Los cuatro puntos cardinales son tres: el Norte y el Sur.

miércoles, 23 de mayo de 2012

Malena es un nombre de tango

Fotografía: Sergei Bizyaev










[...] El mes de abril de 1986 follé dos veces, y las dos veces me puse encima. A principios de junio no me quedó más remedio que aceptar que estaba embarazada. No volveré a creer en la física nunca más.

Los lunes por la mañana estaba decida a abortar y a abandonar a Santiago para corregir de golpe todos los errores que había acumulado durante los últimos tiempos. Los lunes por la noche me preguntaba si sería sensato contradecir la voluntad del destino.

Los martes, al levantarme, me decía que si siempre había pensado en tener hijos alguna vez, por qué no éste, por qué no ahora. Los martes, al acostarme, me daba cuenta de que abandonar a mi marido sería como dejar caer un bebé de dos meses en un carril central de la Castellana un viernes a las diez de la noche.

Los miércoles por la noche dejaba de fumar.

Los jueves, antes de levantarme, no era capaz de sentir otra cosa que un bulto amenazante y peligroso, un quiste o un tumor que debería hacerme extirpar a tiempo. Los jueves, antes de acostarme, encendía un cigarro con otro y apuraba los dos hasta el filtro.

Los viernes por la mañana me preguntaba por qué había tenido tan mala suerte. Los viernes por la noche estaba decida a abortar y a abandonar a Santiago para corregir de golpe todos los errores que había acumulado durante los últimos tiempos.

Cuando mi hijo nació, y los dos sufrimos tanto, me prometí a mi misma que jamás le revelaría la verdad, que nunca sabría que no fue un hijo deseado. Ahora creo que algún día haré todo lo contrario y le contaré que nació sólo porque no pude decidir a tiempo que no naciera, porque me pareció lo más fácil, porque me convení de que tenerlo diez años después sería mucho más incómodo, porque estaba casada y tenía un marido y dos sueldos y una casa, porque había sucedido aunque yo no quería que sucediese.

Si lo sabe, jamás podrá dudar de cuánto le he querido, aunque algunas veces se me olvide el bocadillo sobre la encimera de la cocina y no tenga nada que comer en el recreo, porque cuando lo vi por primera vez, tres días despué del parto, tan solo, y tan pequeño, y tan delgado, y tan inerme en aquella caja transparente de paredes lisas, como un prematuro ataúd de cristal, cuando comprendí que sólo tenía amor para alimentarle y que él no necesitaba otra cosa que sobrevivir, leí en sus labios la diminuta marca de la casta de los Alcántara y le juré en silencio, detrás de una ventana blanca y aséptica como la frontera que separa del mundo a los padres infelices, que todo iría bien, que pagaría cualquier precio, por alto que fuera, para que algún día nos riéramos los dos juntos de todo aquello, y establecí con él un lazo que mi madre jamás ató conmigo, un vínculo cuya fortaleza ni siquiera sospechan las mamás de esos bebés rollizos y felices a las que he envidiado tanto, durante tantos años. [...] 





"Malena es un nombre de tango". Almudena Grandes











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