Los cuatro puntos cardinales son tres: el Norte y el Sur.

jueves, 5 de abril de 2012

Suite Calígula

Selena nació en Londinium. Fue adiestrada en las artes amatorias por un viejo druida de las tierras altas y vendida como esclava al precio más alto jamás pagado en los ruinosos muelles de la ciudad de Albans. Hipertus era por aquel tiempo el senador romano encargado de mantener la pax en Britania. La condujo a Roma bajo su protección la primavera del año siguiente a hacerla suya, para revenderla por una fortuna al emperador Calígula, quien cayó al instante hechizado por su belleza. No era común entre los romanos las mujeres rubias y de ojos verdes que medían más de seis codos de altura.

La llevaron a la sala principal. Se asustó. Vio como numerosos hombres desnudos tomaban sin aliento a bellezas de todos los lugares conocidos. Se quedó inmovil, temerosa, en medio de la sala. Portaba una única prenda, una toga blanca semi transparente que dejaba entrever todos sus encantos: dos senos firmes, un par de piernas torneadas y un trasero que podía servir de atril para que un par de pícaros con ella tumbada y las piernas bien abiertas comiesen uvas sobre sus tersos glúteos.

El centurión Icaro se fijó en ella. Observó como la luz centelleaba entre los amarillentos rizos que resbalaban sobre sus hombros. Apartó de su pene los gruesos labios de la espigada nubia con la que retozaba y por la espalda se dirigió a ella. Sus fuertes manos se posaron sobre sus hombros. Selena sintió que hiciese lo que hiciese jamás podría escapar de allí. Icaro le mordió el cuello mientras sus garras acariciaban con destreza sus pezones. Se sentó y le obligó a abrir las piernas encajándola entre sus muslos y trazando con su lengua verticales de saliva sobre su espalda. Ella gimió. Icaro levantó sus brazos y la despojó de su fina toga traslucida. Toda su belleza resplandeció como un faro que alertó al resto de la sala. Icaro la irguió mientras se arrodillaba para degustar los frutos que aquella joven vestal le ofrecía. Jugó con aquellos manjares mientras Selena, aterrada, comenzaba a gemir en contra de su voluntad. Un forzudo ex gladiador etíope se acercó a la pareja. La cogió por la nuca y la obligó a arrodillarse justo donde se entrelazaban sus poderosos muslos. Mientras Icaro continúaba su cunilungus particular, Asef el gladiador tapó con sus dedos la nariz de Selena obligándola a abrir su boca. Consiguió introducirle menos de la mitad del miembro en la garganta, lo cual ya era un logro para él. Icaro apretó sus nalgas entre las manos y de un empujón Selena sintió que el fuego invadía lo más oculto de su ser. Arrodillada, violada, a gatas entre dos hombres, la joven britana se sintió desfallecer. Asef se tumbó sobre el mármol etrusco y apartó los muslos de Selena, quién gritó como jamás lo había hecho cuando el miembro del gladiador ensanchó de golpe lo que Icaro había comenzado. Le dolía. Y gritó. Las manos que apresaban sus piernas la izaban en una brutal caída de arriba abajo mientras Icaro introducía la lengua en el único orificio que permanecía cerrado. Poco duró.

El centurión se acuclilló sobre sus duras y torneadas nalgas e introdujo su miembro en el único lugar virgen que restaba de Selena. Fue una picada hasta el fondo. Su rugido resonó en toda la sala y Asef le gritaba que se moviera. Semi inconsciente, ella lo obedeció, mientras escuchaba, ya muda, los gemidos de los dos hombres que estaban sobre ella. Diez minutos más tarde los dos soldados intercambiaron sus posiciones. Aguantó tres antes de desmayarse. Cuando despertó, sintió como las manos de dos mujeres de ojos rasgados jugueteaban deslizándose sobre su piel. Las besó. Ellas le devolvieron el cumplido lamiendo con su lengua lo que minutos antes fue desgarrado sin piedad. Un enano de la corte que la vio ensartó su boca hasta que sintió la lengua de Selena acariándole los testículos. Minutos más tarde y apartando a las jóvenes asiáticas la montó salvajemente. Esta vez su desmayo duró más de treinta minutos y cuando despertó... los ojos del emperador centelleaban buscando su cuerpo.






Maravillosa banda sonora de George Delereu, donde Godard pontifica al desprecio como mayor aprecio de "La Odisea" de un sinvivr que cada uno de nosotros labra, germina y llueve en la vida de sus días...y de sus noches.

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