Los cuatro puntos cardinales son tres: el Norte y el Sur.

miércoles, 6 de junio de 2012

Penélope. La esperanza se acuerda del olvido.


Fotografía: María José Amorim






Aquella mañana no era otra cualquiera.

Aquella, no sería indiferente. Ni se dejaría vaciar por el vacío más insolente. Aquella fue el colmo, donde las últimas gotas de fuerza aniquilaran el vaso de madera carcomido, roido, moldeado por sus mil huellas astilladas que rodeaban uno y otro día lo único que le quedaba de él.

La sed.

Peinaba con mimo su cabello largo, revuelto, lacio y negro, aunque ya no llegara a las puntas y las raíces canas se quebraban al tensar, al pensar, al cepillar el aire que insuflaba lo que la congoja permite liberar. Peinaba con la misma cadencia la piel de sus arrugas hermosas, los surcos que enraizaban aquellos recuerdos ya difuminados por las mentiras que una recrea para distraer a la pena. Casi dormida, con la consciencia despertando, su vida era un ritual casi milimétrico, idéntico a lo que las costumbres hacen de las almas los pasos de sus hechos, de sus gestos. Los desechos de sus miedos, de la verdad. De esa que sin demostrar, que sin perpetuar no consuela lo que se muere y te mata por dentro.

Cinco marzos y una tierra prometida. Cinco primaveras y el cielo escarmentado.

Penélope, como a cada alba, deshacia la cama, colgaba las sábanas y las lagañas, las lágrimas y la esperanza en el galán de piedra. Prendía las velas para confundir al alba. Tanta luz no permite contemplar con clarividencia. Y esperaba que se consumiera la cera, que anocheciera en día.

Mesaba las puntas del lino amatorio, viudo ya de gozos y lo planchaba con la mirada.

Se acercaba al plato de porcelana y no osaba mirarse al espejo, mientras se lavaba la cara y enjuagaba las muñecas. Luego, siempre, se secaba con las palmas de las manos y dejaba su rostro tenuemente empapado en helada agua.

Se acercaba al ventanuco, y esperaba que el viento le secara el resto de agua dulce.... de saladas.... desesperanzas.

Y así era, y así se mortificaba.

El leal viento no la despreciaba. Y a cada alba era el único ser vivo que rozaba su cansada piel, sus lóbulos veletas, su nariz ciega, sus ojos recién nacidos, sus labios agrietados, despellejados... sus pómulos efímeros, sus mechones perdidos y descarnaba el nacimiento de su sonrisa. El viento acabó por convertirse en él, por morirse en ella, por dormirse en su despertar grisáceo y por involucrarse en el perfume de su atisbo de sonrisa para lo queda de día, de vida. De única y preciada mediasonrisa que desmenuza la sangre del alma e insufla el sentido por el resto que por consumir, agota.

Penélope sabía, sentía que ese momento era el único del día dónde por un instante fugaz el tiempo, las vicisitudes, el dolor menguaba y se esfumaba. Era breve, pero intenso, era profundo y conciliador. Duraba unos solos y castrados instantes, pero no le quedaba otra puerta en su mente, otro camino en el relicario de sus olvidadas oraciones.

Pero aquella mañana, el viento era un extraño olvidado, un don nadie en su todo.

La vela se durmió.

La cera no se dió, ni se fundió, se heló.

Las sábanas fueron piedras.

El cepillo de nácar se escondió bajo el camastro.

Y el ventanuco silbaba, silbaba, silbaba.... no dejaba de provocar, de insinuar que el viento es el más fiel amante de la soledad, de la desesperanza, de la nostalgia.

Aquella mañana, Penélope, ni se cepilló las ganas, ni descordó una sola lágrima.

Y sonriendo, como hacia cinco marzos que no lo hacia miró al cielo escarmentado.

El ventanuco que silbaba y silbaba, silbaba y no dejaba de insinuarle....se abrió solo pero con la mano tendida.

Cinco primaveras sin descubrir que la tierra prometida eran sus pasos.

Y aquella mañana sin azul, ni luz, sin esperanzas y sosiegos, Penélope, dejó el ventanuco abierto por siempre.

Tomó su mano y ya no volvió a mirar hacia atrás.

Su sombra se fue entre silbidos.

Y su alma descansó donde los recuerdos no existen.




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