Los cuatro puntos cardinales son tres: el Norte y el Sur.

lunes, 21 de enero de 2013

Amistad profana


Fotografía: Philip Brown




No amo lo suficiente a Onni, pero sí lo bastante como amarme a mí mismo en el reflejo de sus sentimientos...., por un rato al menos.

¿Y por qué no un poco de sexo ahora, para borrar la caprichosa ventolera de las chicas..., y demostrarnos nuestra fortaleza y libertad? Ahora...., al terminar el día... Estamos dando vueltas por el Sestiere Santa Croce. Una sombra de dolor, un dolor residual y constante, traspasa la noche, ¿no? Podemos alcanzar un grado satisfactorio de insensibilidad, pero el dolor reaparecerá. Y durante un rato, durante un poco más, volveremos a experimentarlo.

Vagamente, como animándome, Onni dice:

-¡Sigamos, sigamos, sigamos un poco.....!

Vuelve hacia mí su rostro; no necesita sonreír para mostrar afecto. En el Campo San Polo, entre las farolas y los cafés, me pasa el brazo por los hombros mientras caminamos. Esa cosa hostil que es el amor, la infelicidad misteriosamente inconsciente que entierra...., ¿qué sentido tiene? Soy, en conjunto, el menos desdichado, el más flacucho de los dos, el que no para de reír en la noche. Y él se ríe también, arrastrado por mi extravagancia. Ya entonces comprendí que la escena tenía una belleza tal, que habría sido necio abusar o hablar de ella demasiado a menudo.

Onni, se siente intrigado por mí, y la fuerza de su muda pregunta se estrella en mí. Su deseo sexual. Bien.... permítanme mostrarme explícito, explicarlo sin rodeos.... Yo no tengo ningún deseo de que nadie me adore, se burle o se ría de mí, o me haga objeto de un afán de venganza o justicia. Sólo en media docena de ocasiones, tal vez, pude sufrir que me tocara o accedí a representar simplemente un papel en los dramas sexuales de otros: de una chica, de una mujer.... Necesito también que sea mi propio dama sexual... ¿Comprenden lo que quiero decir? Soy bastante torpe.

Como ahora, por ejemplo. Estamos en una calle mal iluminada... me desabrocha el pantalón y tira hacia abajo de mis calzoncillos. La cosa me aburre, pero le sigo la corriente.... En realidad estoy mejor dotado sexualmente que él, que en gran parte sólo está embromándome, fingiendo forzar mi desgana y aprovechándose, por supuesto, de mi susceptibilidad al halago. Todo esto me agrada, y tiene su belleza. Pero lo rechazo diciendo:

-¡ No seas estúpido !

-Muy bien -responde-. Pues lo dejamos...., si quieres.

Pero no lo deja. Y al instante siguiente estamos masturbándonos simplemente los dos.... En cierto modo, confuso, lo he querido yo.

Se hace una paja y eyacula enseguida. Salvo un brevísimo instante en que pierde el mundo de vista, no deja de mirarme mientras se corre. Y eso es algo muy especial: sentir como lo anega la oleada de placer y sigue atento a mí, a pesar de todo. Tiene mucho mérito. Pero no me agrada recordar todas las idas y venidas de los sentimientos y la leve amargura que deja en mí su tramposo dominio..., y la sensación de aislamiento.... Eran demasiadas emociones.....y, aun así, insuficientes. Ver que la simple idea de dos amigos, o del amante y el amado, se vierte en personajes reales, en nostros, me parte el corazón y me sorprende y me hace reír amargamente, al tiempo que exalta a mi ego.... hasta el punto de que, en la confusión que todo aquello me produce, ni siquiera soy capaz de pensar.

Siento, sí, una cierta vergüenza, pero que no cala profundamente en mí. El acto, en su realidad física, era de una complejidad grotesca. Onni no sabía hacer las cosas de una forma simple. No se movía por un impulso físico determinante, y mi tedio no es tan grande que pueda complacerme mostrándose tan sofisticado. Por eso no quería que él se masturbara, me sedujera o hiciera conmigo cualquier otra cosa. En mi interior me refrenaba, gritándome a mí mismo: "¡ No !"

Pero aguanto, no insisto. No me hago el puritano...., ni pierdo el control... No lo rechazo. Mi confusión y la subsiguiente resistencia física, y luego pscicológica -o la agitación que suscita en mí-, lo provocan y lo animan.... Desconozco sus deseos íntimos, aunque supongo que puedo adivinarlos.

Y entonces mueve con rapidez sus manos; una para agarrar mi polla mientras se endurece, en tanto que con la otra me alisa el pelo por encima de la oreja. Ante los dos se abre un corredor de posibilidades, lleno de puertas que dan acceso a una transgresión mutua que es nueva para mí, pero no para él: celos, dádivas, chantajes presionando en nuestras respectivas miradas.... ¡Yo no quiero eso! La resonante y hueca caracola marina..., esa especie de absurdo teléfono que promete la sabiduría de un sexo más real, en el que puede oírse un rumor de esferas en conjunción con la aguda vibración luminosa de las partículas más diminutas del yo.... El mundo que se precipita y gira en cada metamorfosis... Yo soy esa caracola... Tengo poder, y carezco de todo poder... No me fío de su generosidad tanto como para mostrar otra actitud distinta de una impavidez íntima, cansada....

Ni soy lo bastante fuerte o cruel como para darle un bofetón... o alardear.... Creo saber como puedo hacerle sentir un amor más fuerte, más desdichado, que lo aprisione más. Pero no es un deseo prioritario en mí, ni una ensoñación que me ilusione.... Soy joven y curioso, sin más... y estoy de pie sobre mis dos piernas junto al muro sin ventanas de esta concreta calle, sintiendo un ligero temblor en mi cuerpo como si estuviera aquejado de una curiosa calentura sexual.... Me retraigo.

En el acto, titutebeo cuando estoy a punto de correrme. Mis piernas se ponen rígidas, tiemblan y se envaran aun más. Tengo los ojos muy abiertos, perversamente despiertos a la noche: puedo ver los gránulos de oscuridad, ver mi temor, ver entre las sombras de mi resistencia. Mi retraimiento al amor. Se a agudizado mi oído. No estoy totalmente inmerso en el acto: estoy en el mundo, puedo oír los murmullos del aire.

Y entonces me sobresalta un ligero desmayo, me sobresalta mi debilidad; me he dejado ganar por el acto.... , me he dejado vencer por el acto momentáneamente.

Pero me sobrepongo y exagero mi orgasmo para que él pueda verlo, sentirlo.... Satisfago su deseo de ver y de saber. Puedo aceptarlo, puedo darle pábulo. Permitirle que observe ese instante mío en que todos los músculos se relajan. El jamás aparece tan vulnerable, tan vacío, tan ausente.... ni siquiera cuando está dormido.

Onni, es valioso, útil para el mundo, pero no tiene el don de la felicidad, mi pulso acelerado, o mi alma, bate con fuerza, brinca, se desploma en el instante en que se produce una especie de desbordamiento urinoso blanquecino y caliente.

Exclamo mientras me corro:

-¡Esto sí es una meada de macho!



Amistad profana. Harold Brodkey.





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