Los cuatro puntos cardinales son tres: el Norte y el Sur.

miércoles, 23 de mayo de 2012

Coños









Fotografía: Ilona Shevchishina







El coronel de mi regimiento vive en el cuartel con su esposa, una mujer madura, con esa madurez anterior a la menopausia tan proclive a las aventuras extraconyugales y al flirteo con los cabos furrieles. La coronela, la llamamos, con una mezcla de veneración y sano pitorreo. A la coronela le gusta pasearse por el patio de armas y pegar gritos a los reclutas, para que se enteren de quien manda aquí. Con la connivencia de los sargentos, manda cuadrarse a las compañías y les pasa revista, eligiendo al soldado más apuesto. Su marido se finge al margen, pero los cuernos ya le golpean en los dinteles de las puertas, y tiene que agacharse para pasar. La coronela muestra siempre unos escotes pronunciadísimos, de una carne sazonada por el vicio, que a los reclutas les gusta mordisquear, porque sabe mejor y es más nutritiva que la carne de las novias que se dejaron en el pueblo, novias pavisosas y palurdas que no admiten punto de comparación con la coronela. Ser elegido por la coronela para un escarceo significa, para el prestigio de un soldado, mucho más que un informe de buena conducta; ser elegido para una relación adúltera con visos de perdurabilidad, mucho más que un ascenso. Yo, que soy el corneta del regimiento, me incluyo en esta última categoría de afortunados. Cuando el coronel se halla ausente, o de maniobras, la coronela me manda subir a su casa, para que le toque un poco la trompeta. La coronela es mujer exigente y maliciosa que me reclama sinfinías de Beethoven (como si la trompeta fuese un instrumento sinfónico), cuando sabe que mi repertorio no va más allá de los toques militares, toque de diana, toque de fajina, etcétera. La coronela me recibe en cueros (su piel tiene ese color mate de la cera manoseada), bamboleando su culo indecente y deliciosamente asimétrico, Desnuda parede una de esas estatuillas de terracota que nuestros antepasados del neolítico modelaban, representativas de alguna diosa agropecuaria, pero con retoques de Bernini. Se tumba con voluptuosidad en un diván y me pide que me acerque haciendo una señal con el dedo índice. La coronela tiene vocación de dominanta, ademanes de déspota y temperamento brusco. También tiene algo de celulitis en las caderas, y patas de gallo en las comisuras de los párpados, pero en estas pequeñas máculas reside precisamente su atractivo. Cuando me tiene a su alcance, me indica:

-Coge las medallas de mi marido. Están en el primer cajón de la mesilla.

Las medallas y condecoraciones y charreteras y cruces al mérito militar de su marido forman una bisutería abigarrada, excesiva para cualquier pecho, por ancho que sea (el coronel sólo se pone algunas), pero no para el coño de la coronela, que es un coño que se sale del mapa. A la coronela le gusta ponerse las medallas de su marido en el coño y pasearse con ellas por la casa, como si llevase un sonajero entre los muslos. A mí me correponde ir enganchando las medallas y codecoraciones y charreteras y cruces al mérito militar del marido ausente entre el vello púbico de la coronela, cuidando de no pincharle un labio con los imperdibles. El coño de la coronela, una vez condecorado, relumbra como una lámpara con dijes, y añade músicas metálicas a su corpulencia de coño fértil. La coronela se levanta de la cama con toda esa chatarra colgante, y me obliga a perseguirla por las habitaciones de la casa, cuya geografía ella conoce mejor que yo. Su coño va dejando por los pasillos un entrechocar de medallas como monedas falsas, y un rastro de lujuria indómita. Cuando por fin la atrapo, la coronela me ordena que la posea allí mismo, en el suelo de baldosas, y yo acato la órden sin mayor dilación.*


"El Coño de la Coronela" tomado de "Coños" de Juan Manuel de Prada




















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