Los cuatro puntos cardinales son tres: el Norte y el Sur.

miércoles, 20 de agosto de 2014

Sombrero de paja. Ala ancha. Mangas verdes.

Vesela Mihaylova


A estas alturas la capacidad de sorpresa a algunos nos tiene seriamente preocupados o perjudicados, casi como prefieras.

Unos porque creen que todo es demasiado previsible. Otros, que se han jartado de vivir la mala vida, de malamadre.. apenas valoran lo que tienen, suelen ser aquellos que tuvieron a la altura de la palma el perfecto orden, y sólo les queda el puño cerrado a cal y canto. Es decir, el dedo corazón en perpetuo cabestrillo. 

Algunos se emperran en encontrar el santo grial, cuando permanentemente ese dorado les pone el monóculo y no ven más allá de un palmo de sus narices. Me incluyo, soy un culo inquieto con trescientos pasaportes y un adn de lo más travieso.... aunque últimamente me amodorro y me extasio. La edad de cobre que se funde por bulerías y burlerías. Joputa, me llamo; joputa, me ensaño. Joputa, maldita la gracia.

Para la inmensa mayoría, la ambrosía no deja de ser eso: una santería sin corbata y con las carnes bien abiertas aguardando la rendición de cualquier parte de nuestro cuerpo.... incluido el cerebro (ajá, ese fruto que el árbol de la vida se atreve a madurar a medida que el tiempo falta....vaya jugarreta......), un arrebato con mucho de quinta marcha en caída libre, un palosanto dilapidado. El polvo, la maldita mota de polvo, es eso... la perfecta huida hacia delante pretendiendo distraer a toda nuestra vida de un ahora mismito y condensarla en una hora o dos, en una correría sin puyas, en unas arenas mojadas de artes plásticas donde los dedos son acuarelas y los gozos....sombras. Donde la querencia no acaba en barreras, sino entre las ingles del turno que rueda y rueda cuando al caprichoso impulso se le encoge la diestra. Recrear un encuentro furtivo con el salto del espantapájaros y el fumador de hierba....buena.

Parece mentira, que a algunos todavía nos quede una libra de sorpresiva bondad. Pero ahí vamos, caminando por ese alambre ardiente donde una loca noche de verano se nos llena la boca de voluptuosidad, de inocencia, de algo nuevo...diferente....tremendamente equidistante con las pajas que construyen el nido del cuco...y el vuelo, el complaciente vuelo de algo nunca visto....mientras el aire nos arde el cielo, el cielo de aquella gata que deshilvana el sombrero de paja.


Satén, canela, rayos y truenos. Damero, Hummus y la gravedad desubicada del rollo de papel de celofán.... mientras arda Troya, que se joda el infierno....que el higiénico se diluye en las aguas traídas.


Y aún, me duele.

Me duele, pero me gustó de mala manera.

Me duelen los huesos del estómago.

La quijada.

Me duelen los huevos pasados al grillete de su marfil.

Me pesan las mariposas de sus lóbulos que ronronean.

Los rizos oxigenados de su aroma diesel.

Me perturba, inquieta y malfolla su mirada....terriblemente pícara, desmedidamente dulce; provocadora que se acerca, mientras su corazón huye a regiones más cálidas....

Me fornica su perfume.

Su Venus imberbe.

Me late y acuchilla su estría madre; sus nalgas puente.

Aquella noche donde Damasco derrocó al persa del mercadeo, al pezón volcánicamente dormido.

Al pearcing que aniquila la armonía.

La gata que destroza el sombrero de paja mientras su cola turba a la pleitesía y ammistía al ajedrez de la vida.

El perro invisible al tacto. 

Huraño de sus encantos relame el tuétano que el laberinto deja como miga sagrada.

Aquel verano donde el perro maullaba y la gata ladraba...

...aquella noche donde el dosel doblaba campanas y un errante, un extraño azuluz moría desangrado sobre el Nocturno más ancestral.

Ella le echo el sombrero.

Y el sólo pudo encontrar... la sombra de su recuerdo.



















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