué dicen los versos de amor cuando el amor se ha ido, a quién le hablan, qué explican exactamente? ¿De qué o de quién hablan las canciones del pasado? ¿Qué fue de la furia, del rencor, del entusiasmo, del champán y su resaca? ¿En qué momento nos dimos cuenta, de que nada de lo nuestro, era nuestro para siempre? 

La piel recuerda. Y en la temporada de las lluvias, no se borran nunca todos los caminos de vuelta a casa. La piel recuerda un tiempo anterior a la tinta, antes de ser señalada, y recuerda, un tiempo de soledad, antes de ser amada, aunque a menudo no recuerde con precisión el motivo de todo lo sucedido. 

Las señales que dejamos nos permiten reconstruir las cosas que rompimos. Se avanza a tientas por el pasado, y aunque no todas las piezas encajan, y algunas ni aparecen, poco a poco, se reconoce un olor, un momento, una noche, o el color de sus ojos. Las señales que dejamos en la piel, nos traen algunas de las cosas que tuvimos, que fueron nuestras, cuando el tiempo no existía, y la memoria no era necesaria. 

Porque puede ser que nada se recuerde, pero también puede ser que el amor se empeñe en pelear contra el olvido, como un boxeador sonado y persistente. Puede ser que los días se sobrepongan al rigor de los días, que todo se sume y se amontone, que nada se pierda del todo. Y puede ser que la piel quiera recordar después de todo, los nombres de las mujeres amadas, y las causas de todas las batallas, ganadas, o perdidas, y que los pasos en la nieve no se vayan con la nive. No es imposible, que lo que pareció arrogancia o locura termine por dar fé de lo que fuimos, y que nuestras manos se llenen, cuando ya no esperemos nada, de nuestros pasados y, tal vez, de otros futuros. 

No puede descartarse que en algún momento, recuperemos el orgullo y el sabor de lo vivido. No puede descartarse que volvamos sobre nuestros pasos, que reencontremos el sentido a lo perdido, ni debería ser imposible, y seguramente lo sea, que llegado el día, volvamos a entender el código cifrado de nuestra piel, el mensaje en la botella que lanzamos hace mucho, mucho años. 

Puede ser, incluso, que al final del camino, volvamos a hacer las paces con el tiempo y empecemos a entender, de nuevo, como niños que recuerdan donde escondieron sus tesoros, nuestros propios tatuajes.


Ray Loriga



 

Does it hurt? (2007)


lunes, 23 de julio de 2012

Moliniere

 



Pierre Molinier (1900 - 1976), pintor y fotógrafo francés, nacido en Burdeos, donde transcurrirá la mayor parte de su vida. En su primera etapa, más consagrada a la pintura y al dibujo, expone regularmente en los salones como miembro de la Sociedad de Artistas Independientes de su ciudad natal. Sus paisajes y naturalezas muertas, en esta época, se aproximan a los planteamientos impresionistas, mientras que sus retratos y autorretratos poseen matices mucho más expresionistas. A comienzo de los años 50, a raíz de la presentación de su obra "Le Grand Combat", juzgada como indecente, en la que ya aparecen claramente reflejadas las obsesiones eróticas y fetichistas, que caracterizarían toda su trayectoria posterior, se produce una ruptura con su comunidad artística.

A mediados de los 50, Molinier contacta con André Breton, quién le apoyaría para integrarlo en su grupo y exponer en París, llegando a componer la portada del nº 2 de la revista "Le Surréalisme même" y participando en ediciones posteriores. Formaría parte del movimiento surrealista, aunque sus planteamientos y opiniones diferían, a menudo, del Surrealismo. En 1965 el detonante del conflicto con sus compañeros de grupo sería la presentación de un lienzo que consideraron demasiado irreverente, titulado: "Oh!... Marie, Mère de Dieu" (¡Oh!... María, Madre de Dios). Ello, unido a su difícil carácter, a menudo blasfemo y obsceno, acabaría desembocando en un alejamiento de Breton y los surrealistas.

Finalmente, Molinier se recluyó en su pequeño apartamento de Burdeos, prácticamente marginado y aislado del resto del mundo, frecuentado en ocasiones por su pequeño grupo de amigos y amantes (hombres y mujeres), donde se consagrará totalmente a su obra plástica y en especial a la fotografía, camino que ya había emprendido desde los años 60. Su obra fotográfica, basada principalmente en autorretratos y en composiciones de fotomontajes, donde Moliner se erige en el propio objeto y sujeto de la obra, es una de las expresiones eróticas más fascinantes que ha dado el arte del siglo XX. Pierre Moliner, precursor del Body Art, se reinventa una y mil veces a través de un transformismo narcisista, en el que usará sus fetiches femeninos favoritos como medias, zapatos de tacón de aguja, corsés, guantes, etc. y objetos fálicos, tales como variados consoladores elaborados por él, para convertirse en un ser imaginario, andrógino, casi mitológico, que reúne en sí mismo la esencia de ambos géneros. Recrea un erotismo onanísitico, de gozo autosuficiente y egocéntrico y de tono sadomasoquista, transgrediendo a su vez los valores ortodoxos de la virilidad. Para sus características composiciones "calidoscópicas", se sirve del fotomontaje y de la integración de múltiples fragmentos corporales, a modo de piernas, torsos y brazos de maniquís creados por él, al estilo de las muñecas de Hans Bellmer.

Pierre Molinier se suicidaría en 1976 en su apartamento, mandando una nota a sus amigos que decia: "Je me tue. La clé est chez le concierge." (Me mato. La llave la tiene el conserge.). Era una muerte anunciada. Ya en los años 50 expresó reiteradamente su deseo de morir. Se construyó una cruz, de las de cementerio, con el siguiente epitafio: "Aquí yace Pierre Molinier, nacido el 13 de Abril de 1900, muerto hacia 1950. Fue un hombre sin moralidad. Inútil llorar por él." Su suicidio fue un acto sereno y meditado, enmarcado en un escenario elaborado, como si se tratase de la culminación de su obra, en la que inevitablemente todo el proceso de manipulación del cuerpo debiera acabar en su desintegración.

En esta ocasión, he escogido dos fotografías del autor, que estimo muy representativas, pues encarnan el imaginario que repetirá de forma obsesiva. Por un lado, su autorretrato en actitud de gozo narcisista, travestido en ese ser andrógino que exhibe los atributos femeninos y masculinos al mismo tiempo, como deseo de perfección. Por otro, un fotomontaje a modo de reiteración fetichista de un cuerpo fragmentado en el que queda plasmado su obsesión por las piernas y sus complementos fetiches.