Los cuatro puntos cardinales son tres: el Norte y el Sur.

lunes, 16 de abril de 2012

Recortes de mi vida

Estoy tumbado en la cama de Neil, la parte de arriba de mi cabeza dándose una y otra vez contra la cabecera porque, no sé cómo ha pasado, pero tengo su polla metida en la boca hasta la garganta. Las fotografías que Neil había hecho, y que fueron la razón por la que subí a su cuarto, se deslizan por la colcha y caen al suelo. Oigo el sonido que hacen a medida que van cayendo. Un revoloteo y un golpe suave. Lo único que veo es un triángulo de vello oscuro viniendo hacia mí. Siento la sensación, hasta entonces desconocida, de tener la garganta repleta. Me cuesta respirar. El aire me entra por la nariz de forma entrecortada, en oleadas cuyo ritmo parecen marcar las embestidas de las caderas de Neil. Embiste, tomo aire. Suelto el aire por la boca, alrededor de su pene.

-Sí, fóllame así –exclama-.¡ Ay, joder…! ¡Dios bendito!

El triángulo peludo se acerca a mí, se aleja, se acerca, se aleja, se acerca, se aleja, se acerca, se aleja.
Tengo los brazos extendidos a cada lado del cuerpo, clavados al colchón por las manos de Neil. Debo parecer Jesús crucificado. Esta imagen me viene una y otra vez a la mente. También repito para mis adentros: yo no había venido para esto.

Parece no acabar nunca. La embestida, la milagrosa oleada de aire que inspiro por la nariz, la húmeda espiración.

-Maldito vicioso –dijo de pronto Bookman, como arrancando la palabra del aire con los dientes, como si mordiese un trozo de algo, un trozo de carne.

Tiene un olor raro. Como a comida, como si aquel olor se pudiera comer. Bueno, supongo que me estoy comiendo el olor. Pero no se parece a nada que haya probado antes. ¿Quizá a algún tipo de queso? Pero más denso, más tibio, más dulzón.
El golpeteo dentro de mi mollera me está matando. No paro de darme y darme y darme contra el cabecero. Y el cabecero golpea contra la pared. Estamos haciendo un montón de ruido.
Me empiezan a llorar los ojos.
En mi vida había tenido la boca tan abierta. Me invade la vergüenza. Me pregunto qué aspecto tendré con aquella boca enorme y los ojos llorosos. Siento cómo se me cae la baba y me corre por el cuello y tengo ganas de limpiármela, pero no puedo mover las manos ni los brazos.
Me fijo en una grieta que sale de un rincón y atraviesa el techo, pero no veo dónde llega. El techo tiene una capa de pintura tan gruesa que se está pelando a tiras. Me entran ganas de arrancarla como si fuera un jirón de piel quemada por el sol o la dureza de un pie.
De repente el triángulo negro se incrusta en mi cara. No me entra ni una gota de aire por la nariz. Lo veo todo negro.
Siento algo más dentro de la garganta. Se está llenando de líquido.
Siento que se me hinchan los ojos como si me fueran a estallar. La cabeza me va a estallar.
A continuación todo se retrae violentamente acompañado de un sonido de succión. La polla ha desaparecido, el triángulo ha desaparecido, las manos que aferraban mis muñecas sueltan su presa. Vuelve a fluirme la sangre por las manos.
Dejo de golpearme la mollera contra la cabeza de la cama.
Nunca había sentido tanto alivio en mi vida. Podría quedarme dormido en ese mismo instante. De hecho, me siento amodorrado.


Recortes de mi vida. Augusten Burroughs







 

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