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Ícaro |
Cuando nace desde nuestro interior una tercera persona que nos desposee del poder del Yo, naces.
Digno, digna, libre.
Chorradas, bagatelas... te preguntarás. Te dirás. ¿ Qué azuza éste ?. ¿ Qué pretende ?. Nada más lejos, es un sentimiento, una sensación que empieza a pertubarme incluso cuando pienso y siento que compartir empieza a convertirse en una mentira que esconde ciertas verdades. Una mentira de verdades rotundas, asimétricas con quienes nos confían, quieren y respetan.
Estás en lo cierto, aborrezco el egoísmo cabezón, el intolerante... áquel Señor... o Señora que incuestionablemente se apodera de otras razones como suyas y se empeña en moler en la barrica del presunto y único copón de vino tinto, medio vacío, medio lleno... toda opinión o discrepancia exenta de cábalas no es más que mera percepción. Codiciosa perspectiva. Turbio. Mis, mil razones, son mías y sólo mías, que testarudo, que preñado de vanidad. Y es tétrico, pero es así, el discurso, el razonamiento entre la mano que vierte el líquido fraguado y el gaznate que lo engulle sin rechistar, que no se escucha lo que se oye, ni se deja escuchar lo que se quiere. Bravuconadas. Mechas de solitud para quien se ingiere a sí mismo.
Es verdad. La mía. La de cada uno de nosotros. La de todos. Y la mía es tuya, y la tuya quizá mía. O no. Que más da. Dame menos. Nada, todo. Un poco.
Y la de nadie.
Pero ennobléceme que yo no soy nadie, nada.
Ennoblécete.
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Ícaro |
Anido siempre una duda, una extrema y vieja cicatriz señala en cada uno de nuestros cuerpos mentales quienes fuimos, y las del alma in memorian quiénes somos... o mejor, quiénes queremos ser. Mi duda, mi terrible duda.... es saber realmente si el cuerpo y el ánima no se dejan curar por aquellas miradas corpóreas que a veces advierten el surco de esas marcas y sí quién nos acaricia percibe de dónde caímos... para ponernos irremediablemente en pie. Lo intento a la inversa; poder sentir como cicatrizan las miradas tristes de las gachas pestañas... o las pusilánimes ojeras del dejarse enterrar en vida.
Y procuro, con esmero y perseverancia, evitar estrellarme de nuevo en ese sidralsideral que desmonta un ejército de buenas intenciones.
Soy débil, demasiado. Creo que es sano ese demasiado. Honestamente siento que la debilidad es la fortaleza de la honestidad. Quién presume de su rocoso escudo, quien alardea de no sufrir por la vergüenza ajena, por la miseria extrema, por desigualdades de la inopía, casi siempre, es un débil deshonesto. Una hebra deshilachada. Un dedal huérfano de espíritu.
Yo no fuí un Santo, ahora tampoco.
Creo que nadie se pontifica y se beatifica por uno mismo. Autocomplacencia mórbida.
Son sus hechos, sus jodidos o bénditos hechos quienes lo sitúan.
Entre el Norte y el Sur.
Nunca nos acabamos de conocer, no nos dejamos. No queremos descubrir al maravilloso monstruo que se apodera de nuestra carcasa, de nuestro rostro, de nuestro guión. O al podrido ángel que nos libera de esa maravillosa utopía. Procuramos parecer ante ojos extraños un conocido guiño de nuestros recuerdos, una memoria futura, una respiración compartida. Para engraciar. Crash. Una ilusión difusa. Deseamos gustar por los ojos, deslumbrar por el tacto, idealizar por los razonamientos y acercar la lejanía virtual de una ausencia conceptual a partir de inquietudes, emociones y deseos.
Convertimos la palabra por inventar en el apretón de manos eterno, la frase pretendida en cebo de carnal alegoría; insuflamos a nuestros castillos de aire canallas llaves a las que se les ve desde afuera, aunque la realidad ya se encarga de oxidar las puertas de acero esperanza y estrechar el paso a esos dedos que bailotean buscándolas.... no llegas. No llego.
Nunca se llega.
Intentamos plasmar, llover, llorar, enmendar o encontrar; dejarnos querer, seducir, arrebatar, replicar y repudiar. Carcajeamos a un nombre en hombre y al prestigio... en vestigio. La mujer, génesis de la dignidad, sabe bien de que hablo... su vientre es la estrella polar de todo presagio que nos nace para nadar en el mundo de los silencios. Luego, lloramos. Nos abrazamos al umbilical nexo y cuando nos separan, en pie de vida, el camino nos ara y aramos.
Queremos agradar sin medida, y en ese papel invisible cada uno de nosotros se rodea de lo que no encuentra sino de aquello que nos encuentra.
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Ícaro |
Es un trozo de vida, de la de verdad, cuando todas esas artimañas, esas tretas, esas cangas y estrategias se disipan, se traicionan así mismas. Es sencillo, más de lo que pensamos, nos entregamos sin medida, o con reparos, nos damos sin monedas o sólo nos alquilamos un rato; nos esperamos a escondidas y en esa plena luz de la conciencia, el trozo antiguamente primitivo se convierte por arte del deseo en presencia física. En vehemencia.
Existe el riesgo de no medir a tiempo. Al tiempo.
Implicarse en el desaforo de tantas vidas, de tantos deseos acaba imposibilitando la realidad de la sencillez más colosal.
Y esa generosidad acaba por debilitarnos.
Cuando en nuestro interior muere esa tercera persona, la sencillez de la vida se convierte en apasionantes cenizas.
Y ahí nace la dignidad del ser humano, ser aceptado, respetado y escuchado; ser invisible a los ojos de los demás y tangible a sus miradas.
Ojos que no ven, corazón que se miente.
Simiente.
Ícaro ©