Los cuatro puntos cardinales son tres: el Norte y el Sur.

jueves, 5 de abril de 2012

La cultura del deseo

Decía Juan Huarte allá por el siglo XVI:

A los ingenios inventivos llaman en lengua toscana... caprichosos, por la semejanza que tienen con la cabra en el andar y el pacer. Ésta jamás huelga por la mano, siempre es amiga de andar a sus solas por los riscos y alturas, y asomarse a grandes profundidades, por donde no sigue vereda alguna ni quiere caminar con compañía. Tal propiedad como ésta se halla en el alma racional cuando tiene un cerebro bien organizado y templado: jamás huelga en ninguna contemplación, todo es andar inquieta buscando sensaciones nuevas que saber y entender.

Ahora en el XXI, la cultura del deseo sigue inconformadamente seduciendo al elogio y la refutación del ingenio.

Tod@s cuando nos leemos procuramos acercanos a esos ojuelos que nos pestañean entre abrazos y cercanía, tod@s esperamos que se desentienda la costumbre y la naturalidad de nuestras vidas, de nuestras relaciones, de nuestros estímulos y aquellos que no nos conocen sepan de nuestra existencia. Y los que por contra, saben que pie calzamos nunca puedan llegan a entender con cual nos apoyamos primero.

Nuestra especie nace tras la pereza de nueve meses fetales. Nace en el amasijo de esa placenta radical que nos salvaguarda a la carencia de lo que umbilicalmente hablando todos sentimos como afecto materno. Todo es mentira. Nos cortan los lazos, el sueño, la oscuridad y nos obligan a ponernos en pie.

Si se pudiera cuestionar la almohada maternal muchos prefirirían no ver la luz, y seguir acurrucados en el vientre de quien le vió nacer.

Pero nos empujan a las fauces, a la voluntad, a la voracidad de empezar a desear antes de incluso abrir los ojos.

Genéticamente esa querencia nos da de mamar, de buscar calor, de llorar buscando consuelo, de gimotear y desvelar el sueño de nuestros progenitores. Y a un llanto, un mimo. A un suspiro, una caricia. A una caída, una mano. A un tropiezo, una respuesta.

Nacemos con el deseo sellando nuestro porvenir.

Nacemos del deseo antiguo de nuestros padres y moriremos deseando que los porqués no hubieran nacido.

Nacemos insaciables, insaciables crecemos e insaciables deseos enterrarán los días que por vivir o malvivir gastemos, disfrutemos o amodorremos.

Nacemos en el deseo de esperanza, pero la esperanza indeseablemente acaba por quitarnos la razón.

A este mundo el deseo, los deseos lo acabará por enterrar, antes que la gran pandemia.... el aburrimiento construya de su enfermedad el remedio que nadie pueda mitigar.

Se carece de impulsos y proyectos, y el deseo mengua, percuta y livianamente nos deja llevar por la rutinaria noria de cáscabeles que nunca anuncian que lo que tenga que pasar será peor que lo que no suceda.... se adolece de hambre inquieta, y el conformismo se apiada de las horas, eternas para aquellos que necesitan conmoverse con un olor, con un pequeño gesto, con una brizna, con una luna rota o un sol negro.

Nos inculcan al deseo, nos vacunan de deseos, nos rezan de ellos y precavidamente nos retan a ellos. Nos inmunizan a ellos y a la contradición de asaltarlos, de alcanzarlos, de retarlos. Es una paradójica emulación donde la gula es pecado y la pereza, también. Donde capricho, concupiscencia, escrúpulo, rechazo, ansía, antojo, desidia, sed, anhelo, angustia y vacío; poder, injundia, lástima y tristeza; algarabia y lujuria, llaneza y simplicidad se llenan sus bocas de deseos.... y por ende, nuestra alma de estímulos, de retos, de cangas.....

Vivimos en una época donde del ocio al vicio, del deseo a la fustración no media más que el auténtico y poderoso reto de sabernos adecuar a las circunstancias del desorden. Pretenden ponernos gafas con cristales tintados de lo que desean que veamos, se ensañan con mostrarnos que el camino perfecto es el consumismo de aquello que hará que nuestro tiempo no sea libre, ni legítimo.... sino más bien la diáspora que nos enraice con la solitud, con la soledad de tener que depender de más, más, más y más para poder satisfacer nuestras necesidades "deseablemente" tolerantes..... y no sentir el rechazo general de aquellos que toman la comba con el deseo ajeno.

Nadamos en un mundo repleto de buenas intenciones, majaderas por otra parte, y sino prueba... esta tarde, esta noche, de lo más simple, de aquello prácticamente indeseable como puede ser jugar con la tenacidad y la tentación de controlar todo lo que está bien visto, para rozar pequeños momentos llenos de felicidad, efímera pero jugosa y profunda.

Inventa deseos alcanzables por ti y para los seres que quieres.

Sueña deseos visibles, tangibles... como tocar el aire y espacio que te rodean.

Crea de tus propias necesidades todo aquello que te haga sentir bien sin la obligatoriedad de depender de nada que esté fuera del alcance de lo que nunca dejarías que te dejara solo.

Crea un deseo sincero, pero no dos.

Más vale uno recio y firme, que no un jardín de nubes.

Cuando lo encuentres, compártelo.

Cuando lo sientas, te esperará otro.



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