Los cuatro puntos cardinales son tres: el Norte y el Sur.

sábado, 7 de abril de 2012

Un milagro en equilibrio


Yo creía que me lo pasaba bien navegando en un turbulento mar de alcohol que amainaba las heridas sin llegar nunca a puerto; creía de verdad que había algo de heroico en levantarse sudando ginebra y lágrimas al lado de un bulto sin identificar, con la resaca como una piedra atada a una soga que colgara de mi cuello y que me arrastrara hacia el fondo de unas sábanas extrañas y arrugadas de las que no podía despegarme.

Yo creía de verdad que cada copa era como una llave mágica capaz de abrir celdas interiores desde donde liberar sentimientos y recuerdos reprimidos; creía de verdad encontrar confesores discretos y solidarios en los compañeros de borrachera y refugio en las barras de los bares en las que más dolores no tendrían que rendir exámenes ni explicar sus orígenes.

Yo creía, lo creía de verdad, que estaba salvada si me jugaba a los bares mis últimas fichas, creía en las letras de los tangos y en la mística de las barras, y así me convertí en la loca que busca en el licor que aturda la curda que al final ponga el punto final, el último golpe de gracia y talento a la función, corriéndole un telón al corazón, casi sin esperar a oír el último aplauso.

Pero no conseguí nada, ni telones en el corazón ni telarañas ni siquiera unos visillos blancos, y allí seguía el muy puto corazón, a la intemperie, diseccionado, con las arterias obtruidas y mermada la fuerza de contracción. Ya no es Cernuda ni Lorca el poeta homosexual que citaría, porque yo, a fin de cuentas, nunca aspiré a ser profesora y a Gil de Biedma no se le enseña en clase, o al menos no se le enseñaba cuando yo llevaba túnicas negras y muñequeras de pinchos y cuando David Múñoz era la estrella de mi instituto, no lo citó jamás José Merlo, pero lo cito yo para explicar que la otra, mi embarazosa huésped, la otra yo dentro de la una que éramos dos, recorría las barras de los últimos bares de la noche y las calles muertas de la madrugada con ojos de perdida, bebiendo hasta perder el control, y cuando llegaba a casa en la cabina de un ascensor de luz amarilla, y se paraba a verse en el espejo y miraba su cara abotargada, y su mirada de muchacha soñolienta, y sus ojos de huérfana verdadera, caía en la cuenta de que sus borracheras torpes ya no tenían puta la gracia y de que sus juergas de adolescente resultaban patéticas habiendo ya cumplido treinta años, y entonces abría la puerta de un apartamento sucio y avanzaba a tientas por la casa tropezando con los muebles y me arrastraba a mí a la cama, a dormir con ella, perra enferma, arrepentida y furiosa de impotencia.

Así que sin elegirte te elegí porque, repito, son las elecciones inconscientes las únicas sinceras
y yo, conscientemente, nunca pensé en tenerte, pero ¿no es curioso que en todos aquellos años que pasé borracha nunca se me olvidó enfundar con condones los aparatos de mis amantes esporádicos o que, cuando me embarcaba en una relación más larga, no hubiera ni resaca ni borrachera capaz de hacerme olvidar la ingesta diaria de mi pastilla blanca ni hubiera vómito que arrojara de mi estómago la mágica pildorita, y sin embargo, fuese precisamente tras dejar de beber cuando olvidé una noche, disuelta en esa niebla del cuerpo absorto en sus propios misterios, mis precauciones profilácticas y me abrí de piernas y de paso a la posibilidad de que existieras?

Me escondí en dos entonces, pero no en dos enfrentadas sino en una que crecía dentro de otra, que se hacía sitio dentro de la otra, desplazando sus órganos internos para crear los suyos, bebiendo de la sangre de una anfitriona como un vampiro bienvenido, un vampiro interno y propio y deseado que sorbía su vida por el cordón umbilical a modo de pajita.

Y durante nueve meses fui dos, pero por una vez no dos rivales, sino dos organismos perfectos, simbióticos, aliados, como aquellos soldados espartanos que entraban en batalla enamorados y cuyo amor los volvía invencibles, y nunca fui más fuerte pese a que nunca fui más torpe, pese que al final ni siquiera pudiera caminar sin su ayuda. Tuve que convertirme en dos para dejar de ser dos, porque una de ellas iba a matarme, pero en lugar de matar creé vida, y así sobreviví.


Un milagro en equilibrio. Lucía Etxebarria


Regina Spektor



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