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Ícaro |
Sin parangón.
El laberinto con sabor a coco. La jaula de la lengua y las alas, pestañas. Largas como una mirilla rema a un universo forjado en silencios. Tan largas como el periscopio de sus manos mordidas. Sonidos guturales, preñados de cariño y gestos prendados de amor puro, oleosos. Viscosos, profusos. El muchacho del noventa y siete, apuraba la cuchara. Lamía sus bordes y fornicaba con sus encías lo hondo. Desincrustaba cualquier enzima que osara quedar.
La fuente de la inspiración. El adoquín. El cuenco de unas manos. Las imágenes. Hipérbole. La argamasa, fresada. El mosaico y la luz vidriera de algún rayo de sol perdido.... Su vista muy cansada, fijada en el sueño que de noche corretea por el desvelo...
La abstracta pincelada de sus besos succionados y los labios fresones, esporas de otro crepúsculo cotidiano. Una rutina, una costumbre. Un hilo sutil, concatenado a ese ritmo endemoniadamente sereno que las imágenes quietas aceleran cuando los espejos juegan con los reflejos y ellos con los demás espejos...
El barro nuncio. La terracota sucia. El parquet crujiente y el taburete volador. Una patena ayer, ahora y mañana. Una patena tan noble e inocente que nadie podría cuestionar si la madera es más poderosa que el becerro de oro. La espiral de un recuerdo sordo, mudo. Los columpios del viento y el polvo de unas huellas invisibles. El laberinto de coco fundido al yunque de sus párpados hinchados y que alegran sus largas.... pestañazas como caricias eternas y frondosas en la selva negra de su cabaña voladora...
Cubismo ingrato. Encriptado placebo. Risa franca, explícita, sonora... contagiosa. Atronadora.
Sin parangón.
El amor es él.
Amar es comprenderle, guiarlo, aprehenderlo, disfrazarlo de verdad cuando no sabe que son las mentiras. Amor es mimarlo, cuidarlo, desandarle, mostrarle la partitura del buen camino cuando corretea por el cielo protector...y no adivina qué calles existen y aceras cruzan. Qué mundo es simiente y cuál averno.
Amarle es sentir que el alquitrán es hierba fresca, la hierba... mar y el mar un laberinto de coco acuoso. Un juego de barros para niños ancianos...
Sin semáforos, sin cebras ni hormigax voladoras. Sin miedos, ni luces guía... Sólo el faro de su presencia. La orilla de un océano sin nombre ni descubridores que le bauticen....
De frente, de bruces, de repente, de nada. De cara, de alma, de ternura y mimo.
Su camino es un zoótropo hasta el infinito y más alla....
Parece un sinsentido pero tiene más del que la imaginación macera.
Es vida, la suya.
Es su hermoso y duro camino. Eterno.
La casita del amor sin laberinto... y con paredes de coco y chimenea por dónde a cada anochecer Mary Poppins le pone charcos a los zancos de su sonrisa....
Un reto.
Que el parangón le haga feliz. Tanto, que siga creciendo dónde el silencio grita su nombre y el recuerdo mesa sus largas...
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