Los cuatro puntos cardinales son tres: el Norte y el Sur.

jueves, 30 de agosto de 2012

Retazos XIV




Y ves que los renglones se estrechan,
las letras se amontonan
y comprendes el hueco imposible,
el espacio que nunca compartimos
y este bello recurso de contarte la vida
poblando de historia y de sueños
las hojas tibias del dolor
que tanto me recuerdan tus muslos o tu espalda.

Javier Egea 
Fotografía: Handri Fitrido




Se desnudó.
Dejó atrás sus vestiduras
de presidio y voló
más allá de su propia sombra.
Trepó desde el silencio
hasta el alféizar de mi noche.
Y allí se posó: cantando
palabras repletas de avidez
y juventud, impúdicos
vocablos embriagados
por el néctar de mil y una
locuras; herejías provenientes
de quién sabe qué cielo.
Fue así como llegó
hasta mí el trino de sus alas,
el verde batir de sus ojos,
sus plumas engastadas
en la piel de una sonrisa.
Incasable, se derrama
sobre las palmas abiertas
de las hojas, con la voracidad
del llanto
de un delirio recién nacido.
Se entretiene jugando
a contar cada pliegue de las olas
y se empeña en traducir esas
conversaciones que en secreto
mantiene el viento con los recodos
más remotos de la tarde.
Anidaste en la rama de mis horas.
Picoteas la ternura
como quien comete un crimen
atroz y pasional. Y aunque
tu canto se escriba desolador
como los páramos de Comala,
de la tierra en la que siembras
universos,
cicatrices
y demás criaturas,
brota el árbol de las frutas
más deliciosamente prohibidas.
Vuela, ave libre...
Sé que no hay jaula
en la que quepan tus sueños.
No olvides que un día
anidaste en la rama de mis horas.
No dudes de que, entre
la fronda de mis incertidumbres,
hallarán siempre cobijo tus palabras
y tus silencios.


Héctor Vargas Ruiz



ELECTRA: ¡Yo lo espero sin cesar, desventurada, no casada y sin hijos! Y ando siempre errante, anegada en lágrimas y sufriendo penas sin fin de mis males. Y él no se acuerda ni de mis beneficios ni de las cosas ciertas de las que le he advertido. ¿Qué mensajero me ha enviado, en efecto, que no me haya engañado? ¡Desea siempre volver, y deseándolo, no vuelve jamás!

Sófocles





Fotografía: Vo Anh Kiet







Las pompas de jabón que este chiquillo
se entretiene en soltar por la pajita
son, traslúcidamente, toda una filosofía.

Claras, inútiles y pasajeras como la Naturaleza,
amigas de los ojos como las cosas,
son lo que son
con una precisión redondita y aérea,
y nadie, ni aun el niño que las suelta,
pretende que sean más que lo que parecen ser.

Algunas apenas se ven en el aire lúcido.
Son como la brisa, que apenas roza las flores al pasar
y de la que tan sólo sabemos que pasa
porque algo se aligera en nosotros
y todo lo acepta más nítidamente.


Fernando Pessoa





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